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domingo, 26 de enero de 2014

De Valencia a la URSS

A la izq. con su hermana antes del exilio.
A la Dch. en su casa alquilada de Paterna (Valencia
Nani odia los autobuses azules
 
Diana Bermúdez-Reina, "Nani", tiene 75 años. Apenas tenía cuatro y medio el día en que se la llevaron de casa de sus abuelos en Russafa a la Unión Soviética junto a otros 300 niños huyendo de las bombas de la Guerra Civil. Hasta más de medio siglo después, tras toda una vida en Rusia, no pudo volver a Valencia
 
Levante-EMV.com -Rafel Montaner - Valencia - 10 de enero de 2010 
"¿Y mi mamá?" Diana Bermúdez-Reina cumplirá en abril 76 años, pero cuando pronunció este lamento tenía poco más de cuatro y todos le llamaban Nani. "Han pasado muchos años, pero parece como si me estuviera viendo ahora en el piso de Russafa. Mi abuela a un lado y mi abuelo llorando.
 
Dos señores uniformados me cogieron en brazos y nos llevaron a mi hermana y a mí, mientras yo lloraba y preguntaba por mi madre". Así fue como Diana y su hermana, Conchita, que entonces tenía 13 años, se convirtieron en dos de los casi 3.000 niños que fueron enviados a la URSS durante la Guerra Civil. De la casa de sus abuelos maternos en Valencia fueron llevadas a Barcelona, y desde allí, en octubre de 1938, embarcadas junto a otros 300 niños rumbo a Rusia, de donde no volvería hasta 52 años después.

Nani era la pequeña de los cuatro hijos del capitán de aviación José Bermúdez-Reina, fusilado por los sublevados en Ceuta el 15 de agosto de 1936, y de la valenciana Vicenta Rocafull Botella. Sus dos hermanos varones, José Luis y Flavio, fueron enviados a la URSS en alguno de los dos barcos que salieron del norte de España en el verano de 1937. Un año después, les llegaría el turno a las dos chiquillas.

Un exilio amargo
Mientras muchos de aquellos "niños de la guerra" evocan su estancia en las 16 "Casas Infantiles para españoles" en Rusia como los "días felices", Nani no comparte este recuerdo. "A mí me pegaban mucho, tal vez porque no era una niña fácil, siempre he sido una persona bastante rebelde", relata.

Al llegar a Leningrado, la actual San Petersburgo, la separaron de su hermana y la llevaron a una casa para niñas pequeñas. "Yo siempre estaba llorando, y no paraba de decir que mi madre vendría a por mí". Mientras el resto de compañeras jugaban en el jardín en verano, Nani, la más pequeña de este último grupo de evacuados a Rusia, se pasaba todo el tiempo agarrada a la verja de la casa mirando a la calle, sin dejar de preguntar entre lágrimas "¿Y cuándo viene mamá?"

Alguien del personal que las cuidaba le dijo para que dejara de llorar que no se moviera de aquella valla "hasta que viera un autobús azul, porque en él vendría mi madre". Aquello nunca sucedió. "Desde entonces no puedo ni ver los autobuses azules, cada vez que pasa alguno giro la cabeza", dice con la mano el pecho mientras trata de coger aire.

Pocos meses después de acabar la Guerra Civil, en agosto de 1939, la abuela paterna, Presentación de Madariaga, un nombre frecuente en los "Ecos de Sociedad" de la prensa madrileña -viuda de un teniente general, había sido Dama de Honor de la reina Victoria Eugenia- logró que el Gobierno franquista, a través de sus embajadas en Roma y Londres, consiguiera que los ejecutivos de Mussolini y Chamberlain mediaran para facilitar el retorno de sus cuatro nietos.

El intento fue en vano. El Kremlin se negó a repatriarlos "porque eran huérfanos de padre y madre y se trata de niños consignados a las autoridades rusas en condiciones extraordinarias bajo las bombas", se lee en una nota verbal de la embajada de Italia en Moscú del 14 de enero de 1940.

Con la invasión de Rusia por parte de Hitler, en junio de 1941, Nina y el resto de los niños fueron evacuados de Leningrado a una aldea perdida en medio de las llanuras del Volga donde el hambre y enfermedades como la disentería o la tuberculosis borraron cualquier atisbo de alegría.

Los golpes continuaron. "Yo era lo que ahora dicen una "niña pija", me llamaban despectivamente "la señorita". Había nacido en una 'cuna de oro' y no estaba acostumbrada a trabajar", cuenta. "Nos hacían acarrear agua del Volga por un camino que a mí me parecía que tenía dos kilómetros en sendos baldes que llevábamos en equilibrio. Como yo no era capaz de llegar con ni siquiera medio cubo de agua una educadora rusa me pegaba cuanto quería".

Robar la comida de los cerdos
A la comida escasa se sumaron los castigos ya que muchas veces se quedaba sin desayunar "las gachas que nos daban, que parecían de alpiste y olían a queroseno, porque no sabía quitar las malas hierbas de los campos de patatas". "El hambre nos empujaba a robar las patatas cocidas que les echaban a los cerdos para comer", añade horrorizada.

Los años fueron pasando y la promesa del retorno a España no comenzó a ser una realidad hasta 1956, para entonces Nina ya había formado su propia familia al casarse con un ruso de origen ucraniano que trabajaba en una fábrica de misiles. Esta circunstancia alargó aún más el exilio, pues su marido no podía dejar el país hasta dos años después de su jubilación. Eso sucedió el 17 de diciembre de 1990, cuando por fin consiguió permisos para toda su familia, incluidos sus tres hijos con sus respectivas parejas y los cuatro nietos que ya tenía.

La vida en Valencia, donde vive en un piso de alquiler social que le facilitó el Gobierno en La Coma de Paterna, no le ha sido fácil. Su marido, que llegó enfermo de cáncer a consecuencia de las radiaciones que había sufrido en la fábrica, murió13 años después y luego a ella le detectaron un tumor en el pecho que consiguió vencer. Sin embargo, todas las penas se le borran de la cara cuando habla de sus seis nietos y anuncia que este mes nacerá su séptimo bisnieto. "Mira era yo solita y ahora la familia en total vamos a 25", dice con aquella sonrisa que le robó la guerra.

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