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martes, 24 de noviembre de 2015

Aterrizaje forzoso en el gulag


Stalin confinó en campos de trabajo a los pilotos republicanos que se instruían en la URSS y que reclamaron su repatriación al final de la Guerra Civil

Tereixa Constenla - Madrid 14 SEP 2010
"Yo, Hermógenes Rodríguez, me dirijo a usted respecto al siguiente asunto: fui enviado por el Gobierno de la República Española a la Unión Soviética para participar en 1938 en un curso de pilotaje, que no pude terminar. Pedí inmediatamente mi repatriación, que hasta hoy me han negado. Desde 1941 me encuentro en un campo de concentración solo por ser español".

Hermógenes Rodríguez era uno de los 180 aviadores republicanos en fase de formación a quienes el final de la Guerra Civil sorprendió en la URSS. "Usted" era G. M. Malenkov, sucesor de Stalin en la presidencia del Gobierno de la URSS. El texto pertenece a una carta de mayo de 1953, dos meses después de la muerte de Stalin, que se reproduce en el libro Los últimos aviadores de la República, escrito por Carmen Calvo Jung y editado por el Ministerio de Defensa y la Fundación Aena.

Carmen Calvo es la hija de uno de esos aviadores -José Calvo- que salió de España con el objetivo de retornar pronto para ir a la guerra y que, acabada ésta en 1939, tardó 15 años en volver a su tierra. En ese tiempo le zarandearon por diferentes cárceles y campos de trabajo forzoso. Fue una víctima más del Archipiélago Gulag, la maraña de campos de castigo soviéticos donde cualquiera podía acabar por cualquier cosa. Allí fueron encerrados los españoles de la División Azul que habían ido a pelear contra el Ejército Rojo. Su confinamiento encaja dentro de la lógica de la guerra, que divide el mundo entre amigos y enemigos. Pero, ¿qué hacían allí los aviadores de la República?

Carmen Calvo congeló temporalmente su trabajo en Berlín -como arquitecta se dedica a la restauración y conservación de patrimonio- para responder a una cuestión que su padre había eludido en vida. Ni en los documentos que recibió tras su muerte ni en libros de historia se aclaraba la incógnita. Así que Calvo ha dedicado 10 años a rastrear en 24 archivos e instituciones de España, Suiza, Francia, Alemania, Holanda y Rusia la pista de aquellos pilotos atrapados en la URSS que deseaban volver a España o exiliarse en otro país.

Su vinculación familiar, además, le abrió las puertas de los archivos personales de los protagonistas. Casi nadie quería hablar, pero casi todos ordenaron sus recuerdos por escrito. Como José Romero Carreira, que describió la crudeza en el campo de Kok-Usek -la mortalidad superaba el 60%- en unas memorias inéditas: "La mínima ración que se suministraba de alimentos nos había postrado a todos en un estado de inanición. (...) Todo barniz social había desaparecido. Los títulos, los espíritus refinados, los aristócratas habían descendido al rango de hombre primitivo. Los espíritus más refinados de Viena convivían con los analfabetos y rudos carreteros y pastores de Rumania. Los niños tenían que defender sus alimentos contra la expoliación de sus padres. Situación trágica en la que puede caer el hombre cuando las circunstancias desatan las fuerzas de su subconsciente".

De los 25 pilotos internados hasta 1948, Romero fue de los pocos juzgado y condenado. La razón: sumarse a la huelga de hambre de los presos de la División Azul para exigir una mejora en las condiciones del campo en 1952. El segundo delito que cometió fue montar una escuela para enseñar a leer a los divisionarios. "Los republicanos siempre tuvieron la cabeza alta. Su gran lección fue la de que cada persona tiene que cuidar de los demás", destaca Carmen Calvo, que da vueltas a la realización de un documental sobre los hijos de aquellos pilotos secuestrados por el régimen de Stalin. ¿Por qué? "Porque no querían que el mundo supiese que había republicanos incómodos en el paraíso".

Presos rojos en el 'paraíso' rojo
- Desde enero de 1937, las autoridades republicanas enviaron a unos 800 alumnos en cuatro expediciones para instruirse como pilotos en Kirovabad (Azerbaiyán) y Járkov (Ucrania).

- El Kremlin, apoyado por dirigentes comunistas españoles exiliados en la URSS, presionó a los 180 aviadores españoles que seguían en el país al final de la Guerra Civil para que se nacionalizasen y permaneciesen allí.

- En junio de 1941, tras algunas deportaciones ejemplarizantes, solo 25 seguían reclamando su salida de la URSS. Otro medio centenar acabaría pilotando para el Ejército Rojo.

