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sábado, 18 de julio de 2015

El exilio teatral republicano de 1939 en Europa

 
El exilio teatral republicano de 1939 en Europa estudia por primera vez de manera extensa la labor teatral de los exiliados en el continente europeo, con la excepción de Francia, objeto de un libro aparte. Para ello se ha contado con un equipo internacional de especialistas que han reconstruido la labor de dramaturgia y puesta en escena de obras teatrales en países muy distintos: Helena Buffery, Duncan Wheeler y Samuel Llano para el Reino Unido; María Teresa Santa María Fernández para Italia; Mario Martín Gijón y Juan Antonio Cervelló Margalef para las dos Alemanias, Suiza y Austria; Daniel Vázquez Touriño para Checoslovaquia; Lisa Jankovic para Yugoslavia y Natalia Kharitonova para la Unión Soviética.

Se trata, en muchos casos, de valiosas contribuciones pioneras sobre países en los que apenas teníamos conocimiento de la actividad teatral que llevaron a cabo los refugiados españoles. Con todo ello, se dibuja un panorama en el que destacan por méritos propios los nombres de José García Lora en Gran Bretaña, José Herrera Petere en la Suiza francófona, José María Camps en la República Democrática Alemana y César M. Arconada en la Unión Soviética, cuyos momentos más innovadores sólo se explican por las particulares condiciones de sus exilios. Asimismo resalta la indiscutible primacía de Alejandro Casona como el dramaturgo exiliado más traducido y representado a ambos lados del Telón de Acero. Los distintos trabajos ponen igualmente de relieve los condicionamientos que la Guerra Fría impuso a unos autores envueltos en ese falso dilema del que hablara Max Aub.

Este libro forma parte de la serie general Escena y literatura dramática en el exilio republicano de 1939, resultado de un proyecto de investigación desarrollado entre 2007 y 2013 del que Manuel Aznar Soler ha sido investigador principal.
 
Librería de Cazarabet
Mas de las Matas

domingo, 10 de mayo de 2015

Los españoles que defendieron la URSS

Soldados españoles que defendieron la URSS

Nota MJBarreiroLG: Este blog se abrió inspirado en Agustín García Clavé hijo de Agustín García Ruíz, exiliado en la URSS, luchó y murió en combate durante la Gran Guerra Patria condecorado a titulo póstumo y su hijo nacido durante el exilio de sus padres en la URSS
 
El famoso contorno de la muralla del Kremlin apenas se vislumbraba en la densa oscuridad de noviembre de 1941, que parecía absorber hasta el paso de los soldados españoles. La cuarta compañía marchaba por la Plaza Roja
 
Público - Leoncio Soriano -Agencia SPUTNIK 7/5/15
Muchos de ellos habían soñado con verla al menos desde hace tres años, también noviembre de 1936 cuando conocieron a los primeros soviéticos, vieron los chatos y los moscas, como llamaban en España los cazas I-15 e I-16, los tanques T-26 y BT-5.

Algunos ya habían estado aquí hace dos años, nada más llegar a la URSS. Entonces, inundada por multitudes, risa, color y alegría, la Plaza Roja les pareció mucho más pequeña de lo que imaginaban por las fotos y sus imágenes de cine. Ahora, cubierta por la nieve y la oscuridad, sumida en el silencio, se hacía inmensa. Parecía increíble que a contados kilómetros estuvieran las columnas acorazadas alemanas. Igual que hace cinco años en España, las avanzadas fascistas estaban a contados kilómetros del corazón de Rusia y la presencia de la unidad española en la Plaza Roja era prueba de la confianza que gozaban en la URSS los "españoles de Stalin".
 
Mientras Moscú se preparaba para los combates callejeros, las barricadas cortaban sus calles, obreros e ingenieros, profesores y estudiantes se alistaban en masa a las milicias urbanas, los españoles ocupaban posiciones casi al pie de las murallas del Kremlin. No fue fácil conseguirlo. Las leyes soviéticas prohibían el alistamiento de extranjeros en el Ejército Rojo, por lo que la mayoría de los españoles combatieron en unidades especiales destinadas a actuar en la retaguardia alemana, como la Brigada de Misiones Especiales OSMON cuya cuarta compañía estaba formada por los españoles.

