Ramón Mercader, el hombre del piolet. Biografía del
asesino de Trotsky. Eduard Puigventós López. Prólogo de
Josep Maria Solé i Sabaté
Una biografía apasionante que se lee como una historia de espionaje
y seducción, identidades falsas, complots, atentados frustrados,
idealismo y traición. La vida del asesino catalán más relevante de
la historia embarcará al lector en un viaje fascinante por Francia,
la Unión Soviética, México y Cuba, con la guerra civil española, la
Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría como telón de fondo, en la
sanguinaria persecución de Lev Davidovich, Trotsky, hasta el crimen
final, piolet en mano.
Rica en documentación, minuciosa, erudita y con sorprendentes
fotografías inéditas, la ambiciosa investigación de Eduard
Puigventós López, Ramón Mercader, el hombre del piolet, es una
disquisición entre la heroicidad y la cobardía de un personaje de
mil caras y a la vez el retrato cautivador de una época de grandes
convulsiones políticas y enfrentamientos militares, en los que
estaba en juego no solo la hegemonía mundial, sino también la idea
misma del mundo.
«Nos centraremos en el asesino y analizaremos su personalidad y
los hechos que le condujeron a ser quien fue: una persona fiel a
una idea, que se inmoló creyendo que así contribuiría al
surgimiento de un nuevo mundo. Intentaremos reconstruir su vida
anterior al atentado para comprender el porqué del mismo; la vida
posterior, para analizar las consecuencias y el claro componente
ideológico que mantuvo hasta sus últimos días.»
EDUARD PUIGVENTÓS LÓPEZ
(Rubí, 1984). Doctor en Historia Contemporánea y máster en Historia
Comparada por la UAB. Ha colaborado en el proyecto El coste humano
de la Guerra Civil en Catalunya del Centro de Historia Contemporánea
de Cataluña y en varias iniciatives de carácter histórico para el
Ayuntamiento de Rubí. Ha publicado cinco libros: Els catalans a les
guerres del món y Tornarem a vèncer, con Ara Llibres; Complot contra
Companys, con la Sociedad Catalana de Estudios Históricos, filial
del IEC; L’època contemporània. Del segle XIX al XX, vol. 5 de la
Història de Catalunya il·lustrada per Pilarín Bayés; y La festa dels
Xatos, con el Ayuntamiento de Rubí.
El exilio teatral republicano de 1939 en Europa estudia por primera vez de manera extensa la labor teatral de los exiliados en el continente europeo, con la excepción de Francia, objeto de un libro aparte. Para ello se ha contado con un equipo internacional de especialistas que han reconstruido la labor de dramaturgia y puesta en escena de obras teatrales en países muy distintos: Helena Buffery, Duncan Wheeler y Samuel Llano para el Reino Unido; María Teresa Santa María Fernández para Italia; Mario Martín Gijón y Juan Antonio Cervelló Margalef para las dos Alemanias, Suiza y Austria; Daniel Vázquez Touriño para Checoslovaquia; Lisa Jankovic para Yugoslavia y Natalia Kharitonova para la Unión Soviética.
Se trata, en muchos casos, de valiosas contribuciones pioneras sobre países en los que apenas teníamos conocimiento de la actividad teatral que llevaron a cabo los refugiados españoles. Con todo ello, se dibuja un panorama en el que destacan por méritos propios los nombres de José García Lora en Gran Bretaña, José Herrera Petere en la Suiza francófona, José María Camps en la República Democrática Alemana y César M. Arconada en la Unión Soviética, cuyos momentos más innovadores sólo se explican por las particulares condiciones de sus exilios. Asimismo resalta la indiscutible primacía de Alejandro Casona como el dramaturgo exiliado más traducido y representado a ambos lados del Telón de Acero. Los distintos trabajos ponen igualmente de relieve los condicionamientos que la Guerra Fría impuso a unos autores envueltos en ese falso dilema del que hablara Max Aub.
Este libro forma parte de la serie general Escena y literatura dramática en el exilio republicano de 1939, resultado de un proyecto de investigación desarrollado entre 2007 y 2013 del que Manuel Aznar Soler ha sido investigador principal.
El historiador leonés Secundino Serrano publica ‘Españoles en el gulag’, que cierra la trilogía de «los que protagonizaron la historia pero no tuvieron quién la contara»
Verónica Viñas | León20/10/2011
Encontró un sobre con la palabra Karagandá. Tuvo que mirar el lugar en el mapa para ubicarlo en Kazajistán. Todo comenzó en el Archivo de Salamanca. El historiador leonés Secundino Serrano buscaba pistas de los republicanos que combatieron contra Hitler y se encontró una lista de represaliados españoles en Rusia. Desde el 2006 tenía ‘aparcada’ la historia de los republicanos condenados a los campos de trabajo en Siberia. Españoles en el gulag. Republicanos bajo el estalinismo cierra la trilogía que comenzó con Maquis y continuó con La última gesta. Editado por Península, en el tercer libro rescata la memoria de «ciudadanos anónimos que protagonizaron la historia, pero que no tuvieron a nadie que la contara». Serrano lo ha hecho. Ha puesto sobre el papel a los personajes de unos sucesos que han permanecido silenciados durante décadas.
El sobre de Karagandá tenía expedientes de personas desterradas al gulag y datos de una campaña de movilización llevada a cabo en Francia para su liberación. A Serrano la historia le fascinó desde el principio. Este profesor de historia ha podido localizar a 185 republicanos en Rusia, aunque hubo hasta 300 españoles en campos de trabajo, «no todos por motivos políticos», dice. Uno de ellos era el maestro leonés Nicolás Díaz Valbuena. Un militante de la CNT oriundo de Vega de Gordón. Sorprendentemente, Díaz Valbuena era miembro de la Sociedad de Amigos de la Unión Soviética. Serrano sólo ha podido averiguar que falleció en un campo de trabajo. La documentación «se pierde ahí. No existe información sobre a qué campo fue destinado ni de las circunstancias de su muerte».
Ha sido una labor ardua. A Serrano le tocado el alma. Hechos cruentos a los que ha puesto nombre y apellidos. Biografías que ha rescatado de tediosos expedientes. «La mayoría fueron detenidos y llevados a los campos, sin ser juzgados ni condenados. Fue un auténtico secuestro político».
Los de la División Azul. Entre 1948 y 1953 los republicanos convivieron en el gulag con miembros de la célebre División Azul. «El régimen soviético los situó en el mismo bando». Tras la muerte de Stalin, son liberados, y 38 de aquellos republicanos regresan a España junto a los divisionarios a bordo del barco griego Semíramis. En el puerto de Barcelona los 286 repatriados españoles, incluidos los republicanos, son recibidos con los sones del himno nacional.
El nuevo libro de Serrano, que llega hoy a las librerías, es un relato «panorámico» de los españoles republicanos en la Unión Soviética. Pero el autor se encontró decenas de historias paralelas que también merecían ser contadas. Mientras escribía el libro pensaba en las matrioskas –las conocidas muñecas rusas que se introducen una dentro de otra—, porque cada episodio le llevaba a otro. «Son como capas de cebolla. Historias dentro de historias, con el nexo común de los campos de trabajo». Serrano también localizó a ocho leoneses de la División Azul que acabaron en el gulag: Alberto Alonso Pascual (Cistierna), Benito Bautrulle del Río (León), Eladio Bello Voces (San Juan de Palueza), Germán Díaz Conde (Velilla de Valderaduey), Modesto Fernández Riesco (León), Cayetano López Bueno (León), Joaquín Montaña González (Villafranca del Bierzo) y Gumersindo Pestaña Fernández (Astorga).
Vivo, pero con funeral. El Diario de León de abril de 1954 recoge la llegada de estos hombres a bordo del Semíramis. El corresponsal de Villafranca relata en un artículo la sorpresa de los emocionados padres de Joaquín Montaña González al saber que su hijo estaba vivo, puesto que años atrás, dándole por muerto, le habían hecho hasta un funeral. Durante cinco años republicanos y divisionarios compartieron penalidades en campos del Círculo Polar Ártico (hasta 75 grados bajo cero), las estepas de Kazajastán (como el de Kok-Usek, donde diez españoles, casados con judías austríacas, fueron padres) y en gulags de la Rusia europea.
Serrano confiesa que con la trilogía pretendía recuperar a los republicanos españoles que lucharon contra Franco (Maquis), contra Hitler (La última gesta) y contra Stalin (Republicanos en el gulag). En el último libro de Serrano también sorprende la peripecia vivida por una treintena de niños de la guerra —la mayoría vascos, asturianos y cántabros—, que fueron enviados por sus padres a Rusia huyendo de la contienda española. Cuando los nazis avanzan sobre territorio ruso, estos niños son detenidos y repatriados a España. Serrano ha averiguado que dos de ellos acabaron en la guerrilla antifranquista. Eran los asturianos Eloy Álvarez El Ruso y Roberto Montes Cantinflas. Ambos fueron eliminados el 7 de febrero de 1950 en una emboscada en Asturias. Otro de aquellos niños era el santanderino Néstor Rapp Lantarón que acabaría siendo uno de los fundadores de Comisiones Obreras de Vizcaya.
