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lunes, 27 de enero de 2014

La liberación de los campos nazis

Poco después de su liberación, niños sobrevivientes de Auschwitz caminan
fuera de sus barracas. Polonia, posterior al 27 de enero de 1945
US Holocaust Memorial Museum
United States Holocaust Memorial Museum, Washington, DC - Enciclopedia del Holocausto
Mientras las tropas Aliadas avanzaban a través de Europa en una serie de ofensivas contra Alemania, empezaron a encontrar prisioneros de los campos de concentración. Muchos de estos prisioneros habían sobrevivido las marchas de la muerte al interior de Alemania.
 
Las fuerzas soviéticas en julio de 1944 fueron las primeras en encontrar un campo nazi importante, el de Majdanek cerca de Lublin, Polonia. Sorprendidos por el rápido adelanto de los soviéticos, los alemanes intentaron esconder la evidencia de exterminio masivo destruyendo el campo. El personal del campo incendió el crematorio grande, pero en la apurada evacuación quedaron intactas las cámaras de gas. En el verano de 1944, los soviéticos también llegaron a los campos de exterminio de Belzec, Sobibor, y Treblinka. Los alemanes habían desmontado estos campos en 1943, después que la mayoría de los judíos polcaos habían sido matados.
 
En enero de 1945, los soviéticos liberaron Auschwitz, el campo de exterminio y concentración más grande. Los nazis habían forzado a la mayoría de los prisioneros de Auschwitz en las marchas de la muerte, y cuando los soldados soviéticos entraron al campo encontraron vivos a solamente algunos miles de prisioneros hambrientos. Había abundante evidencia del exterminio masivo en Auschwitz. Los alemanes habían destrozado la mayoría de los depósitos en el campo, pero en los que quedaban los soviéticos encontraron las pertenencias de las victimas. Descubrieron, por ejemplo, cientos de miles de trajes de hombres, más de ochocientos mil vestidos de mujeres, y más de catorce mil libras de cabello humano.
 
En los meses siguientes, los soviéticos liberaron otros campos en los Países Bálticos y en Polonia. Poco después de la rendición de Alemania, las fuerzas soviéticas liberaron los campos principales de Stutthof, Sachsenhausen, y Ravensbrueck.
 
Pocos días después que los nazis empezaran a evacuar el campo, las fuerzas americanas liberaron el 11 de abril de 1945 el campo de concentración de Buchenwald cerca de Weimar, Alemania. El día de la liberación, una organización de resistencia de prisioneros tomó control de Buchenwald para prevenir atrocidades por los guardias en retirada. Las fuerzas americanas liberaron más de veinte mil prisioneros en Buchenwald. También liberaron los campos principales de Dora-Mittelbau, Flossenbürg, Dachau, y Mauthausen.
 
Las fuerzas británicas liberaron campos en Alemania del norte, incluyendo Neuengamme y Bergen-Belsen. A mediados de abril de 1945, entraron al campo de concentración de Bergen-Belsen, cerca de Celle. Encontraron vivos alrededor de sesenta mil prisioneros, la mayoría en condición critica por una epidemia de tifus. Más de diez mil murieron de malnutrición o enfermedad a las pocas semanas de la liberación.
 
Los liberadores enfrentaron condiciones inexpresables en los campos, donde pilas de cadáveres estaban sin enterrar. Solamente con la liberación de los campos fue posible exponer al mundo las atrocidades de los nazis. Los prisioneros que sobrevivieron parecían esqueletos a causa de las demandas de los trabajos forzados y la falta de nutrición adecuada. Muchos estaban tan débiles que no podían moverse. La enfermedad era un peligro constante, y muchos de los campos tuvieron que ser quemados para prevenir la difusión de epidemias. Los sobrevivientes de los campos enfrentaban un largo y difícil camino a la recuperación.

domingo, 26 de enero de 2014

Valencia abrió las evacuaciones a la Unión Soviética

 
Levante-EMV.com - R. Montaner - Valencia 10/1/10 
La Comunitat Valenciana fue un punto clave de la evacuación de niños para la República. Primero como lugar de acogida de los menores que llegaban desde Madrid y otros frentes sobre los que avanzaban las tropas franquistas. La mayoría de los 45.248 evacuados a colonias por las autoridades republicanas a la zona de Levante y Cataluña que se contabilizaban a finales de 1937 estaban refugiados en pueblos y ciudades valencianas.