Entre ellos estaba mi abuelo. Años después, yo le pedía contarme “sobre la guerra” y él empezaba: “cuando estábamos en las ‘akopas’”, españolizando la palabra rusa "okop" (trinchera). Cuesta imaginar lo que sentían aquellos españoles, que apenas chapurreaban unas cuantas palabras y a los que incluso años después era difícil entender en ruso, cuando se tiraban en paracaídas en la retaguardia enemiga.

Allí, casi igual de peligrosos como los alemanes eran para ellos los habitantes locales, que los tomaban por rumanos o italianos disfrazados de partisanos.

De casi 3.000 emigrantes españoles, en su abrumadora mayoría “niños de la guerra” evacuados durante la Guerra Civil en España, prácticamente todos los hombres adultos y o pocas mujeres, en total unas 700 personas, se alistaron voluntarios y combatieron contra los nazis en la URSS, Polonia, Checoslovaquia, Rumanía y Hungría, Austria y Alemania.
 
Más de 200 perdieron la vida. La cifra sigue siendo inexacta, oscila entre los 207 y los 283 muertos en acciones de guerra, de los cuales unos 75 eran “niños de la guerra”.

Pocos eran aquellos españoles que llevaban la estrella roja, pero sus hazañas se alzan petrificadas en los monumentos erigidos sobre sus tumbas en las estepas de Rusia, los bosques de Bielorrusia, las laderas del Cáucaso y Crimea y las orillas del Volga convertidas en leyendas. Más de 600 españoles fueron condecorados con diferentes medallas: "Por la defensa de Moscú", "Por la defensa de Leningrado", "Por la liberación de Varsovia", "Por la liberación de Praga", "Por la toma de Berlín"; más de 70 fueron condecorados con las órdenes: "Bandera Roja", "Estrella Roja" y "Gran Guerra Patria"; tres fueron destacados con las máximas condecoraciones de la URSS: dos con la Orden de Lenin y uno con la Estrella "Héroe de la Unión Soviética".

En la antigua Stalingrado, a escasos metros del Volga que los alemanes no llegaron a alcanzar, está la tumba del capitán Rubén Ruiz Ibarruri, héroe de la Unión Soviética. Dos combates le cubrieron de gloria. Cerca de Borísov, al frente de un pelotón de ametralladoras, el teniente Ruiz contuvo el avance de fuerzas alemanas muy superiores hasta perder la última ametralladora y luego sólo con granadas y pistolas lanzó un contraataque que desorientó a los nazis e hizo posible la llegada de refuerzos.

Meses después, en Stalingrado, tomó el mando de un batallón y poco antes de morir consiguió detener el avance de una división acorazada alemana. La consigna de “¡No pasarán!”, proclamada en Madrid por su madre, Dolores Ibárruri, la "Pasionaria", sonaba en las trincheras soviéticas junto a Moscú, Stalingrado, Kursk, en cada ofensiva nazi.
 
También en tierra retomaron la batalla contra el fascismo los pilotos republicanos exiliados en la URSS, pero en 1942 uno de ellos, Juan Bravo, se encontró por casualidad en Moscú con el general Alexándr Osipenko, jefe de la defensa antiaérea soviética que le conocía desde la Guerra Civil Española. Fue así como más de 70 españoles lograron combatir en los cielos de la URSS. Por el número de aviones derribados los nombres de varios quedaron grabados en la lista de los hombres destacados de la Segunda Guerra Mundial. Prueba de ello es el hecho de que en la escuadrilla de cinco cazas que escoltó el avión de Stalin a la conferencia cumbre de los aliados en Teherán, tres eran pilotados por españoles, y la encabezaba el para entonces coronel Juan Bravo.

El aporte español a la Gran Guerra Patria ha contribuido a auténticas leyendas. Una, recogida por el diario Novorossiyski Rabochi, cuenta que fue un comando español el que trajo de la retaguardia alemana un cuaderno lleno de cálculos matemáticos y fórmulas físicas, que sirvió al gran físico soviético Abraham Yoffe para convencer a Stalin de la urgencia de iniciar el desarrollo de la bomba atómica.
 
Otra sostiene la existencia de un plan para eliminar a Hitler que debía cumplir un comando de combatientes españoles, disfrazados de oficiales de la División Azul. Aunque aquel plan no llegó a cumplirse, la leyenda sigue viva y resurge cada vez que alguien se acuerda de las operaciones especiales y los planes de eliminar al Führer.

