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miércoles, 27 de agosto de 2014

Entrevista de Ángel Pestaña con Lenin


Colectivo Ángel Pestaña 26/8/14
Ángel Pestaña, “Setenta días en Rusia. Lo que yo vi“, Capítulo XIX, "Hablando con Lenin" 
Entrevista de Ángel Pestaña con Lenin:

"Apareció Lenin. Sonriente, nos tendió la mano que apretamos con verdadera efusión, y nos sentamos frente a frente.

— ¿Estáis contento del trato que os hemos dado los comunistas?...

—Mucho— contesté.

Después de un rato de charla-discusión a propósito de «dictadura», «centralismo», «revolución», Lenin preguntó a Pestaña:

—A propósito: ¿qué concepto, como revolucionarios, os merecen los delegados que han concurrido al Congreso?

—¿Queréis que os sea franco?

—Para eso os lo pregunto.

—Pues bien, aunque el saberlo os cause alguna decepción, o penséis que no sé conocer el valor de los hombres, el concepto que tengo de la mayoría de los delegados concurrentes al Congreso, es deplorable. Salvando raras excepciones, todos tienen mentalidad burguesa. Unos por arrivistas y otros porque tal es su temperamento y su educación.

— ¿Y en qué os fundáis para emitir juicio tan desfavorable?
¡No será por lo que han dicho en el Congreso!

—Por eso exclusivamente, no; pero me fundo en la contradicción entre los discursos que pronunciaban en el Congreso y la vida ordinaria que hacían en el hotel. Las pequeñas acciones de cada día enseñan a conocer mejor a los hombres que todas sus palabras y discursos; es por lo que se hace y se dice por lo que puede conocerse a cada uno. Muchos granos de arena acumulados hacen el montón. No el montón a los granos. La infinita serie de pequeñas cosas que hemos de realizar día tras día, demuestran mejor que ningún otro medio, el fondo verdadero de cada uno de nosotros. ¿Cómo queréis, Lenin, que creamos en los sentimientos revolucionarios, altruistas y emancipadores de muchos de esos delegados que en la vida de relación diaria, obran, ni más ni menos, como el más perfecto burgués?…

Murmuran y maldicen de que la comida es poca y mediana, olvidando que somos los delegados extranjeros los privilegiados en la alimentación, y lo más esencial: que millones de hombre, mujeres, niños y ancianos carecen, no ya de lo superfluo, sino de lo estrictamente indispensable. ¿Cómo se ha de creer en el altruismo de esos delegados, que llevan a comer al hotel a infelices muchachas hambrientas a cambio de que se acuesten con ellos, o hacen regalos a las mujeres que nos sirven para abusar de ellas? ¿Con qué derecho hablan de fraternidad esos delegados que apostrofan, insultan e injurian a los hombres de servicio del hotel porque no están siempre a punto para satisfacer sus más insignificantes caprichos?…

A hombres y mujeres del pueblo los consideran servidores, criados, lacayos, olvidando que acaso algunos de ellos se han batido y. expuesto su vida en defensa de la revolución ¿De qué les ha servido? Cada noche, igual que si viajaran por los países capitalistas, ponen sus zapatos en la puerta del cuarto para que el «camarada» servidor del hotel se los limpie y embetune. ¡Hay para reventar de risa con la mentalidad «revolucionaria» de esos delegados! Y el empaque y altivez y desprecio con que tratan a quien no sea algo influyente en el seno del gobierno en el Comité de la Tercera Internacional irrita, desespera. Hace pensar en cómo procederían esos individuos si mañana se hiciera la revolución en sus países de origen y fueran ellos los encargados de dirigirnos desde el Poder…

¡Poco importan los discursos que hagan en el Congreso! Que hablen de fraternidad, de compañerismo, de camaradería, para obrar luego en amos, es sencillamente ridículo, cuando no infame y detestable. Y, por último, esas lucrativas componendas que presenciamos los que estamos asqueados de tantas defecciones; ese continuo ir y venir tendiendo la mano y poniendo precio a su adhesión, reviste todos los caracteres de la más infame canallada, de la más indigna granujería. Eso es tan bajo, ruin miserable, como lo sería una madre que vendiera su hija para satisfacer un capricho de los más abominables e inmundos…

¿Cómo vamos a creer en el espíritu revolucionario y en la seriedad de esas gentes? ¿Que desean la revolución en sus respectivos países? Eso sí; pero quieren que se haga sin peligro para sus olímpicas personas y en beneficio exclusivo de sus concupiscencias. Naturalmente que esto no quiere decir que en el seno de los partidos comunistas y de las multitudes, por esos delegados representadas, no haya centenares de individuos de buena fe, dispuestos al sacrificio y dignos de todo respeto y consideración. Estos quedan aparte. Estas censuras no tienen más alcance que el puramente personal y en relación a los delegados concurrentes al Congreso. Esta es nuestra opinión, sinceramente expuesta."