Los bombardeos de la aviación de Mussolini y de Hitler sobre la población civil de la retaguardia, así como el desmoronamiento del frente Norte, aceleraron los planes de evacuación al extranjero. Francia, Bélgica y la Unión Soviética fueron los principales destinos.

El primero de los cuatro barcos con "niños de la guerra" que envió la República a Rusia zarpó del puerto de Valencia con 72 niños a bordo el 21 de marzo de 1937. Eran refugiados de Madrid, Málaga, Almería, pero también de Xàtiva, Oliva y Gandia.

Viajaron en el "Cabo de Palos", un mercante de 11.000 toneladas que conectaba la entonces capital de la República con los puertos rusos del Mar Negro. Tardaron 10 días en llegar a Yalta (Crimea). Al "Cabo de Palos" le quedaban pocos viajes más. Cuatro meses después, el 26 de julio, el submarino italiano "Arquimede", que combatía bajo bandera sublevada con el nombre de "General Mola", lo hundió a 28 millas de Alicante

De Valencia a la URSS

A la izq. con su hermana antes del exilio.
A la Dch. en su casa alquilada de Paterna (Valencia
Nani odia los autobuses azules
 
Diana Bermúdez-Reina, "Nani", tiene 75 años. Apenas tenía cuatro y medio el día en que se la llevaron de casa de sus abuelos en Russafa a la Unión Soviética junto a otros 300 niños huyendo de las bombas de la Guerra Civil. Hasta más de medio siglo después, tras toda una vida en Rusia, no pudo volver a Valencia
 
Levante-EMV.com -Rafel Montaner - Valencia - 10 de enero de 2010 
"¿Y mi mamá?" Diana Bermúdez-Reina cumplirá en abril 76 años, pero cuando pronunció este lamento tenía poco más de cuatro y todos le llamaban Nani. "Han pasado muchos años, pero parece como si me estuviera viendo ahora en el piso de Russafa. Mi abuela a un lado y mi abuelo llorando.
 
Dos señores uniformados me cogieron en brazos y nos llevaron a mi hermana y a mí, mientras yo lloraba y preguntaba por mi madre". Así fue como Diana y su hermana, Conchita, que entonces tenía 13 años, se convirtieron en dos de los casi 3.000 niños que fueron enviados a la URSS durante la Guerra Civil. De la casa de sus abuelos maternos en Valencia fueron llevadas a Barcelona, y desde allí, en octubre de 1938, embarcadas junto a otros 300 niños rumbo a Rusia, de donde no volvería hasta 52 años después.

Nani era la pequeña de los cuatro hijos del capitán de aviación José Bermúdez-Reina, fusilado por los sublevados en Ceuta el 15 de agosto de 1936, y de la valenciana Vicenta Rocafull Botella. Sus dos hermanos varones, José Luis y Flavio, fueron enviados a la URSS en alguno de los dos barcos que salieron del norte de España en el verano de 1937. Un año después, les llegaría el turno a las dos chiquillas.

Un exilio amargo
Mientras muchos de aquellos "niños de la guerra" evocan su estancia en las 16 "Casas Infantiles para españoles" en Rusia como los "días felices", Nani no comparte este recuerdo. "A mí me pegaban mucho, tal vez porque no era una niña fácil, siempre he sido una persona bastante rebelde", relata.

