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domingo, 7 de septiembre de 2014

Andreu Nin y la literatura rusa

 
Josep Mengual Català en Negritas y Cursivas
En los estudios sobre la difusión editorial de la literatura rusa en lengua española suelen señalarse como primeras traducciones las de Pushkin que datan de la década de 1840 (aparecidas en publicaciones como Revista Hispanoamericana, El Fénix, Revista Europea, etc., y siempre a partir de versiones previas del francés). Del mismo modo, es común subrayar el auge que vive en España la literatura rusa sobre todo a partir de la década de 1870. En este sentido, desempeñó un papel destacado Emilia Pardo Bazán (1851-1921), quien, además de espléndidas novelas, nos legó algunos textos teóricos o divulgativos muy valiosos, entre los que, para el caso, ocupa un lugar principal La novela y la revolución en Rusia (1887), que a su vez es en buena medida una paráfrasis de Le roman russe (1886), de Eugène-Melchior de Vogüé.
 
También en la misma época Benito Pérez Galdós (1843-1920), cuyas lecturas de los autores rusos dejaron huella en sus novelas, o el gran crítico literario Leopoldo Alas (1852-1901) contribuyeron de modo importante a subrayar la importancia de la narrativa de los autores rusos que hoy consideramos clásicos (Dostoyevski, Gógol, Turgueniev, Tolstoi, Pushkin….).
 
En este contexto, resulta curioso que la primera muestra de literatura realista rusa en la Península, antes incluso del famoso ensayo de Pardo Bazán, sea una traducción de 1884 (también indirecta) al catalán, Memòries d´un nihilista, de Isaak Pavlovski, llevada a cabo por el magnífico novelista Narcís Oller (1846-1930), quien mantuvo además una sólida amistad con el autor. Ya en el siglo XX, la cultura rusa en general vivió en España un creciente interés que se manifestó de modo muy notable a lo largo de los años treinta sobre todo por medio de la publicación de un conjunto muy amplio de literatura soviética, pero también de los principales clásicos decimonónicos.
 
Sin embargo, si Pardo Bazán, Galdós o Clarín, así como el grueso de los lectores españoles de su tiempo, leían a los autores rusos a través de las traducciones al francés, parciales y “occidentalizadas” llevadas a cabo por escritores como Turgueniev (quien abreviaba y adaptaba todo aquello que consideraba que no sería del agrado del lector europeo), mediados los años veinte, sin duda a rebufo de la Revolución de 1917 y de la divulgación de la literatura soviética, se empezó poco a poco a formar en España una pequeña cantera de traductores del ruso (Tatiana Enco de Valero, José Carbó, Piedad de Salas Lifchuz, Vicente San Medina, Braulio Reyno…), que todavía convivieron durante bastantes años con la costumbre muy arraigada de traducir indirectamente (por evidentes dificultades para los editores de contar con buenos traductores, pues ni siquiera se disponía por entonces de diccionarios bilingües), sobre todo a partir del francés y en menor medida del alemán.
 