- Tras el ataque alemán a la URSS el 22 de junio de 1941, los 25 pilotos fueron enviados a campos de trabajo forzado en Siberia, donde estuvieron internados hasta 1948.

- El Gobierno soviético orquestó en 1948 una falsa operación de repatriación desde Odessa tras una campaña internacional de la Federación Española de Deportados e Internados Políticos, pero siguió presionando a los españoles para que renunciasen a salir y aceptasen la nacionalidad. Doce se resistieron.

- Estos 12 regresaron a España en el buque Semíramis, que atracó en Barcelona en abril de 1954, rodeado de una triunfal bienvenida dirigida a los 246 prisioneros de guerra de la División Azul que viajaban en el barco.

lunes, 19 de octubre de 2015

La ayuda rusa a la República y el caso del «Komsomol»

Desde casi el inicio mismo de la Guerra Civil, ambos bandos reciben ayuda material extranjera. Los nacionales, por parte de italianos y alemanes; los republicanos, sobre todo de la URSS. En este contexto tiene lugar el incidente del «Komsomol», buque que recibe el nombre de la organización juvenil de la Unión Soviética. El carguero partió del puerto de Poti en el Mar Negro el 5 de diciembre de 1936 con destino al puerto belga de Gante. Su manifiesto de carga declaraba manganeso para la firma Providence. Pero diez días después fue interceptado por el «Canarias» de la marina nacional. El buque fue hundido y su tripulación recogida a bordo por el crucero.

Interrogantes

La versión más común, y la que mantuvieron ambos bandos, fue que el carguero resultó cañoneado por el «Canarias» ante la suposición de que transportaba armas para la República. De ser así, se plantean varios interrogantes: ¿Con qué derecho podría un barco de guerra llevar a cabo una acción semejante en aguas internacionales contra un buque extranjero oficialmente neutral, de forma injustificada y contraria al derecho internacional? ¿Por qué sería hundido sin verificar la carga? ¿Por qué si las bodegas del «Komsomol» contenían un importante material de guerra no fue éste incautado? 

Y esos interrogantes abren otros dos: ¿Podrían ser los propios rusos quienes abrieron los grifos de fondo del mercante para evitar hacer público su apoyo militar a la República? ¿Fue quizá un submarino italiano el que torpedeó al «Komsomol», como ocurriría posteriormente con otros mercantes? Lo que sí resulta seguro es que el carguero había realizado ya dos viajes anteriores a España, desembarcando en Cartagena carros de combate y aviones, además de otro material militar ligero.

Las repercusiones propagandísticas que la acción naval tuvo en cada uno de los bandos fue enorme. La indignación rusa subió hasta el punto de que su diplomacia propuso a Londres y París el trato a los nacionales como piratas y atacarlos sin previo aviso. En la zona republicana, tanto el Partido Comunista como el Socorro Rojo constituyeron un comité con el fin de adquirir por suscripción popular otro barco para los rusos. Algo que evidentemente no lograron, a pesar de imprimir miles de postales y viñetas con este motivo, aunque el objetivo era, sobre todo, propagandístico.

«Operación Fuego Mágico»

El envío a España de material de guerra por parte de Alemania se bautizó con el nombre en clave de Operación Fuego Mágico (Unternehmen Feuerzauber) y, como cobertura, se constituyeron dos compañías comerciales: la Hisma y la Rowak. Tras las primeras experiencias, se le sumó un cuerpo expedicionario de tropas terrestres, el Gruppe Imker, y más tarde un grupo aéreo, el Geschwader 88, con varias escuadrillas, baterías antiaéreas y unidades de transporte y transmisiones. Fue en España donde los propios expedicionarios empezaron a referirse a su unidad con el nombre informal de Legión Cóndor, con el que es conocida.

lunes, 10 de febrero de 2014

El oro que no viajó a Moscú


EFE. 8/02/2014 Las Palmas de Gran Canarias                               
  • La Fundación Negrín abre su archivo para rebatir la leyenda del envío de divisas a Rusia
  • La reserva pudo dedicarse a financiar la República y que no existió el saqueo denunciado durante la dictadura franquista
 
El franquismo asoció durante años a Juan Negrín al "oro de Moscú", un supuesto expolio que sus herederos pretenden ahora rebatir exponiendo documentos que prueban que las reservas del Banco de España no se regalaron a la URSS, sino que financiaron de forma "transparente" a la República.

La Fundación Negrín, que desde esta semana custodia en Las Palmas de Gran Canaria el archivo del último presidente de la República, defiende que el denostado envío de reservas de oro a la URSS durante la Guerra Civil fue "una operación brillante" que dio liquidez al gobierno legítimo del país ante el boicot del sistema financiero internacional, no el saqueo aireado luego por la dictadura.

