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domingo, 18 de noviembre de 2012

La primera diáspora de la Guerra Civil

 
El primer exilio derivado de la Guerra Civil no fue el que protagonizaron los políticos e intelectuales republicanos, cuyas incidencias, disidencias, añoranzas y demás pormenores han quedado recogidos en una nutrida bibliografía. Fueron los niños, algunos de muy corta edad, los que formaron parte de esa primera diáspora, al considerar sus familias que el clima de violencia y terror en que se sumió el país en aquellos años no era el más adecuado para el desarrollo de sus hijos.
 
Fue así como el Gobierno de la República organizó las evacuaciones de menores al extranjero, que tuvieron en la Unión Soviética su destino preferente a partir de marzo de 1937 y hasta bien entrado el mes de octubre de 1938. Sobre esta materia fieramente humana y mucho menos explorada que la de intelectuales y políticos en el exilio, se ha inaugurado en Salamanca la exposición Entre España y Rusia: recuperando la historia de los Niños de la Guerra.
 
Tuvo una especial importancia, en el contexto de atención y protección a la infancia durante la Guerra de España, la ayuda prestada por una serie de organismos de carácter humanitario, consistente en la creación de colonias y hogares escolares, destinados en su mayoría a los hijos de los combatientes, a los huérfanos de guerra y a todos aquellos niños que se encontrasen en situaciones de riesgo. En los primeros paneles de la muestra se ofrecen episodios relativos a la incidencia de la guerra en los niños, así como a las particularidades de la organización de las evacuaciones. En este sentido, el tercer y cuarto paneles nos dan cuenta de la historia de los 2.985 niños que entre 1937 y 1938 tuvieron como destino la Unión Soviética (Una patria, tres mil destinos), con información tanto de los viajes -con el consiguiente dramatismo de las despedidas en los puertos del norte-, como del modo con que fueron recibidos e instalados al llegar a los centros de acogida.
 
El tiempo del regreso
Algo que marcará singularmente a esa generación de pequeños exiliados, que cuando salieron de España pensaban que el retorno sería viable en poco tiempo y no al cabo de casi un par de decenios, fue la presencia de la guerra en sus vidas. Si la de su país trazó su destino en la niñez con carácter decisivo, también se encontrarían luego con un nuevo y gran conflicto armado durante su adolescencia y juventud al participar la Unión Soviética tan activamente en la II Guerra Mundial, en la que no pocos llegaron a luchar y algunos incluso a morir.
 
La última parte de la exposición está dedicada al tiempo del regreso y a la evocación de las memorias, algo que por su carácter vivencial reviste una atracción muy significativa. Hasta mediados los cincuenta no empezaron a volver a su país los primeros Niños de la Guerra, con nuevas y menos numerosas expediciones de retorno en las décadas siguientes. La mayoría de los que se fueron, sin embargo, no volvió nunca a España o, si lo hizo, regresó al cabo a su país adoptivo ante los innumerables contratiempos que encontró bajo el régimen franquista.
 
Como se expone en el catálogo de la muestra de Salamanca, que se prolongará hasta el 30 de noviembre en la Facultad de Geografía e Historia, los Niños de la Guerra no solo compartieron en su infancia y adolescencia unos acontecimientos que marcaron toda su vida, sino que, además, en el transcurso de ese tiempo fueron tejiendo importantes redes de solidaridad e inquebrantables redes sociales y familiares que les mantuvieron unidos para siempre. Han construido así su identidad colectiva, a lo largo del tiempo y contra el tiempo, y en esa construcción han jugado un papel esencial las asociaciones que han creado, los lugares de reunión, las conmemoraciones y celebraciones, los monumentos erigidos en su honor y la lucha incansable por el reconocimiento de sus derechos y la salvaguardia de su memoria.
 
La exposición, a la que se suma un ciclo de conferencias impartidas por reconocidos especialistas en un capítulo de tanto interés humano como el de los Niños de la Guerra, no pretende limitarse a reconstruir y dar a conocer la vida y memoria de quienes formaron parte de aquel primer exilio a través de la documentación disponible -dando prioridad a la elaborada por sus propios protagonistas-, sino que es también un homenaje a todos ellos, 75 años después de que dieran, en los muelles del norte, el que para muchos fue a la postre último abrazo a sus padres.

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