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lunes, 21 de abril de 2014

Cuando ABC entrevistó a Trotsky, la mano derecha de Lenin

En diciembre de 1917, un mes después de la revolución de octubre, la corresponsal en el Este de Europa Sofía Casanova tuvo un encuentro con el conocido líder revolucionario

Un hombre con escaso atractivo, de espesa melena revolucionaria, y que evita hablar de los temas que verdaderamente importan. Estas son las características que la corresponsal de ABC en el Este de Europa, Sofía Casanova, atribuyó a León Trotsky en diciembre de 1917 tras mantener una entrevista con él, apenas un mes después de que este político hubiera subido al poder del país de manos de Vladimir Lenin a golpe de revolución.

Corrían tiempos tensos para el pueblo ruso cuando Sofía Casanova (con más de 40 veranos a sus espaldas como periodista) se decidió a entrevistar a Trotsky en nombre de un diario con no más de catorce años de recorrido. Por entonces, esta corresponsal se declaraba contraria al comunismo, pero sabía que los sucesos que se acababan de dar en el país bien merecían unas cuantas preguntas al, en aquel tiempo, ministro de Negocios Extranjeros y «el más interesante de los compañeros de Lenin» según sus propias palabras. 

Y es que, en octubre de ese mismo año el país se había convulsionado después de que varios soviets –consejos organizados de trabajadores- hubieran tomado por la fuerza el Palacio de Invierno, sede del gobierno del territorio, y -a base de hoz y algún que otro martillo- hubieran dado el poder a un Consejo de Comisarios del Pueblo liderado por el «tovarich» (camarada, que se diría por aquí) Lenin y sus seguidores. Entre ellos, precisamente, se encontraba Trotsky, un ídolo de la revolución y gran instigador de las movilizaciones de aquel movimiento contra el gobierno establecido. 

Trotski, quien afirmaba que el suyo sería un mandato de igualdad, no dejó, por el contrario, muy buenas sensaciones a Casanova. «No se revela en él ni la voluntad, ni la inteligencia; nada, en fin, potencialmente fuerte. Podría pasar por un artista decadente, y, sin embargo, yo creo que tiene un valor irremplazable en la Rusia actual, y que no son las circunstancias precarias las que dan relieve a una medianía», señala la corresponsal en su entrevista.

Con todo, no hay nadie que pueda explicar mejor este encuentro que la propia corresponsal. Para ello, es necesario retroceder nada menos que 97 años hasta una fría tarde de diciembre en la que dos mujeres, una de ellas la periodista, se dirigían con paso calmado hacia el Instituto Smolny, sede del nuevo gobierno de Lenin y Trotsky. El antro, en definitiva, de las bestias –como así tituló su artículo-…
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Cuando hace cuatro días me decidí en secreto de mi familia a ir al Instituto Smolny, una nevada densa y callada caía sobre San Petersburgo. Deseaba y temía ir -¿por qué no confesarlo?- al apartado lugar donde funcionan todas las dependencias del Gobierno popular. Como no me atrevía a ir sola, ni otra persona alguna hubiera querido acompañarme, dije a la fiel gallega, inseparable nuestra en estas penalidades, que viniera conmigo, pero sin descubrirle el objeto de nuestra salida... 

Obscuras las calles, resbaladizas como vidrios enjabonados y completamente solitarias a aquella hora –cinco de la tarde-, tras muchos tumbos hallamos un iswostchik, somnoliento en el pescante del trineo. Extrañado de la dirección que le daba y puesto buen precio a la carrera, atravesamos lobregueces y más lobregueces de barrios extremos, hasta dar en un edificio enorme que sobresale de casucas y callejuelas adyacentes. Entre el portón que da a la calle y el de entrada principal del edificio hay un gran espacio, jardín en otro tiempo donde esperan los automóviles del personal gubernativo. Los guardias de la entrada, paisanos armados, caliéntanse en una hoguera. Me preguntan adónde voy; respondo que voy a ver al comisario Trotsky y me señalan con franco ademán la escalinata. 

Penetro en el edificio, y en la sala contigua a un vestíbulo, donde se desparraman grandes paquetes de papel, veo sentados en torno de una mesa dos marineros, tres soldados y dos jóvenes judías, que escriben. Repito mi demanda de ver a Trotsky -ministro de Negocios Extranjeros, que es el más interesante de los compañeros de Lenin-, y sin más requisitos nos entregan dos pedacillos de papel timbrado con el número del cuarto donde el compañero Trotsky trabaja. Ruego que me indiquen el camino de aquel piso tercero y aquel número 67, y merezco la deferencia a la muchachita judía Sarah Ivanova de que nos conduzca ella misma a los pisos altos. Son muchos los escalones, y a cada uno que subimos auméntase el pánico de Pepa que, aterrados los ojos, el mantillín caído sobre la frente, me dice en gallego cerrado: 
 
-¿A dónde me leva, señora? Mire que aquí nos matan, a canalla está muy armada; a min me tembla o pulso. 