La polémica sobre el "oro de Moscú" gira en torno al destino de los fondos que atesoraba el Banco de España en 1936, al inicio de la guerra: unas 640 toneladas de oro, equivalentes a 725 millones de dólares de la época (Javier Tusell, "Historia de España en siglo XX"), que constituían la cuarta reserva de oro más importante del mundo en aquellos años (Anthony Beevor, "La Guerra Civil española").

La entidad que preside Carmen Negrín, nieta del político, asegura que "las cuentas están claras" y que esa maniobra, aunque secreta, fue desarrollada conforme a la legalidad y sin que en ningún momento supusiera regalar a la Unión Soviética el oro del país.

De hecho, confían en que la vuelta a España desde París de los llamados "archivos de Negrín" -el fondo documental que constituye su principal patrimonio- permitirá "desmontar" la "patraña" extendida al respecto y limpiar el nombre del gobierno republicano.

Muchos de los 150.000 documentos incluidos entre esos archivos -manuscritos originales y copias de cartas, registros y estadillos de balances sobre las relaciones económicas con la URSS entre 1936 y 1939- se refieren a la gestión de esos fondos y avalan la falsedad de la leyenda del "oro de Moscú", defienden dos de los asesores de la Fundación, los historiadores Ángel Viñas y Sergio Millares.

Ambos consideran que ese "mito", en el que muchos españoles siguen creyendo, se debe a "un bombardeo unilateral de propaganda durante 40 años" destinado a culpar al último presidente de la República de las estrecheces que pasó la población española al terminar la guerra, cuando en realidad se debían al gobierno "inepto y corrupto" instaurado por la dictadura.

La Fundación Negrín asume entre sus fines "desmontar esa patraña", como prueba el hecho de que uno de los apartados de la exposición con la que ha abierto sus puertas en la ciudad natal del político republicano se titule "Transparencia con el oro de Moscú".

Documentos de esa exposición confirman, por ejemplo, que el oro que el gobierno republicano decidió emplear en comprar en el extranjero todo tipo de pertrechos -desde bombarderos y blindados a alimentos-, se comenzó a enviar a Francia, antes que a Rusia.

En su libro "El escudo de la República", Ángel Viñas detalla que el Gobierno republicano trasladó a Francia "del 24 de julio de 1936 a finales de marzo de 1937 oro, remesado en divisas, por un importe mínimo acumulado total de 23.608.000 libras de oro".

Sin embargo, los envíos de armas contratados en Francia para el Ejército republicano nunca llegaron e, incluso, se bloquearon en ese país buena parte de los fondos enviados por España.

Sergio Millares achaca esos problemas a la "falsa neutralidad" que adoptó el Gobierno francés siguiendo las directrices del Comité Internacional de No Intervención en la Guerra Civil Española, cuyos integrantes acabaron en realidad "plegándose a exigencias" de Alemania e Italia, para evitar represalias.

La decisión inicial de enviar oro a Francia la relatan también otros historiadores ajenos a la Fundación, como Stanley G. Payne, Javier Tussell o Anthony Beevor, quien sostiene que a Francia se llevó el 27,4 % de las reservas españolas, unas 174 toneladas.

Coinciden con sus estimaciones Payne y Tussell, quien precisa en su "Historia de España en el siglo XX" que el oro trasladado a la Unión Soviética, que viajó repartido en cerca de 8.000 cajas sacadas en secreto por el puerto de Cartagena en el otoño de 1936, "era el 73 % del total existente", 460 toneladas.

La República depositó sus reservas en Moscú tras descartar su primera opción, Francia, porque "tenía dificultades para hacer un uso eficaz de su oro y su crédito en Europa Occidental", según señala Payne en "40 preguntas fundamentales sobre la Guerra Civil".

Sergio Millares señala que los franquistas acallaron ese hecho porque así resultaban más creíbles sus "mentiras", que llegaron a respaldar, con "un comportamiento vergonzoso y denigrante", antiguos compañeros de Negrín en el PSOE, como su antecesor en la Presidencia del Gobierno, Francisco Largo Caballero, o Indalecio Prieto, que fue ministro de Defensa a las órdenes del canario

sábado, 18 de enero de 2014

Los Hechos de Mayo de 1937 en Barcelona

Implacable persecución contra el POUM
 
18 enero, 2014   
La unidad de la izquierda es algo que está en la mente de todo militante obrero. Pero la unidad no será factible si no saldamos cuenta con la Historia. En ella, en el análisis de nuestro pasado colectivo, hay muchos eventos que no conviene ignorar. Los sucesos de mayo de 1937 forman parte de ese capítulo de hechos que no pueden, alegremente, pasarse por alto. Aunque algunos crean que escarbar en el pasado es imposibilitar el avance hacia la unidad de las fuerzas de izquierda, yo pienso que es precisamente en ese pasado donde podemos encontrar las enseñanzas para no repetir viejos errores y edificar una unidad que verdaderamente sirva para la liberación de la clase trabajadora.
 