Daniel Kowalsky puso de manifestó el importante papel que tuvo en el intencionado fomento del interés por la cultura rusa la VOSK (Sociedad para las Relaciones Culturales con el Exterior) creada en 1923 y adscrita al Comisariado del Pueblo para Asuntos Exteriores (Narkomindel) de la URSS, que fue muy activa en España en particular desde 1931 y se esmeró aún más a partir del triunfo del Frente Popular, cuando se empieza a privilegiar a la editorial Cenit como introductora de la literatura soviética. Sin embargo, no eran precisamente los clásicos de la literatura rusa lo que pretendía divulgar la VOSK, al margen de lo que interesara a los editores.
A comienzos de los años treinta –escribe Kowalsky– se había traducido al español muy poca literatura o propaganda soviética. La escasez de ciudadanos soviéticos con capacidad para hacer traducciones al español obligaba a la VOKS a pedir ayuda a sus correspondientes. Pero al mismo tiempo que necesitaba que los españoles filosoviéticos la ayudaran a traducir y difundir su propaganda, la agencia no estaba dispuesta a soltar el control que ejercía sobre sus servicios de información. A comienzos de 1931, la VOKS intentó supervisar las labores de traducción encargadas por el director de la Editorial Iberomaericana. […] La VOKS evitó eficazmente el envío de cualquier manifestación de la literatura no revolucionaria anterior a 1917 a sus correspondientes y traductores españoles. […] Al mismo tiempo que rechazaba la solicitud de ejemplares de las obras de Chéjov o Tolstoi que pudieran hacerle sus correspondientes, la agencia bombardeaba con la propaganda de la época a los niños españoles.
Del auge del interés por los grandes clásicos de la literatura rusa en general (no específicamente la soviética), ceñidos al ámbito de la edición en Cataluña valga como ejemplo el del editor Josep Janés, quien en sus ediciones Quaderns Literaris (1934-1938) se sirvió de las traducciones al catalán de Pushkin que R. J. Slaby había publicado en la Biblioteca Literaria de la Editorial Catalana (La filla del capità, La dama de pique, Dbrovski el bandoler), junto a las de varios otros destacados traductores cuya calidad como prosistas  estaba fuera de duda: Sebastià Juan Arbó (el Borís Gudónov, de Pushkin), Carles Riba (L´Inspector, de Gógol), Àngel Estivill (El primer amor, de Turgueniev), P. Montserrat Falsaveu (Les nits blanques de Dostoyevski), Josep Miracle (El somni de Makar, de Korolenko) e incluso el mismo Janés firmó la de El sagrament de l´amor (L¨amor de Mitia), de Iván Bunin. Y, destacando sobre todos ellos, Andreu Nin, de quien publicó la traducción de Prou compassió! de Zoichenko.

 
Sin duda entre todos los traductores del ruso al catalán, los casos más atractivos son los del longevo Francesc Payarols (1896-1998), que se inició en la editorial Proa y participó en 1935 en la creación de la efímera editorial Atena, y Andreu Nin (1892-1937), este último, y aunque la importancia de su labor es indiscutible, quizá por razones extraliterarias. Salvando las distancias, el caso de Andreu Nin tiene concomitancias con el de Federico García Lorca, a quien el modo y las circunstancias en que murió contribuyeron a mitificar. Si como traductor al español vertió algunos de los textos más divulgados de pensadores como Marx, Lenin, Trotski o Rosa Luxemburgo, además de algunos textos científicos, se trató sobre todo de trabajos alimenticios: El mayor reconocimiento lo tuvo en cambio como introductor de la gran literatura rusa en la cultura catalana, probablemente porque su prosa en catalán era más segura y dúctil. Según ha escrito Natàlia Kharitònova:
Los contemporáneos del traductor valoraron enormemente su labor. Las traducciones literarias de Nin se esperaban con impaciencia y, en cuanto se publicaban, tenían muy buena acogida por parte de los críticos del momento. No sólo se destacaba el hecho de que las traducciones de Nin eran directas e íntegras, sino que además solía considerarse que esos textos cumplían la misión de enriquecer la cultura catalana mediante la incorporación a ella de algunas de las obras más importantes de la literatura moderna.
La afición de Nin por la escritura tiene una primera manifestación muy temprana, pues en el número del 23 de mayo de 1905 (cuando tenía trece años) aparece en La Comarca del Vendrell su primer artículo periodístico, al que siguen otros en El Baix Penedès (entre ellos un alegato contra la tauromaquia) y poco después aparece ya como redactor de El Poble Català. La Justicia Social, La Patria, Los Miserables o Quaderns d´Estudi son algunas de las cabeceras que albergarán textos suyos antes de convertirse en 1917 en redactor de La Publicidad, sin por ello abandonar su incipiente carrera como maestro ni su creciente actividad política.