España es el único país que tiene el honor de contar con un monumento propio en el Parque de la Victoria de Moscú, prueba del respeto y gratitud que sienten en Rusia por aquel puñado de antifascistas españoles que hombro a hombro con sus camaradas soviéticos combatieron por la libertad. Muy cerca, una enorme bayoneta se alza sobre Moscú desde la histórica colina Poklónnaya, junto a ella, yace un dragón con la cruz gamada yace destrozado a los pies de San Jorge y a sus pies 1.418 fuentes de agua que la iluminación parece convertir en sangre recuerda los 1.418 días que duró aquella gran contienda.

sábado, 14 de junio de 2014

El pueblo de Lidice fue blanco de la venganza feroz de los nazis

14-06-2014 | Ivana Vonderková
El 10 de junio se cumplieron 72 años desde la tragedia del pueblo checo de Lidice, en las proximidades de Praga. Ese día, en 1942, los nazis arrasaron la localidad para borrarla para siempre del mapa, a modo de venganza por el atentado contra el protector nazi, Reinhard Heydrich. Sobre este triste capítulo de la historia nacional versa la presente edición del espacio Legados del Pasado, Testimonios del Presente.

El pueblo de Lidice representa hasta el presente un símbolo de la barbarie nazi y a la vez de la creciente resistencia internacional contra la Alemania hitleriana. La masacre cometida en ese lugar tuvo como resultado el fusilamiento de 192 hombres, el envío de 196 mujeres y 88 niños a campos de concentración, y de otros menores a Alemania para ser reeducados. La aldea fue quemada y arrasada por completo. 

De todos los habitantes de Lidice fueron hallados sólo 17 niños al finalizar la guerra. Y de las cenizas fue levantado un nuevo pueblo de Lidice, con un monumento recordatorio a las víctimas locales de los nazis y un extenso rosario, que ayudaron a crear personas del mundo entero. 

Trasladémonos ahora en el tiempo y veamos lo que precedió a la venganza de los nazis en Lidice.
Tras estallar la Segunda Guerra Mundial y después de ser ocupada Bohemia y Moravia por los nazis, muchos checos se marcharon durante los años 1939 y 1940 al extranjero, para unirse allí a la resistencia. Un gran grupo de voluntarios se trasladó a Gran Bretaña y formaron allí unidades terrestres, otros entraron en la Real Fuerza Aérea Británica. 

En Londres se encontraba entonces también el Gobierno checoslovaco en el exilio, que ayudaba desde el exterior a la resistencia nacional contra los nazis. Durante la guerra unos 35 grupos de paracaidistas fueron enviados al territorio checo para ayudar con los sabotajes en fábricas de armamentos por ejemplo. 

Y fue asimismo en Londres donde se decidió enviar a Chequia a paracaidistas que perpetrarían un atentado contra el protector nazi de Bohemia y Moravia, Reinhard Heydrich, según sostiene el historiador del Monumento de Lidice, Vojtěch Kincl. 

”Esa decisión fue adoptada por círculos cercanos al Gobierno checoslovaco en el exilio en Londres, pero al parecer, los ministros no sabían nada de la acción, con excepción del presidente, Edvard Beneš. Además de los paracaidistas que tenían la tarea de asesinar a Heydrich, artífice del proyecto del exterminio masivo de los judíos europeos, estaba previsto enviar al país varios otros grupos de paracaidistas que ayudarían a estabilizar la situación de la resistencia nacional en el territorio de Bohemia y también de Moravia”. 
 
El 27 de mayo de 1942, dos miembros del grupo de paracaidistas, Jozef Gabčík y Jan Kubiš, realizaron el atentado contra Heydrich en el barrio de Kobylisy, en Praga. Debido a que el arma de Gabčík falló, tuvieron que improvisar y lanzaron un explosivo contra el automóvil en el que viajaba el protector nazi. 

Heydrich no murió en el lugar del atentado, pero fue gravemente herido y el 4 de junio falleció en un hospital de Praga a causa de las heridas sufridas. Su muerte fue recibida con alegría por los checos, ya que el protector mandó ejecutar a miles de ciudadanos checos. Sin embargo, la alegría no duró mucho tiempo. 