Ni reyes, ni generales, ciudadanos. El libro de Serrano está plagado de historias humanas. Hay docenas de acontecimientos dignos de novela. El autor no sabe si los abordará en un próximo libro. Su objetivo inmediato era concluir la trilogía, concebida como «un homenaje histórico a españoles anónimos», asegura. Y es que a este historiador leonés no le interesan los reyes ni los generales, sino los ciudadanos anónimos que en determinadas circunstancias tuvieron una participación crucial en la historia, con el agravante de haber sido despreciados por la historia oficial.
«Sabemos mucho de políticos e intelectuales republicanos, pero poco de los protagonistas auténticos. Esa es mi aportación, situarlos en la historia, darles visibilidad». Un puñado de hombres que pagaron cara la defensa de sus ideales. También las crónicas oficiales, las que escriben los vencedores, les desterraron para siempre. A Serrano le delata el entusiasmo cuando habla de estos personajes que ha rastreado por bibliotecas y archivos, incluida la hemeroteca del Diario de León.
La Legión Azul fue hija de la División Azul, la unidad falangista que Serrano Suñer creó y que Franco “dejó” marchar al frente ruso, el que, a la postre iba a ser epicentro de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Este libro dibuja su historia, hasta ahora prácticamente ignorada. Y da los nombres de cuantos en ella estuvieron, y transcribe sus datos personales y dibuja, en cuadros y en mapas, cuanto ella dio de sí. Y lo hace, como es propio del autor, de manera clara, lineal y, sobre todo, contextualizada. Porque los estertores de 1943 y primeros meses de 1944 fueron los definitivos.
Hitler, en su cerrazón mental, había desechado la oferta del Kremlin de poner punto y final a la guerra de Rusia. Y ahora su Ejército pagaba las consecuencias. Y con él, un grupo de algo más de dos millares de españoles, que allí quedaron, en contraprestación por el retorno de la División Azul. No fueron los héroes míticos que algunos nos han querido hacer creer. Fueron hombres de carne, hueso y alma, que quedaron atrapados en un contexto atroz, brutal, el del “¡Matad, matad!” de Ilyá Ehrenburg. Quien había sembrado vientos, recogía ahora tempestades, y la Legión Azul tuvo que hacerles frente. Entretanto, España miraba hacia otro lado, el Aliado, pues, salvo algunos azules, Franco y su régimen nada querían saber ya de cuanto acontecía en Rusia. No en vano, día tras día, tomaba cuerpo el Untergang del Tercer Reich.
Cazarabet conversa con... Natalia Kharitonova, autora de "Edificar la cultura, construir la identidad. El exilio republicano español de 1939 en la Unión Soviética" (Renacimiento)
Natalia Kharitonova desde la colección la Biblioteca del Exilio de Editorial Renacimiento se acerca al exilio republicano español en la Unión Soviética en 1939.
Lo que nos dice la editorial, Renacimiento, de este libro de la colección Biblioteca del Exilio:
Edificar la cultura, construir la identidad es un estudio panorámico de las prácticas culturales del exilio español en la Unión Soviética, desde 1939 y hasta los años setenta. Basado en los materiales procedentes de los archivos rusos y españoles y en los testimonios personales, reconstruye las actividades culturales de los niños españoles en la URSS, del Club y del Centro Español de la Unión Soviética, y además arroja luz sobre la historia de las redacciones españolas de la editorial Progreso y la revista La Literatura Internacional.
La autora, Natalia Kharitonova:
Natalia Kharitonova (Moscú, 1972) es doctora en Filología Hispánica por la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). Profesora del Departamento de Filología de la Escuela Superior de Económicas (HSE) de Moscú e investigadora del Departamento de Literatura Contemporánea de Europa y América del Instituto de Literatura Mundial Máximo Gorki de la Academia de Ciencias rusa. Miembro del Grupo de Estudios del Exilio Literario (GEXEL) de la UAB, ha dedicado sus investigaciones a las relaciones literarias y culturales entre Rusia y España, y Cataluña en el siglo XX, especialmente a la revista Octubre, María Teresa León, Andreu Nin y Ramón J. Sender. Ha publicado diversos estudios sobre el exilio republicano español de 1939 en la Unión Soviética, así como la primera edición de Cuentos de Madrid, de César Arconada (Renacimiento, 2007).
- ¿Cómo, en general, se fue asentando el exilio republicano en la Unión Soviética, entre aquellos exiliados que obedecían más a ser exiliados con una "alta carga" de "lo cultural" y que venían con el miedo a una represión fascista y el escarmiento de ver y ser los testigos de una guerra?
- Delante de "los españoles del éxodo y del llanto" que se marcharon a Rusia, se abrió un país muy lejano, desconocido, muy distinto culturalmente. Llegaron con la dolorosa experiencia de la derrota y con mucha incertidumbre, pero también con mucha ilusión. Hay numerosos testimonios del entusiasmo que experimentaron tras su viaje a la Unión Soviética. No olvidemos que iban a la "gran patria del socialismo", y es que era algo que formaba parte de sus ideales, algo en que sinceramente creían. Una visión más realista del entorno se consolidaría más tarde, tras años de vicisitudes inevitables de adaptación. Con todo, en 1939 la URSS no constituyó un destino que siguió un gran número de intelectuales o artistas exiliados, inicialmente fueron muy pocos, como, por ejemplo, César Arconada, Eusebio Cimorra, Alberto Sánchez o José Sancha. No obstante, varios republicanos que antes no se dedicaban a las artes ni las letras, en el exilio soviético tuvieron la oportunidad de desarrollar su potencial, también en el campo cultural e intelectual. Por eso deberíamos tener en cuenta esa permanente reconfiguración cultural y social de la comunidad exiliada en la URSS que primero enriqueció la cultura del país de acogida y, años más tarde, la de España obsequiándola con unos excelentes traductores del ruso, conocedores de la cultura y literatura de su "segunda patria", profesores universitarios, profesionales del teatro y del cine, artistas.
-El exilio, después de la pérdida de una guerra es de lo más doloroso, pero vamos a ver ¿una vez se huye del país con una fuerte carga cultural y se van poniendo cimientos culturales en el país de acogida se va haciendo, también, para hacer hasta como más "llevadero" el exilio?
- Sin duda, fue así. Los exiliados llenaron sus momentos de ocio con montajes teatrales, canciones españolas, bailes acompañados de guitarra por los que no pocos de ellos sentían afición o veladas en las que recitaban poemas improvisados. Menciones de ese tipo de actividades se encuentran en memorias de Luis Galán o Ramón Barros, en cartas de Augusto Vidal, César Arconada, o en otros documentos. Era una manera de divertirse y conectar el pasado con el presente, echar un puente entre el espacio que dejaron atrás y el que les acogió.
-Si en el país que acoge al exilio y, también, al exilio cultural se deja hacer…El exiliado puede reconstruir y reencontrarse, otra vez, más pronto, mejor y con más garantías con todas las fases de la identidad, ¿verdad?
- La construcción indentitaria es un proceso complejo y dinámico que nace a raíz de la interacción de numerosos elementos, y en este sentido tiene importancia tanto el nuevo medio cultural como la comunidad exiliada y un individuo en concreto. Por ejemplo, la sociedad soviética de los años treinta tenía su particular idea de España, cuyos orígenes remontaban a la literatura del romanticismo francés y que poco o nada tenía que ver con la España real. Naturalmente, cuando los españoles republicanos vinieron a Rusia, tuvieron que enfrentarse a los tópicos y explicar una y otra vez que la España operística de George Bizet no es nada más que una creación artística francesa y les resulta ajena. No es casual que César Arconada emprendiera la tarea de componer una "ópera española" bajo el título de La Nueva Carmen, con una marcada diferencia de la antigua Carmen bizetiana. La identidad colectiva, que la comunidad exiliada iba perfilando a lo largo de varios años de su vida en Rusia, recogía tanto elementos étnicos como políticos, pues se identificaban como españoles y republicanos. También hicieron su importante contribución al canon cultural y literario republicano del exilio de 1939.
-Pero ¿cómo vamos reconstruyendo esa identidad?