Las líneas de fuerza
Que quede bien sentado: desde el comienzo de la Guerra Civil las relaciones entre Catalunya, en plena fermentación renovadora, innovadora y transformadora, es decir, revolucionaria, y Madrid, nunca fueron muy cordiales. En el semanario que le sirve al malogrado Camilo Berneri de tribuna crítica, Guerra di Classe, publica un artículo el día 5 de noviembre de 1936 del que entresaco el párrafo siguiente: «… Hemos mandado una comisión a Madrid con el fin de pedir un crédito de 300 millones de pesetas para la compra de materias primas. Hemos ofrecido, como garantía, mil millones de pesetas en títulos de renta pertenecientes a nuestra Caja de Ahorros y depositada en el Banco de España. Todo nos ha sido rechazado». Berneri reproducía unas declaraciones de Joan Fábregas1 insertas en Solidaridad Obrera del 29 de septiembre de 1936. Dos meses y medio después de julio nos demuestra esta nota, entre otras cosas, que ya había dificultades políticas importantes.
 
Para el Kremlin, al corriente de dichas peripecias, un razonamiento se impuso: aprovechar hábilmente todas las oportunidades que posibilitaran una neutralización catalana, pues esta región, además de gozar de un estatuto de autonomía poco propicio al vasallaje, era forja de experiencias autogestionarias, colectivistas, indóciles al marchamo soviético.
 
A tenor de este razonamiento, los sucesos de mayo no pueden explicarse si no se inscriben en el triple contexto soviético, gubernamental madrileño y catalán autonómico, es decir, dentro de una estrategia triangular cuyos objetivos son:
  1. Liquidación del Gobierno Largo Caballero, donde colaboran –demasiado para las apetencias estalinistas–, elementos radicales y consecuentes del PSOE y militantes cenetistas.
  2. Destrucción de la CNT y el POUM de Catalunya, desmembrando así de la clase obrera nacional un buen número de esforzados militantes.
  3. Desvirtuar el Estatuto de Autonomía catalán, como lo confirmó el decreto del 5 de mayo (no importa que fuera promulgado por el propio Gobierno Largo Caballero, pues de «hecho aquel Gobierno vivía ya su agonía, que disolvía las Consejerías de Defensa y Orden Público del ente autónomo.

Sobre ese contexto soviético, el expediente primordial está constituido por los procesos de Moscú. El primero, contra Trotski y Zinoviev, en agosto de 1936. El segundo, contra el «centro paralelo antisoviético trotskista» en enero de 1937. El tercero, contra el «bloque antisoviético de trotskistas derechistas», en marzo de 1938.2
 
Berneri, compúlsese la fecha, en artículo titulado «Carta abierta a Federica Montseny» (Guerra di Classe del 14-4-37) copia este suelto de Pravda del 17-12-36: «… Por lo que respecta a Cataluña, ya ha empezado la depuración de los elementos anarquistas y trotskistas: esta obra será conducida con la misma energía que en la Unión Soviética». Se refiere, sin duda, a la presión creciente que ejercen contra el POUM y que culmina con la dimisión de Andrés Nin en la crisis de diciembre.3
 
Después de mayo, Krivitski (el célebre jefe de los Servicios Secretos soviéticos para Europa Occidental, asesinado en un hotel de Washington), después de leer un informe de sus Servicios relativo a supuestas veleidades conspirativas «anarco-poumistas», en La mano de Stalin (Editorial Claridad, 1946, pág. 28) dice: «… Los revolucionarios catalanes controlaban ya el Gobierno. ¿Por qué habían de «pretender conquistarlo»? El hecho es que la revuelta de Barcelona era una conspiración fraguada con éxito por la OGPU. «La lucha empezó con un ataque a la Telefónica dirigido por los agentes de la OGPU…». Mal parados quedan Rodríguez Salas, comisario al mando de las fuerzas asaltantes, y asimismo Artemio Ayguadé, Consejero de Seguridad de la Generalitat, el cual, sin consultar a sus colegas de Consejo, tomó tan importante decisión. Hoy se sabe que era un comunista dentro de la Esquerra Catalana, un «libelático», como Araquistain, en célebre panfleto, calificaba a sus colegas socialistas pasados al comunismo sin proclamarlo, rememorando a los cristianos de la Roma Antigua que, para obtener el libelo, fingían adorar a los ídolos. Cuestión táctica.
 