Durante su estancia en la URSS (1921-1930), colabora en Correspondance Internationale y La Batalla, al tiempo que traduce, entre otras obras, Mis peripecias en España (Madrid, Editorial España, 1929), de Trotski, quien escribió un prólogo específico para esta edición, así como el grueso de traducciones que hizo para las Ediciones Europa-América que el epistolario entre Maurín y Nin permitió a Pelai Pagès identificar como obra del traductor catalán. A este mismo corresponsal (Maurín) le escribe Nin el 29 de marzo de 1929: “Las editoriales me bombardean con proposiciones hasta tal punto que me veo obligado a rechazar buena parte de ellas”, y asegura dedicar un mínimo de doce horas diarias. Para entonces, Nin había empezado también a publicar obra propia escrita en ruso (Faschims y Profsoynzi es de 1923), inglés (Struggle of the Trade Unions againts fascism se publica en Chicago ese mismo año 1923) y catalán (Les dictadures dels nostres dies, Llibreria Catalònia, 1930). Así como el proyecto nunca llevado a cabo de escribir un libro sobre Salvador Seguí, el Noi del Sucre (1887-1923).
 
Al igual que Payarols, de quien llegó a ser buen amigo, Nin forja su reputación como traductor literario en la editorial Proa, que dirigía Joan Puig i Ferrater (1882-1956) y que sobre todo mediante su colección A Tot Vent tuvo un papel muy destacado en la introducción de literatura rusa (en versiones íntegras y directas). En el seno de Proa, además, Nin se puso al frente de la colección El Camí, que respondía bien a sus intereses ideológicos, pues su objetivo era proporcionar documentación sólida acerca de temas económicos, políticos y sociales, mediante las obras fundamentales y las de actualidad. Pero ya antes de su regreso había aparecido en esa misma editorial su celebérrima y elogiadísima versión de Prestuplenie i nakaznie (Crim i càstig), que fue la primera versión íntegra de una obra de Dostoyevski que se publicaba en Occidente. Al profundo conocimiento de la lengua y la literatura rusa añadía Nin una preocupación por su prosa, trabajada a lo largo de los años que, dentro de las limitaciones de las traducciones de la época, le convertían en un traductor realmente excepcional.
 
En su faceta como crítico literario, siempre se ha señalado la influencia de la obra de Trotski Literatura y revolución,  que es evidente tanto en el ensayo “Grandesa i decadencia de la novel·la soviética” (Revista de Catalunya, núm. 78,  mayo de 1934), donde se muestra como el mayor conocedor de la literatura rusa de su tiempo, como en su estudio introductorio a L´Insurgent, de Jules Vallès, que el mismo tradujo para Proa (1935).
 
En cualquier caso, parece incontestable que en el siglo XX nadie como Andreu Nin hizo tanto por la introducción y el conocimiento de la literatura rusa, ni en la cultura catalana ni en la española.
 

Nota final: En el momento de escribir este texto, no me consta que haya culminado la investigación de Judit Figuerola i Peiró registrada como tesis doctoral con el título Andreu, Nin, intel·lectual traductor d´acció, dirigida por Montserrat Bacardí en la Universitat Autónoma de Barcelona, de la que se puede consultar en la Biblioteca d´Humanitats de esa universidad el trabajo previo “Andreu Nin, traductor“.
 
APÉNDICE: TRADUCCIONES DEL RUSO DE ANDREU NIN
 
En español:
 

Rosa Luxemburgo, La Huelga en masa, el partido socialista y los sindicatos. La experiencia de la revolución rusa de 1905, Barcelona, Publicaciones de la Escuela Moderna, 1920.
 
Riazanov, ed., Karl Marx como hombre, pensador y revolucionario, Buenos Aires-París, Ediciones Europa-América, s.a.*
 
Pokrovski, Historia de la cultura rusa, Madrid, Editorial España, 1929.
 
Leon Trotski, Mis peripecias en España (con prólogo del autor, nota introductoria de Julio Álvarez del Vayo e ilustraciones de K. Rotova), Madrid, Editorial España, 1929.
 
Karl Marx, La revolución española (1808-1814, 1820-1823 y 1840-1843) (con notas de Jenaro Artiles), Madrid, Cénit, 1929.
 