- Lo más interesante fue descubrir el mundo del exilio republicano en la URSS en toda su complejidad. Tuve la enorme suerte de manejar todo tipo de fuentes: cartas, documentos, noticias de prensa de la época, fotografías, memorias. Y, naturalmente, sin entrevistas a los propios españoles que vivieron en la Unión Soviética mi estudio sería incompleto. Así, a base de muchas informaciones poco a poco se iba revelando la autorepresentación del exilio. El punto de partida fue la idea de la "hazaña" de los españoles en la URSS. Luego, había que comprender en qué consistió, cuál fue la aportación cultural de los españoles a la sociedad soviética, sin dejar de lado las actividades culturales que desarrollaron en sus instituciones como puede ser el Club Español o el Centro Español en la Unión Soviética. Todos estos datos nos permiten comprender qué elementos forman parte de la identidad del exilio republicano de 1939 en la URSS.
-Es necesario poder realizar estos ensayos, estudios, investigaciones y demás para poder entender mejor cómo fue el exilio en general y, en particular, poder sumergirse a entender mejor el exilio cultural….
- Naturalmente, el primer paso para la comprensión es la reconstrucción histórica, a partir de ahí es posible profundizar cada vez más en el fenómeno del exilio republicano de 1939. Y es más, es posible decir que el siglo XX fue todo un siglo de exilios y emigraciones, lo que permite ahora a los investigadores plantear los estudios del exilio que apliquen una perspectiva comparativa o transnacional con tal de acercarse a lo que el exilio representa en general y también lo que es en su faceta cultural. El exilio español de 1939 tampoco fue el único exilio en la Unión Soviética, pero, por ejemplo, el exilio alemán en el mismo país y de la misma década está mucho mejor estudiado. Es de esperar que con el tiempo la situación se iguale.
-¿Qué tuvo éste, de particular, cuándo llegó y se desarrolló en la URSS?
- Fue una comunidad bastante compacta, de militancia comunista en su mayoría, pues, se sabe que para salir a la Unión Soviética un refugiado español tenía que estar respaldado por una recomendación de un compañero del Partido.
-Explícanos el exilio cultural que estuvo en la URSS; ¿tuvo muy a ver con el comunismo?; ¿estuvo muy vinculado desde siempre a esta corriente política o hasta se pudo ver como "amordazada" por él…?
- El exilio español que estuvo en la URSS tuvo mucho que ver con el comunismo, pues la sociedad en la que venían a residir estaba dirigida por un solo partido y era un partido comunista, así que otra opción simplemente no estaba contemplada. Otra cosa es la trayectoria personal de cada uno. El caso de Jesús Hernández podría representar uno de los caminos que un militante comunista pudo hacer tras su estancia en la URSS, no obstante, cabe resaltar que tampoco puede considerarse como ejemplar. Al mismo tiempo hubo muchos otros exiliados que mantuvieron su ideal comunista intacto y afirmaron incluso años después que seguían siendo comunistas, lo que impide verlos como la gente amordazada o manipulada. Confío modestamente en que mi estudio permita ampliar y matizar la visión del exilio español republicano de 1939 y la de la sociedad soviética, ofrecer un repaso de aquellas oportunidades que la URSS les brindó a los españoles exiliados, y asimismo valorar la aportación que los españoles en su exilio soviético hicieron a la cultura en Rusia.
Bandera también mantuvo contactos con el régimen post-fascista de Franco en España. Vasyr Bushko, escolta y amigo cercano de Bandera, señaló que, de todos los países del mundo, fue con la España de Franco con la que la OUN-Z mantenía la mejor relación, donde Stets'ko aún seguía siendo atendido como el primer ministro de Ucrania. En 1950 el obispo Buchko viajó a España y se reunió con Franco en nombre de Bandera. Buchko convenció a Franco para que admitiera a los partidarios de la UPA y a los veteranos de las Waffen-SS Galizien en sus academias militares.
Después de ese año, el Providnyk ("guía" o "führer" de los Nacionalistas ucranianos, es decir, Stepan Bandera) y Stets'ko visitaron juntos Madrid para discutir esta y otras cuestiones relacionadas, en persona con el Caudillo. Un resultado de esta cooperación fue la institución de la radiodifusión nacionalista ucraniana en Madrid, tres veces por semana. En 1956, Franco invitó a Bandera para que se estableciese en España, donde, después de la Segunda Guerra Mundial, varios otros líderes de extrema derecha encontraron refugio. Bandera consideró esta generosa propuesta durante su visita a España de nuevo y examinó más de cerca a este país. Al final, sin embargo, no aceptó la oferta, probablemente debido a que su organización estaba profundamente arraigada en Múnich.
En los estudios sobre la difusión editorial de la literatura rusa en lengua española suelen señalarse como primeras traducciones las de Pushkin que datan de la década de 1840 (aparecidas en publicaciones como Revista Hispanoamericana, El Fénix, Revista Europea, etc., y siempre a partir de versiones previas del francés). Del mismo modo, es común subrayar el auge que vive en España la literatura rusa sobre todo a partir de la década de 1870. En este sentido, desempeñó un papel destacado Emilia Pardo Bazán (1851-1921), quien, además de espléndidas novelas, nos legó algunos textos teóricos o divulgativos muy valiosos, entre los que, para el caso, ocupa un lugar principal La novela y la revolución en Rusia (1887), que a su vez es en buena medida una paráfrasis de Le roman russe (1886), de Eugène-Melchior de Vogüé.
También en la misma época Benito Pérez Galdós (1843-1920), cuyas lecturas de los autores rusos dejaron huella en sus novelas, o el gran crítico literario Leopoldo Alas (1852-1901) contribuyeron de modo importante a subrayar la importancia de la narrativa de los autores rusos que hoy consideramos clásicos (Dostoyevski, Gógol, Turgueniev, Tolstoi, Pushkin….).
En este contexto, resulta curioso que la primera muestra de literatura realista rusa en la Península, antes incluso del famoso ensayo de Pardo Bazán, sea una traducción de 1884 (también indirecta) al catalán, Memòries d´un nihilista, de Isaak Pavlovski, llevada a cabo por el magnífico novelista Narcís Oller (1846-1930), quien mantuvo además una sólida amistad con el autor. Ya en el siglo XX, la cultura rusa en general vivió en España un creciente interés que se manifestó de modo muy notable a lo largo de los años treinta sobre todo por medio de la publicación de un conjunto muy amplio de literatura soviética, pero también de los principales clásicos decimonónicos.
Sin embargo, si Pardo Bazán, Galdós o Clarín, así como el grueso de los lectores españoles de su tiempo, leían a los autores rusos a través de las traducciones al francés, parciales y “occidentalizadas” llevadas a cabo por escritores como Turgueniev (quien abreviaba y adaptaba todo aquello que consideraba que no sería del agrado del lector europeo), mediados los años veinte, sin duda a rebufo de la Revolución de 1917 y de la divulgación de la literatura soviética, se empezó poco a poco a formar en España una pequeña cantera de traductores del ruso (Tatiana Enco de Valero, José Carbó, Piedad de Salas Lifchuz, Vicente San Medina, Braulio Reyno…), que todavía convivieron durante bastantes años con la costumbre muy arraigada de traducir indirectamente (por evidentes dificultades para los editores de contar con buenos traductores, pues ni siquiera se disponía por entonces de diccionarios bilingües), sobre todo a partir del francés y en menor medida del alemán.
Daniel Kowalsky puso de manifestó el importante papel que tuvo en el intencionado fomento del interés por la cultura rusa la VOSK (Sociedad para las Relaciones Culturales con el Exterior) creada en 1923 y adscrita al Comisariado del Pueblo para Asuntos Exteriores (Narkomindel) de la URSS, que fue muy activa en España en particular desde 1931 y se esmeró aún más a partir del triunfo del Frente Popular, cuando se empieza a privilegiar a la editorial Cenit como introductora de la literatura soviética. Sin embargo, no eran precisamente los clásicos de la literatura rusa lo que pretendía divulgar la VOSK, al margen de lo que interesara a los editores.
A comienzos de los años treinta –escribe Kowalsky– se había traducido al español muy poca literatura o propaganda soviética. La escasez de ciudadanos soviéticos con capacidad para hacer traducciones al español obligaba a la VOKS a pedir ayuda a sus correspondientes. Pero al mismo tiempo que necesitaba que los españoles filosoviéticos la ayudaran a traducir y difundir su propaganda, la agencia no estaba dispuesta a soltar el control que ejercía sobre sus servicios de información. A comienzos de 1931, la VOKS intentó supervisar las labores de traducción encargadas por el director de la Editorial Iberomaericana. […] La VOKS evitó eficazmente el envío de cualquier manifestación de la literatura no revolucionaria anterior a 1917 a sus correspondientes y traductores españoles. […] Al mismo tiempo que rechazaba la solicitud de ejemplares de las obras de Chéjov o Tolstoi que pudieran hacerle sus correspondientes, la agencia bombardeaba con la propaganda de la época a los niños españoles.