Poco a poco van perfilándose las líneas de fuerza que provocan desde Moscú la movilización de toda la comparsería, más o menos estipendiada. Jesús Hernández, ex comisario de Ejércitos, ex ministro, en Yo fui ministro de Stalin, pág. 8S, –declara: «… La sublevación anarco-poumista nos daba el pretexto para provocar la crisis del Gobierno Largo Caballero…». Pero donde caen las máscaras, de forma lapidaria, es en una frase que podemos leer del propio Hernández: «… El Partido Comunista se propuso y llevó a cabo terminar con el Gobierno Largo Caballero…» (Negro y Rojo, México, 1946, pág. 374). Más tarde, en junio de 1937, apenas terminadas las refriegas que costaron la vida a más de 500 personas, sin contar innumerables heridos, el Comité Nacional de la CNT publica un extenso manifiesto (¡censurado!) denunciando la connivencia de elementos nacionalistas catalanes de dentro y algunos emigrados del extranjero, como Dencás, que residía en Roma, con miembros del PSUC contrastados, para atizar el fuego del golpe de fuerza contra confederales y poumistas.
 
La explosión
Desde la muerte de Roldán Cortada, cuyo asesinato quiso imputarse a militantes anarcosindicalistas, como lo prueba el intento de incoar proceso al compañero Luis Cano, de Hospitalet, intento rechazado por el Juez de Instrucción, la atmósfera que reinaba en Barcelona y provincia era tensa, cargada de presagios inquietantes.
 
Mientras tanto, trabajaban la conjura, los Erno Gero (Pedro), comunista húngaro de gran predicamento político dentro del PC español, individuo cuyo homónimo de Budapest, importante personaje del gobierno y Partido Comunista húngaro durante la insurrección aplastada por los tanques soviéticos, era tan temido como execrado por el pueblo (me falta confirmar si se trata del mismo sujeto); Orlov, veterano miembro de la NKVD,5 cuyo verdadero nombre respondía por Kikolski, si hemos de creer a Toryho; Vittorio Codovila (Luis Medina), agente incrustado a José Díaz como un molusco y que le suplantaba, de hecho, en la dirección del PCE; Vittorio Vidali (Comandante Carlos), comisario del V Regimiento de Líster, más tarde «glorioso» V Cuerpo de Ejército que se cubrió de infamia desmantelando y suprimiendo colectividades agrarias en Aragón, so pretexto de imaginarias violencias y exacciones; Luis Fischer, periodista y escritor, amanuense patentado en hinchar héroes con que poblar la mitología estalinista internacional, comensal privilegiado de los ágapes que el doctor Negrín consideraba indispensables para guardar su forma dilecta de persuasión y poliglotismo –¿no han insinuado malas lenguas que Negrín podía ingurgitar airosamente tres cenas al día?– Al tal Fischer lo pinta excelentemente Amutio Martínez, socialista ex gobernador de Albacete, en Chantaje a un Pueblo, obra bien documentada y seria; le atribuye, no sabemos a cuenta de quién, aunque lo imaginamos, gran interés por la minería española, especialmente una mina de azufre sita en Hellín (la Mancha), que le resultó inalcanzable al estar colectivizada por la CNT y depender, además, del Ministerio de Industria, a la sazón dirigido por Juan Peiró. Y en la cúspide, en la cima de todo este hermoso «cuerpo de ballet», el más talentudo comunista de Europa Occidental, el deus ex machina del Kremlin: Ercole Ercoli, más conocido por Palmiro Togliatti. Este no fue depurado, según ciertos comentaristas, por poseer secretos de Estado, que guardaba a buen recaudo, donde se ponía de relieve el sucio doble juego de Stalin, ya entonces, respecto a las potencias del Eje.
 
Otra prueba de la conjura comunista: a primeros de abril de 1937, un mes antes de los sucesos, se celebró en Valencia un Pleno del PC al que asistieron todos los «asesores y consejeros». Probablemente se barajó el nombre del futuro sustituto de Largo Caballero. Se sabe que Negrín fue propuesto –Don Indalecio no les pareció a los rusos bastante invertebrado– por Stashevsky, un nebuloso agregado comercial de la Embajada que de hecho era determinante autoridad en lo político, como el general Berzin en lo militar.
 