Lenin, Páginas escogidas, París, Ediciones Europa-América, 1929.*
 
Lenin, El Estado y la revolución, París, Ediciones Europa-América, 1929.*
 
 
Plejánov, Anarquismo y socialismo, París, Ediciones Europa-América, 1929.*
Yaroslavski, Historia del Partido Bolchevique, París, Ediciones Europa-América, 1930.*
 
Krupskaia, Lenin (Recuerdos), París, Ediciones Europa-América, 1930.*
 

Lenin, El imperialismo como etapa superior del capitalismo, París, Ediciones Europa-América, 1930.*
 
Pokrovski, La revolución rusa (con nota introductoria de Andreu Nin), Madrid, Editorial España, 1931.
 
Trotski, La revolución permanente, Madrid, Cénit, 1931.
 
Trotski, Historia de la revolución rusa (La revolución de febrero), Madrid, Cénit, 1931.
 
Trotski, Historia de la revolución rusa (La revolución de octubre), Madrid, Cénit, 1932.
 
Lenin, Cartas íntimas, Madrid, Cénit, 1931.
 
Alexander Lozovski, Programa de acción de la Internacional Sindical Roja (prólogo de Andreu Nin), Barcelona, 1932.
 
Hellman, La vida sexual de la juventud contemporánea, Madrid, Aguilar, 1932.
 
Polonski, La literatura rusa de la época revolucionaria (con nota introductoria de Andreu Nin), Madrid, Editorial España, 1932.
 
Lazurski, Clasificación de las individualidades, Madrid, Aguilar, 1933.
 
Polonski, Bakunin, Barcelona, Atena, 1935.
 
Kornilov, Los problemas de la psicología moderna, Madrid, Aguilar, 1935.
 
* No aparece como traductor por cuestiones políticas, pero Pelai Pagès lo identifica como tal gracias a la correspondencia que en esos años Andreu Nin mantuvo con Joaquín Maurín.
 
En catalán:
Fiodor Dostoyevski, Crim i càstig, Badalona, Proa (A Tot Vent 20 y 20ª), 1929.
 
Boris Pilniak, El Volga desemboca al mar Caspi, Badalona, Proa (A Tot Vent), 1931.
 
Fiodor Dostoyevski, Stepàntxikovo i els seus habitants, Badalona, Proa (A Tot Vent 55), 1933.
 
Tolstói, Anna Karènina, Badalona, Proa (A Tot Vent 64 a, 64 b, 64 c y 64 d), 1933.
 

Trotski, Què ha passat, Badalona, Proa, 1935.
 
Nikolai Bogdánov, La primera noia: historia romántica, Badalona, Proa (A Tot Vent 74), 1935.
 
Chejov, Una cacera dramática, Badalona, Proa (A Tot Vent 77), 1936.
 
Mijail Zoichenko, Prou compassió!, Barcelona, Quaderns Literaris, 1936.
 
Tolstói, Infància, adolescencia i juvenutt, Barcelona, Proa, 1974.
 
Fuentes:
 
Sergi Doria, “Cuando Nin era traductor”, Abc, 28 de octubre de 2008.
 
Xènia Dyakonova, “La relació entre la literatura russa i la catalana”, Visat, núm 7 (2009).
 
Pilar Esterlich i Arce, “Francesc Payarols, traductor”, Quaderns. Revista de Traducció, 1 (1998), pp. 135-151.
 
Natàlia Kharitónova, “Andreu Nin, traductor del rus. Algunes qüestions”, Els Marges, núm 74 (otoño de 2004), pp. 5-70.
 
 
Daniel Kowalsky, “La política cultural soviética y la República española”, tercera parte de La Union Soviética y la Guerra Civil española. Una revisión crítica (traducción de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda-Gascón), Barcelona, Crítica (Constrastes), 2004, pp. 133-190.
 