Del auge del interés por los grandes clásicos de la literatura rusa en general (no específicamente la soviética), ceñidos al ámbito de la edición en Cataluña valga como ejemplo el del editor Josep Janés, quien en sus ediciones Quaderns Literaris (1934-1938) se sirvió de las traducciones al catalán de Pushkin que R. J. Slaby había publicado en la Biblioteca Literaria de la Editorial Catalana (La filla del capità, La dama de pique, Dbrovski el bandoler), junto a las de varios otros destacados traductores cuya calidad como prosistas estaba fuera de duda: Sebastià Juan Arbó (el Borís Gudónov, de Pushkin), Carles Riba (L´Inspector, de Gógol), Àngel Estivill (El primer amor, de Turgueniev), P. Montserrat Falsaveu (Les nits blanques de Dostoyevski), Josep Miracle (El somni de Makar, de Korolenko) e incluso el mismo Janés firmó la de El sagrament de l´amor (L¨amor de Mitia), de Iván Bunin. Y, destacando sobre todos ellos, Andreu Nin, de quien publicó la traducción de Prou compassió! de Zoichenko.
Sin duda entre todos los traductores del ruso al catalán, los casos más atractivos son los del longevo Francesc Payarols (1896-1998), que se inició en la editorial Proa y participó en 1935 en la creación de la efímera editorial Atena, y Andreu Nin (1892-1937), este último, y aunque la importancia de su labor es indiscutible, quizá por razones extraliterarias. Salvando las distancias, el caso de Andreu Nin tiene concomitancias con el de Federico García Lorca, a quien el modo y las circunstancias en que murió contribuyeron a mitificar. Si como traductor al español vertió algunos de los textos más divulgados de pensadores como Marx, Lenin, Trotski o Rosa Luxemburgo, además de algunos textos científicos, se trató sobre todo de trabajos alimenticios: El mayor reconocimiento lo tuvo en cambio como introductor de la gran literatura rusa en la cultura catalana, probablemente porque su prosa en catalán era más segura y dúctil. Según ha escrito Natàlia Kharitònova:
Los contemporáneos del traductor valoraron enormemente su labor. Las traducciones literarias de Nin se esperaban con impaciencia y, en cuanto se publicaban, tenían muy buena acogida por parte de los críticos del momento. No sólo se destacaba el hecho de que las traducciones de Nin eran directas e íntegras, sino que además solía considerarse que esos textos cumplían la misión de enriquecer la cultura catalana mediante la incorporación a ella de algunas de las obras más importantes de la literatura moderna.
La afición de Nin por la escritura tiene una primera manifestación muy temprana, pues en el número del 23 de mayo de 1905 (cuando tenía trece años) aparece en La Comarca del Vendrell su primer artículo periodístico, al que siguen otros en El Baix Penedès (entre ellos un alegato contra la tauromaquia) y poco después aparece ya como redactor de El Poble Català. La Justicia Social, La Patria, Los Miserables o Quaderns d´Estudi son algunas de las cabeceras que albergarán textos suyos antes de convertirse en 1917 en redactor de La Publicidad, sin por ello abandonar su incipiente carrera como maestro ni su creciente actividad política.
Durante su estancia en la URSS (1921-1930), colabora en Correspondance Internationale y La Batalla, al tiempo que traduce, entre otras obras, Mis peripecias en España (Madrid, Editorial España, 1929), de Trotski, quien escribió un prólogo específico para esta edición, así como el grueso de traducciones que hizo para las Ediciones Europa-América que el epistolario entre Maurín y Nin permitió a Pelai Pagès identificar como obra del traductor catalán. A este mismo corresponsal (Maurín) le escribe Nin el 29 de marzo de 1929: “Las editoriales me bombardean con proposiciones hasta tal punto que me veo obligado a rechazar buena parte de ellas”, y asegura dedicar un mínimo de doce horas diarias. Para entonces, Nin había empezado también a publicar obra propia escrita en ruso (Faschims y Profsoynzi es de 1923), inglés (Struggle of the Trade Unions againts fascism se publica en Chicago ese mismo año 1923) y catalán (Les dictadures dels nostres dies, Llibreria Catalònia, 1930). Así como el proyecto nunca llevado a cabo de escribir un libro sobre Salvador Seguí, el Noi del Sucre (1887-1923).
Al igual que Payarols, de quien llegó a ser buen amigo, Nin forja su reputación como traductor literario en la editorial Proa, que dirigía Joan Puig i Ferrater (1882-1956) y que sobre todo mediante su colección A Tot Vent tuvo un papel muy destacado en la introducción de literatura rusa (en versiones íntegras y directas). En el seno de Proa, además, Nin se puso al frente de la colección El Camí, que respondía bien a sus intereses ideológicos, pues su objetivo era proporcionar documentación sólida acerca de temas económicos, políticos y sociales, mediante las obras fundamentales y las de actualidad. Pero ya antes de su regreso había aparecido en esa misma editorial su celebérrima y elogiadísima versión de Prestuplenie i nakaznie (Crim i càstig), que fue la primera versión íntegra de una obra de Dostoyevski que se publicaba en Occidente. Al profundo conocimiento de la lengua y la literatura rusa añadía Nin una preocupación por su prosa, trabajada a lo largo de los años que, dentro de las limitaciones de las traducciones de la época, le convertían en un traductor realmente excepcional.
En su faceta como crítico literario, siempre se ha señalado la influencia de la obra de Trotski Literatura y revolución, que es evidente tanto en el ensayo “Grandesa i decadencia de la novel·la soviética” (Revista de Catalunya, núm. 78, mayo de 1934), donde se muestra como el mayor conocedor de la literatura rusa de su tiempo, como en su estudio introductorio a L´Insurgent, de Jules Vallès, que el mismo tradujo para Proa (1935).
En cualquier caso, parece incontestable que en el siglo XX nadie como Andreu Nin hizo tanto por la introducción y el conocimiento de la literatura rusa, ni en la cultura catalana ni en la española.
Nota final: En el momento de escribir este texto, no me consta que haya culminado la investigación de Judit Figuerola i Peiró registrada como tesis doctoral con el título Andreu, Nin, intel·lectual traductor d´acció, dirigida por Montserrat Bacardí en la Universitat Autónoma de Barcelona, de la que se puede consultar en la Biblioteca d´Humanitats de esa universidad el trabajo previo “Andreu Nin, traductor“.
APÉNDICE: TRADUCCIONES DEL RUSO DE ANDREU NIN
En español:
Rosa Luxemburgo, La Huelga en masa, el partido socialista y los sindicatos. La experiencia de la revolución rusa de 1905, Barcelona, Publicaciones de la Escuela Moderna, 1920.
Riazanov, ed., Karl Marx como hombre, pensador y revolucionario, Buenos Aires-París, Ediciones Europa-América, s.a.*
Pokrovski, Historia de la cultura rusa, Madrid, Editorial España, 1929.
Leon Trotski, Mis peripecias en España (con prólogo del autor, nota introductoria de Julio Álvarez del Vayo e ilustraciones de K. Rotova), Madrid, Editorial España, 1929.
Karl Marx, La revolución española (1808-1814, 1820-1823 y 1840-1843) (con notas de Jenaro Artiles), Madrid, Cénit, 1929.
Lenin, El Estado y la revolución, París, Ediciones Europa-América, 1929.*
Plejánov, Anarquismo y socialismo, París, Ediciones Europa-América, 1929.*
Yaroslavski, Historia del Partido Bolchevique, París, Ediciones Europa-América, 1930.*
Krupskaia, Lenin (Recuerdos), París, Ediciones Europa-América, 1930.*
Lenin, El imperialismo como etapa superior del capitalismo, París, Ediciones Europa-América, 1930.*
Pokrovski, La revolución rusa (con nota introductoria de Andreu Nin), Madrid, Editorial España, 1931.
Trotski, La revolución permanente, Madrid, Cénit, 1931.
Trotski, Historia de la revolución rusa (La revolución de febrero), Madrid, Cénit, 1931.
Trotski, Historia de la revolución rusa (La revolución de octubre), Madrid, Cénit, 1932.
Lenin, Cartas íntimas, Madrid, Cénit, 1931.
Alexander Lozovski, Programa de acción de la Internacional Sindical Roja (prólogo de Andreu Nin), Barcelona, 1932.
Hellman, La vida sexual de la juventud contemporánea, Madrid, Aguilar, 1932.
Polonski, La literatura rusa de la época revolucionaria (con nota introductoria de Andreu Nin), Madrid, Editorial España, 1932.
Lazurski, Clasificación de las individualidades, Madrid, Aguilar, 1933.
Polonski, Bakunin, Barcelona, Atena, 1935.
Kornilov, Los problemas de la psicología moderna, Madrid, Aguilar, 1935.
* No aparece como traductor por cuestiones políticas, pero Pelai Pagès lo identifica como tal gracias a la correspondencia que en esos años Andreu Nin mantuvo con Joaquín Maurín.