Tras la muerte de Heydrich, la Gestapo, las SS y otros cuerpos de seguridad nazis desencadenaron una fuerte ola represiva contra los checos, impulsando su liquidación masiva, sostiene Vojtěch Kincl. 

”En el curso de los primeros seis o siete días después del atentado, en el territorio de Bohemia surgieron unos 10 lugares donde se procedía a las ejecuciones. Unas 1.200 personas encontraron allí su muerte. Y lo paradójico es que la mayoría de ellos fue ejecutada después de que los nazis descubrieran el 18 de junio de 1942 a los autores del atentado y sus colaboradores, quienes se escondían en la cripta de la iglesia de San Cirilo y San Metodio, en Praga. Lo peligroso y terrible, a la vez que excepcional del nazismo fue que lograba manipular perfectamente a las personas. De tal manera, que eran capaces de transformarse en asesinos masivos en tan sólo unos instantes”. 
 
El 10 de junio los nazis irrumpieron en el pueblo de Lidice, justificando posteriormente los asesinatos en el lugar, envíos a campos de concentración y de niños a Alemania para ser reeducados, así como el arrasamiento de la aldea por la supuesta vinculación de sus habitantes con la resistencia y los paracaidistas que llevaron a cabo el atentado. Pero Lidice realmente nada tenía que ver con la resistencia y los grupos que venían en su ayuda desde el extranjero, según indican los historiadores. 

Años más tarde, en la década del 60, ciertos antiguos cabecillas de la Gestapo declararon que en el caso de Lidice de lo que se había tratado era de amedrentar a la población checa y demostrar la fuerza del régimen nazi. Eso fue también algo nuevo. Con anterioridad los nazis habían quemado varias aldeas en Bielorrusia y Ucrania y asesinado a sus habitantes, pero en el caso de Lidice fue la primera vez que dieron a saber sobre ese crimen al mundo entero. En total 340 habitantes de Lidice perdieron su vida por ser escogido su pueblo como un blanco de la venganza por Reinhard Heydrich. 

Pasados unos 30 años de la masacre, asimismo algunos de los miembros del Wehrmacht, el ejército alemán, recordaban lo sucedido, pero más que de los asesinatos de niños menores de 15 años y mujeres se acordaban del comportamiento de sus colegas de armas o de una sola víctima concreta, el cura local, señala el historiador Vojtěch Kincl. 

”Resulta que por lo menos ocho soldados lo que más recordaban era el asesinato del cura local Štemberka. Se trataba supuestamente de un enemigo, pero a la vez era un sacerdote católico y no eran capaces de entender por ello por qué había que matar a un sacerdote”. 
 
Lo sucedido en Lidice conmovió y horrorizó al mundo entero. Según datos históricos, el primer ministro británico, Winston Churchill, quería que tres aldeas en la Alemania nazi fueran eliminadas como respuesta a Lidice, recuerda el historiador Eduard Stehlík, del Museo Militar de Praga. 

”La decisión de Churchill, su promesa dada en esos difíciles momentos de que por cada pueblo checo destruido serán eliminadas tres aldeas en Alemania, la concibo como una cierta advertencia a los nazis para detenerlos. Y es que nadie podía predecir entonces si algo semejante a lo de Lidice no iba a pasar de nuevo y las amenazas de los nazis eran claras. Tenían una lista de aldeas de Bohemia y Moravia a las que esperaba el mismo destino que el de Lidice y en el caso de Ležáky esta amenaza se volvió realidad”. 
  
Dos semanas después de la tragedia de Lidice, el 24 de junio de 1942, los nazis entraron en el pueblo de Ležáky, en la Meseta Checo-Morava y también la arrasaron. A 34 habitantes adultos del lugar los nazis los llevaron a la ciudad de Pardubice y ese mismo día los fusilaron. Otras siete personas del pueblo fueron fusiladas al día siguiente o el 2 de julio de 1942. Once niños de Ležáky fallecieron el 25 de julio en una cámara de gas en el campo de concentración en la ciudad polaca de Chelmno. De todos los habitantes de Ležáky sobrevivieron la guerra sólo dos niñas, las hermanas Marie y Jarmila Šťulíková, que fueron enviadas por los nazis a Alemania para ser reeducadas. 