La explosión comienza por la Telefónica. Se ha hablado tanto de ello, y de las luchas callejeras, que omitiré gran cantidad de detalles algunos vividos, por no dilatar demasiado este artículo. Quizás tenga interés que diga los nombres del Comité de Control y Gestión (me lo ha proporcionado un viejo empleado). Por la CNT: Blanco, Tudela, Cruz. Por la UGT: Caiser, Hernández y Guardó. Delegado General: Terrén, de la CNT. Delegado de la Generalitat: Pi, de la UGT. Para la historia, mis informadores me indican que el día 2 de mayo, vigilia de los sucesos, la UGT dio orden a sus afiliados de no acudir al trabajo el día siguiente. Cuatro guardias, al mando de un comandante llamado Menéndez, estaban ya dentro de la Telefónica desde las doce, esperando sin duda la llegada de los otros y de Rodríguez Salas. Todas las tentativas por subir hacia los pisos superiores fueron infructuosas. No dominaron más que la planta baja y sótano.
 
En términos globales, sobre la lucha armada, se ha querido insinuar que los hombres de la CNT-FAI se encontraron en situación precaria. Falso. Yo mismo, con nuestro grupo, me encontraba apostado en el tejado de la casa que hace esquina a calle Fernando, donde actualmente está la tienda del armero Beristain (el Sindicato Metalúrgico se situaba en la Rambla, esquina a la entrada de la Plaza Real) y, desde allí, rechazarnos al menos dos o tres incursiones de mossos d’escuadra6 que trataban de neutralizar dos barricadas: una, de entrada de Fernando a Plaza Real, y otra, de acceso a la Rambla. Los ocho mossos d’escuadra de que habla C. Rojas en su libro La guerra en Catalunya (pág. 144) como detenidos en un «centro de la CNT» no pueden ser otros que los hechos prisioneros por nuestros compañeros del Sindicato. Estos mossos d’escuadra suscitaron un incidente entre el Presidente de la Generalitat, Lluís Companys, y la delegación CNT-FAI, compuesta por Santillán, Herrera y Mariano R. Vázquez. Al exigir la libertad de dichos guardias, el Presidente quiso guardar como rehenes a los integrantes de la delegación libertaria, y Santillán, desde el mismo despacho presidencial, telefoneó a los artilleros confederales para que tuvieran la Generalitat en punto de mira.7
 
Dominábamos la coyuntura, y hasta se dio el caso de que el compañero Juan M. Molina, en su calidad de subsecretario de Defensa, tuvo que intervenir, utilizando a los responsables confederales de Binéfar como mediadores, para que Máximo Franco jefe de brigada de la CNT no bajara del frente de sus hombres hasta Barcelona. El mismo Toryho, inexplicablemente, en su libro No éramos tan malos, contribuye a crear esa impresión de derrota que yo niego en absoluto. De continuar la contienda no hubiera habido vencidos ni vencedores, eso está claro. La guerra se liquidaba en ocho días. Pero ha de decirse, con énfasis, que nunca hubieran penetrado los 5.500 guardias del frente del Jarama en Barcelona si los compañeros responsables no sintieran lealmente la necesidad de ganar la guerra. Ni diez García Oliver, ni cien Federicas eran bastantes, por más elocuencia derrochada, para parar el fuego, si este fuego no se paralizara ya antes dentro de nuestros corazones ante la magnitud del descalabro.
 
Ángel Galarza, informado como Ministro de la Gobernación, el propio Azaña, en sus memorias, Jaime Miravitlles, en Episodios de la Guerra Civil española, todos afirman que sujetábamos la conjura y que los centros políticos vitales se hallaban prácticamente asediados. De no haber suspendido aquello, la Historia acusaría hoy a los anarcosindicalistas de sectarismo ideológico o arrogancia doctrinal. ¿Fue un acierto? ¿Fue un grave error? El debate no ha concluido aún.
 