Yvan Lissorgues, “La novela rusa en España (1886-1910)“, en Enrique Rubio Cremades, Marisa Sotelo Vázquez, Virginia Trueba Mira y Blanca Ripoll Sintes, La literatura española del siglo XIX y las literaturas europeas, Quinto coloquio de la Sociedad de Literatura Española del Siglo XIX, 2011, pp. 287-310.
 
Irina Mychko-Megrin, Aproximación pragmática a la traducción de la ironia. Problemas traductológicos en la traslación al castellano de los relatos de M. Zóschenko y M. Bulgákov, tesis doctoral dirigida por Assumpta Camps Olivé e Iván García Sala, Universidad de Barcelona, 2011.
 

Pelai Pagès, Andreu Nin. Una vida al servei de la clase obrera, Barcelona, Laertes, 2008.
George O. Schanzer, “Las primeras traducciones de literatura rusa en España y en América”, en Actas del Tercer Congreso Internacional de Hispanistas, El Colegio de México, 1970, pp. 815-822.

miércoles, 9 de enero de 2013

Los viajes a la URSS de dos poetas

César Vallejo

4 de enero de 2013 María Serrano Velázquez. Rusia Hoy
César Vallejo y Miguel Hernández estuvieron en la URSS al principio y finales de los años 30, y fueron capaces de contemplar los avances sociales y culturales de aquel país incipiente. De aquellas vivencias salieron importantes crónicas de viajes y poemas. Vallejo sería testigo presencial del experimento revolucionario. En sus notas al pie del Kremlin afirmaría: “Mi reportaje concierne más a la manera de vivir del proletariado en Rusia, que el desenvolvimiento técnico de la economía soviética”. El poeta español Miguel Hernández, viajó en 1937, en plena guerra civil española en una delegación oficial. Era el V Festival de Teatro Soviético. Su visión optimista del país, movido por sus grandes ideales, marcarían, a partir de aquel período, su obra poética. 
“La razón revolucionaria se halla en Rusia en todas partes”. Cuaderno en mano y como observador incansable de aquel lugar lejano, César Vallejo entrevistó en sus diferentes viajes a la URSS a ciudadanos de todos los orígenes y clases sociales del país.  

Desde artistas a intelectuales, soldados, miembros del Partido Comunista, obreros, campesinos y hasta críticos del sistema. 

Fue a partir de 1928, desde su Perú natal, cuando el escritor latinoamericano se interesó por aquel país lleno de intrigas y esperanzas. Afectado por una grave enfermedad se traslada a restablecerse durante ese verano a Francia gracias a una colecta organizada por el secretario de la Legación del Perú. 

En aquellas largas semanas, estudió con detenimiento el fenómeno social del marxismo Y tras recibir el dinero de la Legación para volver a su país, decidió cambiar la elección. Con ese mismo importe viajó a la Unión Soviética. 

Desde sus crónicas habla de la exaltación obrera. Y pregunta a los trabajadores de las fábricas por el aparato social: “¿Hay mucha vigilancia policial?”. Los obreros contestaban: “No es la policía de lo que hay que cuidarse, sino del pueblo mismo”. 

Sus escritos mostraban la realidad que la Europa Occidental se negaba a reconocer. El control del sistema soviético sobre la población era una presión constante. 

Todas sus experiencias quedarían reflejadas en un primer libro que tituló Reflexiones al Pie del Kremlin, 1931. Pronto se convertiría en uno de los libros más leídos del Madrid Republicano, publicando en menos de cuatro meses tres ediciones sucesivas. 

De aquel primer contacto, Vallejo volvió totalmente entusiasmado ante los avances sociales que se estaban consiguiendo en el país. Gonzalo Santonja, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, destaca que, tras la vuelta de aquel primer viaje a la Unión Sovietica, al que le sucederían dos más, Vallejo se sintió totalmente rehecho. 

“Vio el verdadero ingenio soviético. Una visión muy distinta a su Perú natal, llena de  miseria y diferencias sociales”. 