En catalán:
Fiodor Dostoyevski, Crim i càstig, Badalona, Proa (A Tot Vent 20 y 20ª), 1929.
Boris Pilniak, El Volga desemboca al mar Caspi, Badalona, Proa (A Tot Vent), 1931.
Fiodor Dostoyevski, Stepàntxikovo i els seus habitants, Badalona, Proa (A Tot Vent 55), 1933.
Tolstói, Anna Karènina, Badalona, Proa (A Tot Vent 64 a, 64 b, 64 c y 64 d), 1933.
Trotski, Què ha passat, Badalona, Proa, 1935.
Nikolai Bogdánov, La primera noia: historia romántica, Badalona, Proa (A Tot Vent 74), 1935.
Chejov, Una cacera dramática, Badalona, Proa (A Tot Vent 77), 1936.
Daniel Kowalsky, “La política cultural soviética y la República española”, tercera parte de La Union Soviética y la Guerra Civil española. Una revisión crítica (traducción de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda-Gascón), Barcelona, Crítica (Constrastes), 2004, pp. 133-190.
Yvan Lissorgues, “La novela rusa en España (1886-1910)“, en Enrique Rubio Cremades, Marisa Sotelo Vázquez, Virginia Trueba Mira y Blanca Ripoll Sintes, La literatura española del siglo XIX y las literaturas europeas, Quinto coloquio de la Sociedad de Literatura Española del Siglo XIX, 2011, pp. 287-310.
Antonio Manuel Moral Roncal, Francisco Javier González Martín (coords.)Universidad de Alcalá de Henares En el presente volumen se analiza el momento en el que más cerca estuvieron los españoles de involucrarse en el conflicto militar de la Segunda Guerra Mundial: durante los meses de la Operación Torch, en el otoño de 1942; además se realiza una reflexión sobre la ingente bibliografía aparecida sobre la División Azul; se estudia el cómodo mito de la eficacia de los submarinos alemanes, que aún perdura. Desde otro punto de vista, se repasa la labor humanitaria de diplomáticos españoles con la población sefardita perseguida por los nazis en Europa, la situación de la minoría protestante en la España franquista y el caso de los niños españoles, exiliados durante la Guerra Civil, enrolados en el ejército rojo y capturados durante la guerra. Los historiadores que participan intentan no sólo describir el pasado sino también explicarlo, porque son muy raras las ocasiones en las que el pasado nos facilita una explicación de sí mismo.
Tal vez el día. Aragoneses en la URSS (1937-1977), el exilio y la División Azul es la última obra de Luis Antonio Palacio Pilacés, uno de los historiadores que más esfuerzos han dedicado a la recuperación de la memoria histórica aragonesa de la Guerra Civil y de la posguerra, prestando especial atención al exilio. Entre sus mayores logros figura haber elaborado, tras un trabajo de campo en el que visitó más de 1.000 localidades, el Mapa de Fosas de Aragón. Dentro del programa Amarga Memoria publicó el volumen La Nación del Olvido (2011) sobre los aragoneses exiliados en el norte de África al término de la Guerra Civil. Si por un lado Tal vez el día es una nueva toma de contacto con los exiliados y las exiliadas, esta vez en la URSS, por otro lado es un estudio que, en sí mismo, supone el acercamiento más extenso y profundo realizado hasta la fecha sobre los divisionarios aragoneses. Tal vez el día es una obra poliédrica y magna en contenido y forma.
Sus dos volúmenes y más de 1.200 páginas abordan la experiencia vital en territorio soviético de cinco grupos humanos:
1) los jóvenes aviadores republicanos a los que el fin de la Guerra Civil sorprende en su formación en la URSS;
2) los ya célebres niños de la guerra;
3) los exiliados tras 1939 a la URSS en su mayoría miembros del PCE;
4) los alistados en la División Azul y los batallones que dieron continuidad a ésta tras su extinción;
5) los aviadores de la Escuadrilla Azul;
6) y por último, los 300 aragoneses que fueron a trabajar voluntariamente a la URSS.
Además, como valioso anexo, la obra incluye una breve biografía de cada uno de los dos mil aragoneses y aragonesas que estuvieron en la URSS.
Eurasianet.es (E): “Algún día, tal vez, la memoria de estas cosas será agradable. Algún día, tal vez, pero no muy pronto. La Eneida, Virgilio”. Con esta cita se abre el primer volumen Luis, ¿continúa en consecuencia siendo la memoria de la estancia en la URSS poco o nada agradable en todos los grupos humanos estudiados en tu obra?
Luis Palacio (LP): En líneas generales así es, si bien hay excepciones en todos los colectivos en que se basa la investigación. Hemos de tener en cuenta que las circunstancias por las que la mayoría de ellos acabaron en la URSS no fueron las más deseables, el contexto bélico fue el que les forzó a ir a un país del cual, entre otros aspectos, no conocían su lengua. El título evidencia también el hecho de que el recuerdo para muchos de los divisionarios de su experiencia no solo no es agradable, sino que directamente muchos lo han querido borrar de sus vidas, hasta el punto de negar que estuvieran allí. Los estudios sobre la División Azul permanecieron durante décadas monopolizados por la historiografía del régimen franquista, para pasar después a ser un tema maldito, abordado las más de las veces con una carga peyorativa no solo hacia la División Azul, sino también a los hombres que combatieron en ella, que oscurecía igualmente la verdad de los hechos. El mito que quiso construir la historiografía del régimen sobre la voluntariedad de los divisionarios no se sostiene, como tampoco se sostiene la hipótesis de que la motivación ideológica –y no la instrumental o utilitaria- fuera la mayoritaria entre los 47.000 españoles que fueron a Rusia. El problema que ha habido con el tratamiento de la memoria de los divisionarios es que ha estado construida sobre la versión de los altos rangos militares más ideologizados. Los que tuvieron más facilidad para escribir y publicar sus memorias durante el franquismo, además de menos disquisiciones morales con su propio papel en el frente ruso. La otra versión quedo borrada de la memoria, recuperarla ha sido uno de los principales objetivos de esta obra.
E: ¿Y qué se puede decir de la memoria del exilio republicano?
LP: Es igualmente complejo. En primer lugar, hay que tener en cuenta que la URSS tuvo una solidaridad selectiva con los exiliados españoles. Era la URSS la que a través del PCE ofrecía a los elegidos la posibilidad de exiliarse a su territorio, en total unos 900. Lo que condujo a que mientras países más pequeños como Chile (2.000) o México (20.000) acogieran a más exiliados, además los que llegaban a la URSS llegaban filtrados, y prácticamente todos eran del PCE o afines al mismo. A pesar de ello, muchos acabaron teniendo un recuerdo hostil hacia la URSS debido al permanente ambiente de sospecha, las duras condiciones materiales, el sometimiento a las cúpulas del partido o las purgas internas. Esa mezcla entre agradecimiento por el cobijo y la ayuda recibida y el hartazgo provocado por ciertas limitaciones e imposiciones del Estado soviético también se pueden trasladar a los niños de la guerra.
Un caso más particular es el de los aviadores republicanos, cuya última expedición a la escuela de pilotos de Kirovadab se vio obligada a permanecer en la URSS, prohibiéndoseles regresar a España. Inicialmente, el estado soviético les ofreció elegir entre integrarse en el Ejército Rojo o viajar a Francia o México. Sin embargo, esta segunda opción no fue respetada y la consulta sirvió más que nada para discriminar entre leales a la URSS y no leales. Los que escogieron no integrarse quedaron atrapados. No entendían como la URSS había podido firmar el pacto de no agresión con la Alemania Nazi. Un grupo de 30 aviadores se ofreció a integrarse en las fuerzas chinas que combatían contra el ejército japonés, pero no se les permitió salir. Entre los ocho aragoneses que viajaron en esa 4ª expedición, tres decidieron no integrarse. Dos destacan especialmente. Pascual Pastor, anarquista, regresó en el Semiramis en 1954 no ocultando su anticomunismo, de hecho, reconocido por el propio régimen como uno de los repatriados más brillantes, trabajo para Radio Liberty, la radio propagandística conducida en Gerona por la CIA y los EEUU y que se podía escuchar al otro lado del muro de Berlín. Por su parte, Vicente Monclús, militante de CNT-FAI, fue uno de los primeros represaliados en 1940, enviado al campo de concentración siberiano de Vorkuta, un gulag, protagonizó una historia épica de supervivencia tras huir y permanecer durante semanas en los bosques siberianos alimentándose de una mula. Finalmente él y el resto de prisioneros fueron apresados tras encender una hoguera. Monclús fue el español que más tiempo pasó en el Gulag soviético, catorce años. No deja de ser sintomático que fuera un anarquista y no un miembro de la División Azul.