Notas:
1. Consejero de Economía de la Generalitat, en representación de la CNT.
2. Estos datos, que proporciona Voslenski en su libro La Nomenclatura, tal vez los contestará algún crítico por venir de Voslenski, no muy riguroso en ortodoxia marxista-leninista-estalinista. Es un detalle poco válido, pues lo que nos interesa aquí es el rigor, la exactitud histórica, y como el libro, en su edición francesa, está prefaciado por Jean Ellenstein, hombre conocidísimo e historiador oficial del PC francés antes de su disidencia, y autor de un grueso volumen biográfico sobre Marx considerado en gran estima, me dispensa con creces de una eventual censura.
3. Del amigo y periodista José Guiraud, tengo la escena siguiente: cuando el 20-1-37 vino a Barcelona el barco soviético Ziryaolo, llevándonos azúcar, harina y manteca, en «generoso» gesto simbólico –generosidad pagada al contado, sin cuyo cheque se negaban a descargar la mercancía–, en una comida que se dio a los marinos en el restaurante Miramar –actualmente estudios de TVE– Andrés Nin, después de traducir los discursos, fue abrazado por Antonov Ovseenko, Cónsul soviético. Al abrazarle, alguien exclamó, con voz fuerte : «¡El beso de Judas». La voz era de Carlos Pi y Sunyer, el alcalde, que presidía el acto.
4. Precedente de la KGB.
5. Siglas del Ministerio del Interior ruso.
6. Cuerpo policial autonómico.
7. Siento no poder dar In extenso las impresiones del amigo Casellas, detenido en la Generalitat, sobre el nerviosismo, azoramiento y temor reinantes dentro del Palau.
 
Publicado en Polémica nº 4-5 junio 1982

viernes, 23 de agosto de 2013

La astracanada del oro de Moscú

Al fondo el Banco de España el 14 de abril de 1931

Franco y Martín Artajo diseñaron una estrategia secreta y absurda para recuperar los depósitos vendidos por la República. España sacrificó su prestigio diplomático para escarnecer a Negrín y a los exiliados.

A la memoria del profesor Enrique Fuentes Quintana y del embajador Carlos Fernández Espeso

El “oro de Moscú” fue uno de los grandes mitos del franquismo. Menos sabido es que también fue el secreto de Estado por antonomasia de la dictadura. La humillante cláusula de activación de las bases norteamericanas se conoció al fin y al cabo en ciertos círculos de la Administración, tanto en la civil como en la militar, interesados en paliar en lo posible sus efectos. La estrategia diseñada por Franco para “recuperar” el oro solo se comunicó, sin embargo, a los más leales de entre los leales. Una “pequeña” diferencia.

La movilización del oro del Banco de España durante la Guerra Civil ha desvelado casi todos sus misterios. Quedan detalles operativos. No será posible avanzar en este campo, por cierto muy interesante, sin utilizar documentación rusa.

No se ha analizado, sin embargo, la “estrategia” con la que Franco trató de “recuperar” el oro. Esto es algo para lo que la documentación de procedencia soviética no es necesaria. Su diseño y puesta en práctica permiten alumbrar dimensiones esenciales del funcionamiento interno de la dictadura. No como se mostraba en los manuales de Derecho Político, sino como fue en realidad.

Tal estrategia la diseñaron Franco y su ministro de Asuntos Exteriores Alberto Martín Artajo tras recibir, a finales de 1956, la documentación sobre las ventas de oro en Moscú que Juan Negrín había conservado en el exilio. Al público se le informó únicamente de que el Gobierno, merced a diversas gestiones, había conseguido obtener uno de los originales del acta de depósito efectuado en la capital soviética por las autoridades republicanas.

Es obvio que los rusos no devolvieron el oro. Ningún historiador se ha atrevido, sin embargo, a analizar las razones. Quien esto escribe es de la opinión que los errores de bulto o, más exactamente, de principiante en que incurrió el inmarcesible Caudillo fueron tales que el fracaso estaba determinado de antemano.

La supersecreta estrategia implicó incluso mentir a los leales no autorizados a conocer la documentación recibida y lanzar a la palestra (vía una prensa sometida a una censura de hierro) la especie de que el Gobierno estaba en condiciones de reclamar el oro. Los medios internacionales sin excepción se hicieron eco de ella (con muchas cábalas excepto Pravda, que impugnó duramente las pretensiones franquistas y mostró la habilidad soviética para nadar y guardar la ropa).

Sería, con todo, un error atribuir toda la responsabilidad al extinto dictador. Numerosos servidores del régimen, que hubieran debido saber mejor, se callaron o se plegaron a la voluntad omnímoda del jefe del Estado. Entre ellos figuran personajes de toda prosapia en la dictadura: además de Martín Artajo, estuvo por ejemplo el soldado de la Cruzada y denodado batallador que fue el ministro de Hacienda Mariano Navarro Rubio. O el entonces vicepresidente del Gobierno almirante Luis Carrero Blanco. Secundados por figuras de segunda fila, pero miembros prominentes de la élite de la élite de los servidores del régimen: embajadores (José Rojas Moreno, José María de Areilza), abogados y letrados del Consejo de Estado, catedráticos de Derecho Internacional, todos más o menos enzarzados en una lucha entre bastidores de la que nadie ha dicho hasta ahora ni pío.