En sus páginas habla cómo todo trabajador que se acercaba a la Unión Soviética conseguía la ciudadanía automática. Describe la cotidianidad de sus gentes y sus afectos, los rasgos de los hombres inmersos en una patria socialista, las manifestaciones sociales en busca de un cambio y las reflexiones sobre el amor libre y el casamiento. 

En una ocasión César Vallejo preguntaría a una mujer humilde, Ana Virof, de origen ruso y trabajadora de una fábrica con tres hijos, qué diferencia existía entre el amor libre y la pareja casada en la URSS. 
A lo que Virof contestó: “La pareja casada y la unión libre están en el mismo pie de igualdad ante la ley, el Estado y la sociedad”. 

Aquellas afirmaciones no dejarían indiferente el alma burguesa de Vallejo. Después de aquel viaje, se afiliaría al Partido Comunista. El escritor veía en la Unión Soviética la alternativa final al sistema capitalista de la Europa Occidental. 

En enero de 1929, vuelve a emprender el viaje, esta vez junto con su mujer, Georgette Marie Philippart Travers. 

En aquella etapa, sus escritos sobre Rusia sitúan a Vallejo como un referente entre los círculos intelectuales republicanos. 

Reflexiones al pie del Kremlin 1931 supuso “todo un acontecimiento informativo sobre la Unión Soviética. Y marcó un punto y aparte en la España Republicana”, señala Santonja. 

Miguel Hernández en el frente
La fascinación de Miguel Hernández por un país solidario 
En el verano de 1937, el poeta alicantino Miguel Hernández viajó a la Unión Soviética para asistir a la celebración del V Festival de Teatro Soviético de Moscú. 

El Ministerio de Instrucción Pública de la República, ubicado en Valencia, organizó un viaje oficial en el que Hernández participó como figura destacada del panorama literario español. 

Aitor Larrabide, director de la Fundación Cultural Miguel Hernández, destaca que “en el viaje a la URSS,  el poeta tuvo la oportunidad de ponerse al día en las nuevas técnicas dramatúrgicas rusas y de ver in situ la implantación del régimen socialista en el gigantesco país”. 

La agenda fue frenética, tal y como Miguel contó en sus cartas a su mujer Josefina Manresa. 
“No sabes lo que nos hacen trabajar al cabo del día los rusos. Es una gente que no quiere que nos vayamos de aquí sin llevarnos una impresión profunda de todo”. 

Como poeta de trincheras que animaba a los milicianos del frente republicano, la ocasión de visitar al país aliado y solidario con la República le provocó una enorme admiración. 

En sus declaraciones de aquellos días en la Gaceta Literaria de Moscú, Hernández destacaría: “Al regresar a España volveré a las trincheras”. 

Sus principios eran firmes con la causa antifascista, aunque en aquel viaje se presentaría a la sociedad rusa como una nueva promesa literaria. Para los eventos, vestiría un traje azul que no se asemejaba al habitual atuendo del poeta, aunque su rol era el de un intelectual comprometido con su tiempo y con los ideales soviéticos. 

Hernández quedaría impactado por la forma de vida de aquella sociedad  tras su gira por Moscú, Leningrado y Járkov. 

Larrabide señala que “gracias a ese viaje pudo conocer otras realidades y personas, simpatizó con el pueblo ruso, su rico folclore y descansó del fragor bélico”.

Aunque no pudo olvidar la Guerra Civil ni a su familia. Incluso algunos estudiosos, como el investigador e hispanista ruso Vladímir Yansyi, destacan que Hernández “volvió  a su país con esperanzas renovadas y con nuevos proyectos literarios”. 

Su influencia se muestra en poemas como La fábrica ciudad donde describe, sin duda, una visión  idealizada de la industria soviética. Miguel Hernández creía en la URSS como un claro ejemplo a seguir para el pueblo español tras el fin de la guerra. 

Aquellos viajes de realidades y sueños tuvieron para Vallejo y Hernández una importante repercusión en su literatura. La convicción sobre el futuro de la Revolución Rusa sería un importante referente en el ideario de ambos escritores hasta el final de sus días.