E: Monclús sin duda es una de las figuras más destacadas entre los aragoneses que estuvieron en la URSS, pero ¿cuál sería la figura política aragonesa más relevante que estuvo allí?
LP: Sin duda se trata de Fernando Claudín, quien nacido en Zaragoza en 1913, sería un personaje clave no solo en la historia del exilio español en la Unión Soviética, sino también en la propia del PCE hasta su expulsión del mismo en 1964 junto con Jorge Semprún tras su enfrentamiento con Santiago Carrillo sobre la estrategia a seguir por el PCE en España. Claudín, durante la guerra ocupó altos cargos en el PCE y fue encarcelado a raíz de la sublevación de Casado. Excarcelado en el último momento, lograría huir por avión a Orán (Argelia) junto a su entonces esposa, la joven militante comunista zaragozana Joséfina López Acín. Desde el norte de África ambos se trasladaron a la URSS, desde donde Fernando sería enviado a México por un periodo de varios años, para más tarde pasar a colaborar en la organización de las guerrillas antifranquistas. De vuelta a Moscú, entre 1947 y 1955 ocuparía la Jefatura del exilio español.
E: En el libro se deja constancia de que hubo aragoneses en todas las principales batallas en el frente ruso donde participaron españoles tanto en el bando soviético como en el alemán, ¿qué se podría destacar de ellos?
LP: Por ejemplo de los guerrilleros aragoneses que lucharon en la guerra de guerrillas que los soviéticos plantearon a los alemanes en los bosques de Bielorrusia cabe destacarse los relatos personales de varios de ellos, en especial las memorias de Sebastián Altemir. También es reseñable la presencia de aragoneses entre una centena de españoles que integrados en las fuerzas del NKVD se desplegaron para defender la Plaza Roja cuando los alemanes estaban a las puertas de Moscú. Hubo igualmente distintos aviadores en frentes de batalla celebres como Leningrado o Stalingrado.
Por otro lado, entre los divisionarios, cientos de aragoneses estuvieron en el sitio de Leningrado. Más de 700 aragoneses estaban en el 3º Batallón del 263º Regimiento, el conocido como Batallón de los Maños, apelativo que ellos mismos crearon y que después fue muy utilizado por la prensa del régimen. Ellos participaron en las primeras operaciones y sufrieron muchas bajas. También se puede destacar la presencia de 400 aragoneses en el 250º Regimiento de artillería de la Wehrmacht.
Gente, años, vida (Memorias 1891-1967). Iliá Ehrenburg. Traducción de Marta Rebón. Acantilado. Barcelona, 2014. 2.060 páginas.
Sus memorias 'Gente, años, vida' (Acantilado) ven por fin la luz sin censurar
El País - Ricardo San Vicente 10 MAY 2014
Gente, años, vida es la edición completa y definitiva de las memorias de Iliá Grigórievich Ehrenburg, escritor, periodista, figura destacada de la vida cultural y política de la URSS. La obra —que ya conoció una edición española parcial, y, claro está, censurada, en los años sesenta— es un libro memorable por diversas razones. Para empezar, por ofrecer un recorrido detallado y sugerente por el siglo XX hasta los años sesenta. Constituye, por tanto y en primer lugar, con todas las limitaciones de la época, un itinerario personal por la experiencia soviética. En segundo lugar, la publicación periódica en la revista literaria Novi Mirde estas memorias representó para los soviéticos una auténtica ventana al mundo exterior, hasta entonces prácticamente desconocido. Gracias a Ehrenburg, los lectores viajaron a la dorada época del París de principios del siglo XX y a sus protagonistas: políticos (Lenin, Trotski), artistas, escritores, poetas, editores (Ribera, Modigliani, Picasso, Hemingway, Joyce). Pero antes el autor nos describe con detalle y lirismo contenido sus primeros pasos en la lucha revolucionaria junto a los bolcheviques en una Rusia donde el zarismo se hacía pedazos. De esta época le vienen los contactos que permiten explicar, tal vez, por qué sobrevivió a los peligros de la historia soviética. Pues la supervivencia durante los pavorosos años del estalinismo es tal vez el rasgo más característico de este hombre, cuyas memorias bien podría haber titulado “Confieso que he (sobre)vivido”.
Después de pasar largos años exiliado en París, al estallar la revolución de 1917, el autor regresa a Rusia y su relato se detiene en el desarrollo y los protagonistas de la hecatombe. En su recorrido por esta época surgen los retratos de políticos y sobre todo artistas, Voloshin, Mandelstam, Maiakovski, Esenin… Tras varios años en la URSS, en 1921 decide y, lo más insólito, consigue abandonar el país para “dedicarse a la literatura” e instalarse en Europa como ciudadano soviético. Si antes de la revolución se había ganado la vida, entre otros oficios conocidos, como corresponsal para algunos periódicos rusos —recogiendo por ejemplo el desarrollo de la Primera Guerra Mundial—, entonces se dedica al periodismo al servicio de los órganos de prensa soviéticos. En estos años, sin abandonar la poesía, se adentra en el terreno de la prosa. Y alcanza un relativo éxito con sus novelas Las extraordinarias aventuras de Julio Jurenito y sus discípulos (1921) o La vida agitada de Lásik Reitswantz (1928), tal vez sus mayores logros literarios.
Así pues, ya tenemos las tres vertientes de este hombre orquesta: el político, el escritor y el periodista. El político cercano a los bolcheviques, el poeta lírico y social y el novelista desigual, primero mordaz y vanguardista y finamente instaurador de un peculiar realismo crítico, muy cercano al realismo socialista. Facetas que combina y que no abandonará nunca: se halle en Moscú, en el frente de Gandesa, en Berlín, en Viena o en el París ocupado, seguirá escribiendo poesía, seguirá mandando sus crónicas y seguirá tomando partido, navegando viento a favor con su tiempo y a veces anunciando la llegada de nuevos aires, ya sean de tormenta o de bonanza, como ocurrió con la novela Eldeshielo, que llegará a dar nombre en la URSS al periodo de relativa tolerancia de los años cincuenta y sesenta.
Ante el ascenso del fascismo y el triunfo de Hitler, contribuye activamente, impulsado por las autoridades soviéticas, a unir a los antifascistas europeos. Será el alma del Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en el que, junto a Gide, Aragon o Malraux, intervendrán Borís Pasternak e Isaac Bábel (ambos merecen extensos retratos y reflexiones sobre su obra y trágica suerte), y contribuirá activamente a la realización del II Congreso Internacional de Escritores, en Valencia, ya en plena guerra civil española.
Su interés y amor por España, como explica en sus memorias, le viene ya de la primera época parisiense. Es parte de la formación del joven poeta absorber y hacer suyo todo el bagaje poético del pasado y de otras tierras del que la poesía española es una muestra notable.
Después de Francia, España se convirtió en el país más próximo al corazón del periodista, y su pueblo, en un pueblo hermano. Sus crónicas respiran un sentimiento sincero de fraternidad con el pueblo español. Tras un primer viaje por toda España tras la proclamación de la República, durante la Guerra Civil pasará largos periodos en los diversos frentes, hasta el final de la contienda: “Será tu impulso, corazón! / Quemado y rojo Aragón. / Ni un árbol ni un matojo, / rocas tan solo y bochorno. / Lo darías todo por un sorbo! / Balas, polillas diminutas. / Has de correr y conseguir llegar… / Y recordar cómo de niño te llamaba tu mamá. / Las piedras rojas. El humo azul. / Un cañoneo breve; el crepitar / de las ametralladoras, que callan luego. / Fue aquí, guerra, donde te encontré. / Sueño profundo, sopor del mediodía. / Extremo de desesperación es Aragón” (1938).
Es conocida su perspicacia y saber en lo que se refiere a los grandes cataclismos. Tuvo muy clara conciencia del peligro que acechaba a la joven República española y pudo intuir, ante la incredulidad de sus amigos parisienses, la revuelta de los golpistas. (Al igual que en su momento intuyó y anunció la inminente invasión nazi de la URSS, como más tarde, tras la muerte de Stalin, la llegada del “deshielo”).
Las páginas dedicadas a España y a los españoles, independientemente de las diversas lecturas que se puedan hacer hoy, ayudan a recordar incluso a los lectores españoles las raíces y la dimensión de la tragedia española. Junto con Mijaíl Koltsov (político y periodista soviético asesinado por Stalin a quien Iliá Ehrenburg dedica también uno de sus retratos), el autor contribuyó muy activamente a la creación de esta actitud entre romántica y solidaria de los soviéticos hacia el “heroico pueblo español”. Sobre la presencia soviética en la guerra civil española, el autor lógicamente se detiene en la aportación de las Brigadas Internacionales, de los militares y traductores soviéticos, pasando de puntillas en la activa y a veces sangrienta intervención soviética en los asuntos españoles. Por otro lado, hoy es bien sabido que, al igual que las celebraciones con motivo del centenario de la muerte de Pushkin, la lejana y romántica contienda española servía de pantalla para poner en sordina los famosos Procesos de Moscú, juicios que se llevaron por delante en 1937 a lo que quedaba de la oposición a Stalin; entre ellos, al amigo y protector de Ehrenburg, Nikolái Bujarin (a cuyo juicio se vio obligado a asistir).