Puesto a engañar, el Gobierno también engañó al propio Consejo de Estado, remanso de luminarias militares y político-administrativas; sustrajo toda la información relevante al Banco de España, sin que el ilustre gobernador, conde de Benjumea, chistara lo más mínimo, y lanzó a sus funcionarios a una escaramuza diplomática sin darles información. Todo muy fino y eficiente.

El sucesor de Martín Artajo, Fernando María Castiella, mantuvo la dignidad ante los esfuerzos “recuperacionistas” y las instrucciones absurdas del Consejo de Ministros. Pero Gregorio López Bravo, que lo reemplazó, no estuvo a su altura. Sus “titánicos” gestos (sobre todo de cara a la galería) contrastan con su lacrimosa argumentación ante su colega soviético Andréi Gromiko en los años del franquismo tardío.
Este es el trasfondo.

¿Cuál era el objetivo del genio gallego? Amenazar a la URSS con acudir al Tribunal Internacional de Justicia de La Haya basándose en los “derechos” que daba la posesión del acta de depósito. Ahora bien, según pone de relieve una amplia documentación, incluidas las discusiones habidas en el Consejo de Estado, a ningún jurista de entre los leales de <TH> los leales se le ocurrió ponerla en duda. Si albergaron alguna, se la guardaron para sí.

No seremos tan pedestres para afirmar que las dudas podían provenir del hecho de que algunos, aunque pocos, sabían que los republicanos habían vendido el oro. Un eminente director general de lo Contencioso argumentó que no tenía la menor importancia: era preciso imponer la primacía del derecho emanado del “régimen del 18 de Julio” sobre el derecho internacional. No dijo cómo. De haberse conocido esta tesis en La Haya, Washington, París, Londres o Moscú las carcajadas hubieran sido homéricas. No se rieron, sin embargo, los señores ministros quienes le dieron la razón frente a la opinión unánime de los consejeros de Estado, quizá porque dicho director general había argüido algo que ningún historiador, tontos como somos, ha oteado hasta el momento: el “expolio” del oro justificaba por sí la Guerra Civil.

Ahora bien, ¿reparó alguien en otra razón menos narcisista?: la España de Franco, miembro de Naciones Unidas desde 1955, había renunciado ante la Sociedad de Naciones, en el sublime éxtasis de la Victoria el 1º de abril de 1939, al derecho a acudir a La Haya. Como, por cierto, también la Unión Soviética había excluido la posibilidad de demandar ante el Tribunal o ser demandada ante él.

Ya que no podemos creer que los internacionalistas del régimen fuesen ignaros nos sorprende que a nadie se le ocurriera poner en conocimiento de Franco y de sus ambiciosos fajadores tales circunstancias, perfectamente conocidas de los profesionales.

La patata caliente la pasó Carrero a Castiella, catedrático de Derecho Internacional, para que procediese en consecuencia. Dice mucho a favor de este que hiciera caso omiso de tales instrucciones. Tampoco le ocurrió nada.

Franco perseguía otros objetivos: I) le interesaba ante todo ennegrecer la figura de Negrín y, por ende, de los vencidos en la Guerra Civil; II) sembrar la disensión entre las filas del exilio (con la inestimable aportación de Indalecio Prieto, siempre propenso a hincar el cuchillo en su fallecido antagonista y cuyos artículos en El Socialista el propio Castiella llevaba solícito a Franco); III) potenciar la idea de que los republicanos, malísima ralea, habían robado el tesoro de la nación. Por ello España, bajo la ilustrada guía de su conductor, no había podido avanzar más rápidamente por el sendero del crecimiento económico. La culpa la tenían los “malos españoles”. No él ni su régimen.

En conversaciones privadas con su primo, Franco terminó distanciándose en cierta media de la ilusión de la “recuperación”. Sin embargo, en cuanto López Bravo quiso aplicar una modesta Ostpolitik a la española se le obligó a plegar velas. ¿Y qué se hizo con la “reclamación”?

La “estrategia” de Franco murió de muerte natural con él. No sin que en el entretanto atravesara por algún que otro episodio propio de una astracanada de las de Carlos Arniches. Cabe albergar la razonable sospecha de que “alguien” debió reírse mucho en las orillas del Moscova.

Ahora bien, dado que la política exterior franquista siempre tuvo más de schein (imagen) que de wirklichkeit (sustancia) no es de descartar que también el propio Franco se riese a su manera. ¿Y los intereses inmanentes de España, incluidas las migajas de prestigio diplomático? A él, plim.

Ángel Viñas es catedrático emérito de la UCM. En septiembre publicará Las armas y el oro (Pasado & Presente).