Nos dejó Sarah junto a una puerta, donde la Guardia roja hacía centinela, y mientras pasaban mi tarjeta a Trotsky dialogué con «la canalla muy armada» que allí había. Les había anunciado la judía que éramos españolas, y cuando uno de aquellos proletarios me dijo que había leído cosas de España, y fijándose en Pepa habló con calor de las mujeres de mi país, oíselo apagándose la luz eléctrica y lanzó un grito Pepa, agarrándose a mí espantada. Fue un momento de pintoresca emoción, volvió la luz, se abrió la puerta, y el soldado correcto, que había llevado mi tarjeta, dijo: 

-Les ruego que pasen. 

Atravesamos una sala grande, sin más muebles que algunas sillas y máquinas de escribir, y a la izquierda; en un gabinete chico, nos esperaba Trotsky. Me rogó que tomara asiento en el único sillón de la estancia, frente a él, junto a una mesa de despacho. Indicó a Pepa el sofá, que completaba el sobrio mobiliario, y con voz agradable se expresó así en francés: 

-Conozco España; es un hermoso país del que tengo buenos recuerdos, aunque la Policía comme de raison me trató mal. He visitado Madrid, Barcelona, Valencia. Mi amigo Pablo Iglesias estaba a la sazón en un Sanatorio; sentí dejar España. 

Nuestra política es la única que puede hacerse al presente. El mundo está hambriento de paz y nosotros tenemos la esperanza de que se haga no la paz aislada de Rusia, sino la general, la de todos los pueblos combatientes. Ahora mismo acabo de recibir un radiotelegrama de Czernin de conformidad con nuestra iniciativa de armisticio y de gestiones pacifistas. No hemos de detenernos, ni mis compañeros ni yo, en el camino emprendido. 
 
-¿Pero la actitud de las potencias de la Entente es inquietante?- indiqué. 

Veló con los cansados párpados su aguda mirada Trotsky, y en vano esperé una respuesta o un comentario a mi frase. Conversamos aún, rozando los asuntos, sin ahondar en ellos y con sencillez me dijo al despedirnos: 

-Me alegro haber conocido a usted y por su conducto envío un saludo a España. 

Volvióse a su asiento, y su cabeza se inclinó sobre los documentos allí reunidos.

¿Es simpático Trotsky? No es atractivo. Acentúa su tipo israelita la espesa melena revolucionaria, que enmarca con negrura su rostro irregular y agudo. Las cejas y la recortada perilla, muy negras, son a modo de pinceladas mefistofélicas en el rostro cetrino. No se revela en él ni la voluntad, ni la inteligencia; nada, en fin, potencialmente fuerte. Podría pasar por un artista decadente, y, sin embargo, yo creo que tiene un valor irremplazable en la Rusia actual, y que no son las circunstancias precarias las que dan relieve a una medianía, sino que es la personalidad de este hombre la que se impone a aquéllas con actos de un plan político desconcertante y trascendental. 

En el antro de las fieras existe menos disparidad entre ellas y aquel que existía en el Palacio de la Duma. En el Instituto Smolny es todo plebeyamente democrático, y los feroces marineros de Kronstadt, confundidos con la guardia roja, no desdicen de los fríos muros, de las salas desamuebladas, donde funcionan como árbitros de San Petersburgo. Impresionan y desasosiegan el Instituto Smolny, y sus moradores, porque es un foco de anarquía y porque la ignorancia y el odio de los antiguos esclavos a todas las clases sociales arma sus manos con el ensañamiento demoledor. 

Al fanatismo jerárquico del Imperio sustituye el otro, el de la ergástula en rebeldía. ¿Qué pueblo podrá ser feliz gobernado por el terrorismo de abajo? 
 
Sólo la bandera blanca de la paz, que estos hombres levantan, da el alivio de una esperanza a nuestra angustia de desterrados. ¡La paz!, la paz, y luego... ¿qué ocurrirá en las regiones de Rusia dispersas y sin tradición de independencia? Aquella hoguera llameando sobre la nieve a la entrada del Instituto Smolny me parece un símbolo del porvenir: ¡Incendio en las estepas invernales! 

Sofía CASANOVA San Petersburgo, diciembre 1917
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