Para el autor, la contienda española era el preámbulo del gran asalto del fascismo en Europa. Al margen de la poca estima que Ehrenburg sentía por los alemanes desde la Primera Guerra Mundial, el autor de La caída de París sentía con sus vísceras la llegada de la explosión nazi. Y en los momentos de mayor desconcierto moral e ideológico de los gobernantes soviéticos, ante la inesperada invasión de los nazis en 1941, Ehrenburg fue de los primeros, armado de su máquina de escribir, en lanzarse al combate contra el invasor. Las crónicas, artículos y soflamas de Vasili Grossman e Iliá Ehrenburg fueron tal vez los únicos pedazos de papel que no se empleaban para liar los pitillos en el frente. La popularidad de Ehrenburg se extendía por todos los frentes de la Unión Soviética y llegaba hasta las trincheras alemanas. Sus crónicas periodísticas, escritas en los diversos campos de batalla, eran célebres por su carácter incendiario, que tanto daba ánimos a los soldados soviéticos como cubría de odio (y tal vez pavor) al invasor. Ambos escritores contribuyeron a crear el célebre Libro negro, obra que no vería la luz en la URSS hasta la perestroika. Al extermino que los nazis practicaron contra los judíos dedica el autor las páginas más emotivas, junto con las engendradas por la guerra civil española, de este magnífico libro. (Y en la última parte, no publicada en Rusia hasta los noventa, el autor vuelve al tema del antisemitismo y el racismo, esta vez soviético).
Hay varios hechos históricos sobre los que el autor se mueve como quien camina sobre la cuerda floja. Pero el que hace referencia al final de Stalin y de su tiranía merece siquiera un breve comentario. A finales de 1952 se hizo público “el compló de las batas blancas”, según el cual, siguiendo el viejo modelo de las purgas iniciadas por Stalin, algunos médicos —la mayoría de origen judío— se habían propuesto asesinar a la cúpula del partido. Entonces, a algunos prohombres con apellidos judíos se les conminó a firmar una carta en que se venía a decir que, a pesar del merecido castigo que debía caer sobre los culpables y sus inductores, no todos los judíos rusos eran desleales. Pues bien, Ehrenburg fue de los pocos que se negaron a firmar esta carta (a diferencia de Vasili Grossman, que recogerá fielmente este vergonzoso episodio en su novela Vida y destino). Pero no solo hizo esto Ehrenburg, sino que redactó una carta de respuesta a Stalin, el verdadero instigador de la operación, mostrando al gran dictador el carácter contraproducente tanto de la carta que se les proponía firmar como del hecho de que se persiguiera a unos ciudadanos por su origen. Afortunadamente Stalin resolvió con su oscura muerte el previsible final de esta historia… Pero lo que me gustaría subrayar, además de mostrar lo abominable del mundo del estalinismo, es el contraste que se dibuja entre el estilo de una carta, que es un auténtico ejercicio de servilismo, y el hecho fantástico de que su autor, tal vez el único capaz de hacerlo entonces en toda la URSS, muestra valientemente su oposición a la voluntad del tirano, poniendo así su cabeza a merced del hacha… Humillación y valentía.
En cuanto a la calidad literaria del texto español, en primer lugar hemos de subrayar la esforzada labor realizada por la traductora Marta Rebón, que ha logrado transmitir el estilo del autor y proporcionar la información necesaria para situar personajes y hechos que el lector tal vez ignore. Como en el caso de Herzen y tal vez tras los pasos de Chéjov, Ehrenburg sabe fundir en su prosa, a veces irónica y siempre concisa y fluida, la precisión del documento con dosis de medido lirismo, sabe reunir su condición de periodista y testimonio presencial con la de escritor, del artista consciente de la importancia de las palabras, de la textura formal de la narración y de su objetivo.
Sobre los compromisos que el autor contrae con su conciencia y las concesiones que se vio obligado a hacer a su tiempo y sus dueños, además de todo lo que tuvo que dejar en el cajón —que hoy se ha recuperado en esta edición— y, sobre todo, lo que se llevó por delante la autocensura: el doloroso peso de sus raíces judías, el silencio obligado ante la evidente y repetida traición de los ideales socialistas perpetrada por el poder, así como su comportamiento durante la orgía antisemita emprendida por Stalin que solo la muerte de este logró detener, su actividad como mensajero soviético de la paz, mientras la URSS se armaba hasta los dientes, etcétera. Sobre todo ello se podría escribir y discutir interminablemente.
De modo que citemos, a modo de respiro, las palabras del propio autor: “Sesenta y siete años es ya un profundo otoño de la vida, aunque escribo estas líneas en un día de mayo. Ya reverdecen los pobos y bajo mi ventana florecen las nevadillas y el azafrán. Me gusta la primavera, como también me gustaba de niño; de modo que a través de todas mis experiencias no he perdido el más preciado de los dones, el de la esperanza”.
Es cierto, una vez más, que la esperanza es lo último que se pierde. Pero en este caso, este natural sentimiento se torna casi sarcasmo, a tenor de la farsa en que se convirtió su país pocos años después de la muerte de Ehrenburg, un hombre que recorrió su tiempo y su vida entre el temor y la esperanza, con la convicción sincera de que un nuevo mundo esperaba a la humanidad. Y, vistas las cosas como se desenvuelven por nuestras tierras hoy, y ya no hablemos de lo que ocurre por los extremos orientales de Europa, las palabras de Ehrenburg, es cierto que enunciadas en un mundo desconocido para el lector español, suenan casi como el acíbar en la miel de nuestros sueños.
Leyendo este libro, uno no puede dejar de plantearse mil preguntas: sobre nuestro pasado, sobre la vida de estos idealistas —de entre los que hubo víctimas, verdugos, más víctimas, o ambas cosas a la vez y unos pocos afortunados supervivientes—, no puede uno no pararse a pensar en el azar de la historia, que, vaya por Dios, favorece más a los cínicos o sencillamente malvados que a los románticos, cuya única fortuna es tal vez escribir unas memorias y morir a tiempo…
Y uno se pregunta si valen las medias verdades, como las que giran en torno a la guerra civil española, si se puede destacar con gesto compasivo la orientación sexual de un pensador como Gide para descalificarlo políticamente, o subrayar el “infantilismo” de un poeta como Pasternak para, resaltando su condición de genio lírico, descalificar su novela, gestada, con acierto o no, durante largos años. Y sin embargo, las medias verdades de Ehrenburg son más que eso, son la expresión de una época, de unos anhelos y, lo que es peor, de un sueño que se reveló tan sangriento como estéril. En este sentido, a modo de complemento para estas memorias, es decir, para llenar los espacios vacíos que deja Ehrenburg, recomiendo la lectura de la biografía de Joshua Rubenstein Lealtades enmarañadas. Vida y época de Iliá Ehrenburg (Siglo XXI, 2012).
Para acabar, y casi en respuesta al desasosiego que desde la distancia (en el espacio y el tiempo) provoca la lectura de este apasionante libro, citemos las palabras de Nadezhda Mandelstam, la viuda del poeta, que en su segundo libro de memorias escribe: “Entre los escritores soviéticos él fue y siguió siendo un mirlo blanco. Fue con la única persona con la que mantuve relaciones todos aquellos años. Sin poder hacer nada, como todos, sin embargo intentaba hacer algo por la gente. Gente, años, vida es en realidad el único libro que desempeñó un papel positivo en nuestro país. Gracias a este libro, sus lectores, principalmente la pequeña intelligentsia técnica, conocieron decenas de nombres. Al leerlo seguían avanzando más rápido y más lejos, y, con la ingratitud que caracteriza a los humanos, al instante daban la espalda a quien les había abierto los ojos. Pero, de todos modos, una multitud asistió a sus funerales, y yo me fijé en que entre la multitud asomaban los rostros de buenas personas. Era una muchedumbre antifascista, y los soplones, a los que habían mandado en masa a la ceremonia, destacaban mucho entre aquellas caras. Ehrenburg hizo su trabajo, y esta labor fue ardua y desagradecida. Tal vez fue justamente él quien despertó a aquellos que se convertirían en lectores del samizdat”. Es decir, a los primeros brotes de la disidencia soviética, el embrión del movimiento que finalmente minó los cimientos de la URSS.