El caso de Ležáky, no obstante, fue diferente al de Lidice. La Gestapo descubrió que desde la cantera de Hluboká, situada en las cercanías de Ležáky, un grupo de paracaidistas vinculado con los autores del atentado contra Heydrich mantenían la comunicación entre la resistencia en el país y en el extranjero por medio de una emisora clandestina. Se descubrió además que algunos de los paracaidistas que llegaron al territorio checo desde Gran Bretaña encontraron refugio precisamente en Ležáky. 

A diferencia también de Lidice, después de la Segunda Guerra Mundial el pueblo de Ležáky nunca fue reedificado. En el lugar fue levantado un museo que recuerda la masacre y, en el lugar de las antiguas casas del pueblo fueron erigidas láminas de piedra con un orificio en forma de cruz en su centro. 

Lidice y Ležáky, así como otros pueblos de Europa que corrieron el mismo destino, son un testimonio elocuente de la crueldad del nazismo. En el caso de las dos aldeas checas surge la pregunta si el atentado contra el protector nazi de Bohemia y Moravia Reinhard Heydrich, fue un acto bien premeditado en vista de las masacres que le siguieron. 

Los historiadores insisten en que el acto realizado por los paracaidistas llegados desde Gran Bretaña que posteriormente también ofrendaron sus vidas, fue sumamente importante dentro de la lucha antifascista. Demostró que los checos no eran pasivos y que no vacilaban incluso en oponerse a un enemigo mucho más fuerte como los nazis alemanes. De esta valentía de los checos se enteró el mundo entero. 

Además, a consecuencia del atentado contra Heydrich y de la repercusión mundial frente al destino que corrieron los pueblos checos de Lidice y Ležáky, los antiguos aliados de Checoslovaquia, el Reino Unido y Francia, anularon el Acuerdo de Múnich en base al que los nazis habían anexado en 1938 los territorios de Bohemia y Moravia al Tercer Reich. Con Lidice y Ležáky comenzaba una nueva etapa de la lucha antihitleriana que en 1945 culminaría con la derrota total de la Alemania nazi.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Exiliada republicana centenaria recibe en Praga la medalla de la orden de Isabel la Católica

 
Praga, 25 feb (EFE).- La exiliada republicana Benita Gil Serrano, de 101 años, recibió hoy, en un acto celebrado en su domicilio de Praga, la condecoración española de la orden de Isabel La Católica al mérito civil.

El embajador español en Praga, Pascual Navarro, destacó que "la lealtad en el compromiso con España, con sus raíces, con el idioma español, y con la familia y compatriotas españoles, es una constante en la vida de Benita que hoy queremos reconocer".

La condecorada cumplió el 14 de enero pasado 101 años, y tiene a sus espaldas una larga trayectoria como maestra, traductora e intérprete, secretaria y sindicalista, madre y abuela y, desde 1980, jubilada y observadora crítica de la realidad española.

"Era maestra, y siempre consideré que si me quedaba me hubieran echado de la enseñanza", aseguró hoy Gil, que militó en el Partido Comunista de España y se exilio en enero de 1939, en los compases finales de la Guerra Civil española.

Benita Gil nació en 1913 en La Ginebrosa (Teruel), fue maestra de profesión, y perteneció a la Agrupación Provincial de Maestros de Primera Enseñanza en Zaragoza.

Durante la Guerra Civil enseñó en Alcañiz (Teruel) y Llansá (Gerona), y residió también en Mas de las Matas y Teruel.

Tras abandonar España a causa del conflicto bélico, se exilió en Francia, donde se casó con Felipe Serrano y tuvo dos hijos y en 1951 se exilió con su familia en la entonces Checoslovaquia comunista, donde trabajó ocho años de operaria en la empresa textil Vlnola.

Una vez instalados en Praga a principios de los años 60, trabajó en la Federación Mundial de Sindicatos (FMS), donde ejerció como secretaria de la Sección Latinoamericana durante 17 años.

Su etapa en la FMS le resultó especialmente gratificante, según explicó a Efe su hija Dely, ya que pudo trabajar con muchos sindicatos latinoamericanos y con la entonces ilegal en España Comisión Obreras (CCOO).

Gil Serrano y su marido regresaron a España en 1980, pero decidieron regresar a Praga en 1992, para estar cerca de sus hijos y nietos.

"El exilio, a pesar de todas las dificultades que nos ha impuesto, es también gratificante", resumió hoy al recibir la medalla.