Por todo ello, a pesar de las medias verdades, de los claroscuros y los sentimientos encontrados, Gente, años, vida se nos antoja una pieza valiosa para entender nuestro sobrecogedor siglo XX.
Ideales y desengaños. Cartas desde Rusia a un hermano (1941-1942) de Montserrat Torra i Puigdellívol
En 1941, Daniel, un joven alférez de 21 años, escribe a su hermano Albert, de 25, una serie de 33 cartas que constituyen una unidad conceptual muy clara: el proceso, lleno de incertidumbres, ilusiones y decepciones, que vive Daniel en busca de un futuro profesional y vital.
Las primeras 14 cartas van de Tarragona a Manresa, lugares de residencia respectivos, hasta que las cartas empiezan a llegar desde Alemania y Rusia, porque Daniel se ha incorporado a la División Azul.
Albert puede leer, entonces, fragmentos como éste: “[...] estas heladas y nevadas tierras rusas, que tienen, como nos describen todos los autores, algo de ensueño, de misterio, de desolación, de tristeza, y a la vez de acogedora intimidad […] Hay algo de sublime en todo esto, muerto y triste, que veo todos los días”.
AGE 19/11/2013 El próximo jueves, día 21 de noviembre a las 19,30 h., el
Fòrum de la Librería Altaïr
(Gran Via de les Corts Catalanes, 616) ha programado un acto para presentar el libro de Ángel Belza MEMORIAS
DE UN NIÑO EN RUSIA, 1937-1957. Presentará el libro el propio
autor, acompañado del editor de Paradiso Gutenberg, Valentín Carrera y de Juan Barceló, que lo hará en
representación de la Asociación
Guerra y Exilio (AGE).
Ángel Belza es un
buen conocedor de la Rusia en la que vivió; pero su experiencia no fue
precisamente turística. Como otros “niños de la guerra” fue evacuado a
Leningrado cuando tenía dos años. Su relato autobiográfico “Memorias de
un niño en Rusia 1937-1957” son un testimonio escrito sin resentimiento,
mirando cara a cara a su propio destino, sin concesiones literarias, un relato desnudo.
En sus propias palabras: "Fue así, no invento nada".
Una autobiografía,
pero también un documento tan objetivo como una cartilla de racionamiento o las
cartas escritas por los niños desde Moscú, que jamás llegaron a las familias, requisadas
por el franquismo, y que se conservan en el Archivo de Salamanca. Un documento
que nos ayuda a comprender aquel período convulso de la historia europea, entre
1937 y 1957, de las cenizas del cual nació la Europa actual.
Una de las fotos de la exposición. En primera fila el 4º por la izquierda Agustín García Clavé. hijo de padre exiliado a la URSS, nacido en Uzbekistán, foto de su fondo personal, cedida a AGE y a mi personalmente por mantener una estrecha amistad, por él, fue inspirada la creación de esta página
AGE19/10/13
La exposición se inaugurará en Obninsk y después viajará a
Moscú y otras localidades, para venir
a España en primavera. De momento está previsto que viaje a Asturias,
Barcelona y País Vasco.
Al rescate de la historia de todos
Rusia Hoy -
Lula Gómez - 15 de octubre de 2013
La exposición organizada por Archivo Guerra y Exilio (AGE), cuenta
la historia de aquello 3.000 niños, hijos de republicanos, “de alma
rusa” que tuvieron que salir a fuerza del país debido a la Guerra Civil.
Sus vidas
son las de un libro triste y poco reconocido. Entre otras cosas, porque eran
los hijos de los perdedores de la Guerra Civil española. De ahí el interés de
la asociación Archivo Guerra y Exilio (AGE) por recoger la historia
de los 3.000 niños evacuados de la España republicana a la Unión Soviética
durante la Guerra Civil. Iban por unos pocos meses y allí se
convirtieron en adultos.
Unos
volvieron tras 20 años, otros (desarraigados y rechazados en España y sin
saber muchas veces qué había sido de sus familias) prefirieron quedarse.
Vivieron el horror de las bombas cayendo sobre sus casas en España, la
evacuación, el hambre y la muerte de la Segunda Guerra Mundial. Algunos
fueron a Cuba a trabajar y se quedaron, otros volvieron a la URSS y
crecieron y vivieron bajo el régimen soviético.
Eso es lo que cuenta la exposición organizada por AGE, la historia de esos
3.000 niños, hijos de republicanos, “de alma rusa” a fuerza de las vidas que
forjaron allí.
Hoy apenas quedan vivos unos 350 y las fotos, cartas, dibujos y testimonios de la
muestra narran sus vidas en primera persona.
La exhibición, denominada 'Cuando los niños de la guerra te cuentan
su vida…', consta de 60 paneles y se inaugurará en la localidad de
Óbninsk, donde estaba una de las casas que más niños recibió entonces. De ahí,
viajará a Moscú y a otras ciudades importantes en la vida de aquellos
pequeños; vendrá a España en primavera. De momento, hay espacio para
ella en Asturias, Barcelona y País Vasco. En Madrid se está
negociando, pero no hay nada cerrado, explica Juan Barceló, comisario de la
muestra.
“¿Que si
se ha hecho justicia con su historia? No. En absoluto. La historia del exilio
es una historia olvidada, una tragedia. Todos los dirigentes y
políticos actuales estudiaron en colegios franquistas, fueron educados con
curas y en su momento han levantado la manita y no saben lo que vivió esta
gente. Aquí, estos mayores todavía son vistos como marcianos”, afirma
Barceló.
Muchos de ellos han escrito libros. El último (Memorias de un niño en
Rusia, 1937:1957, editado por Ebooks Bierzo) se presentó hace unos
días en Lasarte (Guipúzcoa), su tierra natal. Su autor, Ángel Belza, señala que
su sueño fue siempre volver a España, pero cuando lo hizo, en el 57, fue
tachado como comunista en la fábrica de coches donde quiso trabajar. Emigró a
Suiza. “Me ha hecho hasta ilusión escribir el libro y empiezo a creerme que
está bien. No soy escritor, pero haberlo terminado me ha sostenido
moralmente. Es nuestra historia, dura pero cierta. Lo he leído y releído y en
algunas partes he llorado por los amigos que desaparecieron, por las guerras
que vivimos, por la miseria que pasamos. Repasarla hoy, con la barriga
llena resulta muy extraño”.
Por su
parte, Manuel Arce, presidente de la Fundación Nostalgia y miembro de AGE, tuvo
mejor fortuna una vez regresó: “Yo no puedo quejarme, a mí me
salieron las cosas redondas y me coloqué bien. Mi mujer, por ejemplo, tenía que
tener más cuidado. Trabajaba en la universidad y siempre había algún
policía entre los alumnos que molestaba, pero realmente no tuvimos problemas”,
apunta. Como tantos otros niños y niñas (porque ellas también volvieron con carreras
universitarias), regresó de la URSS con una gran formación técnica.
Arce, que se considera de “alma rusa”, trabajó como médico
neuroradiólogo y se incorporó a la vida española en 1966 sin grandes problemas.
Él, desde la Fundación Nostalgia, y de la mano de
la AGE, fue uno de los responsables de que el Congreso de los
Diputados español reconociese en 2005 una compensación para los españoles que
aún siguen en Rusia.
La “patria española” en Rusia
Para los españoles que
todavía quedan en Moscú, unos 120, “su patria”, España, está en el centro de la
capital. Es el Centro Español en Moscú, un local en un edificio vetusto y
aspecto soviético donde los octogenarios que pueden subir al tercer piso sin
ascensor encuentran su espacio en común. Al español que llega se le recibe con
una sonrisa desde la barra de bar donde le ofrecen un mosto y queso por
muy poco dinero.
Allí, los mayores españoles recuerdan con nostalgia sus
atropelladas vidas entre carteles de copla, clases de baile español y cursos de
castellano.
El centro
fue también la oficina del Partido Comunista Español en la Unión Soviética, el
despacho de La Pasionaria y ha sido un espacio vital importante para
preservar para su legado. En concreto, gran parte de las fotos de la
exposición provienen de él, un material recuperado por AGE y depositado,
catalogado, digitalizado y puesto al servicio de los investigadores por el
Arxiu Nacional de Catalunya.
En 2010 perdió la subvención con la que se mantenía y ha estado a punto de
cerrarse, ya que el centro se pagaba con las pensiones de sus
miembros. El Gobierno vasco aprobó este verano una ayuda para
sufragar los gastos de las actividades culturales organizadas en la
asociación por esos españoles náufragos de patria. El Ejecutivo considera que
la ciudadanía vasca tiene una deuda histórica con estas personas (de
allí salieron unos 1.500 niños, la mitad del total de los que
viajaron a la URSS) y considera que mantener abierto el centro
es de interés público, social y humanitario.
El doctor Manuel Arce es uno de los niños
que llegaron a la URSS en 1937. Volvió 30 años después.