Al llegar a Leningrado, la actual San Petersburgo, la separaron de su hermana y la llevaron a una casa para niñas pequeñas. "Yo siempre estaba llorando, y no paraba de decir que mi madre vendría a por mí". Mientras el resto de compañeras jugaban en el jardín en verano, Nani, la más pequeña de este último grupo de evacuados a Rusia, se pasaba todo el tiempo agarrada a la verja de la casa mirando a la calle, sin dejar de preguntar entre lágrimas "¿Y cuándo viene mamá?"

Alguien del personal que las cuidaba le dijo para que dejara de llorar que no se moviera de aquella valla "hasta que viera un autobús azul, porque en él vendría mi madre". Aquello nunca sucedió. "Desde entonces no puedo ni ver los autobuses azules, cada vez que pasa alguno giro la cabeza", dice con la mano el pecho mientras trata de coger aire.

Pocos meses después de acabar la Guerra Civil, en agosto de 1939, la abuela paterna, Presentación de Madariaga, un nombre frecuente en los "Ecos de Sociedad" de la prensa madrileña -viuda de un teniente general, había sido Dama de Honor de la reina Victoria Eugenia- logró que el Gobierno franquista, a través de sus embajadas en Roma y Londres, consiguiera que los ejecutivos de Mussolini y Chamberlain mediaran para facilitar el retorno de sus cuatro nietos.

El intento fue en vano. El Kremlin se negó a repatriarlos "porque eran huérfanos de padre y madre y se trata de niños consignados a las autoridades rusas en condiciones extraordinarias bajo las bombas", se lee en una nota verbal de la embajada de Italia en Moscú del 14 de enero de 1940.

Con la invasión de Rusia por parte de Hitler, en junio de 1941, Nina y el resto de los niños fueron evacuados de Leningrado a una aldea perdida en medio de las llanuras del Volga donde el hambre y enfermedades como la disentería o la tuberculosis borraron cualquier atisbo de alegría.

Los golpes continuaron. "Yo era lo que ahora dicen una "niña pija", me llamaban despectivamente "la señorita". Había nacido en una 'cuna de oro' y no estaba acostumbrada a trabajar", cuenta. "Nos hacían acarrear agua del Volga por un camino que a mí me parecía que tenía dos kilómetros en sendos baldes que llevábamos en equilibrio. Como yo no era capaz de llegar con ni siquiera medio cubo de agua una educadora rusa me pegaba cuanto quería".

Robar la comida de los cerdos
A la comida escasa se sumaron los castigos ya que muchas veces se quedaba sin desayunar "las gachas que nos daban, que parecían de alpiste y olían a queroseno, porque no sabía quitar las malas hierbas de los campos de patatas". "El hambre nos empujaba a robar las patatas cocidas que les echaban a los cerdos para comer", añade horrorizada.

Los años fueron pasando y la promesa del retorno a España no comenzó a ser una realidad hasta 1956, para entonces Nina ya había formado su propia familia al casarse con un ruso de origen ucraniano que trabajaba en una fábrica de misiles. Esta circunstancia alargó aún más el exilio, pues su marido no podía dejar el país hasta dos años después de su jubilación. Eso sucedió el 17 de diciembre de 1990, cuando por fin consiguió permisos para toda su familia, incluidos sus tres hijos con sus respectivas parejas y los cuatro nietos que ya tenía.

La vida en Valencia, donde vive en un piso de alquiler social que le facilitó el Gobierno en La Coma de Paterna, no le ha sido fácil. Su marido, que llegó enfermo de cáncer a consecuencia de las radiaciones que había sufrido en la fábrica, murió13 años después y luego a ella le detectaron un tumor en el pecho que consiguió vencer. Sin embargo, todas las penas se le borran de la cara cuando habla de sus seis nietos y anuncia que este mes nacerá su séptimo bisnieto. "Mira era yo solita y ahora la familia en total vamos a 25", dice con aquella sonrisa que le robó la guerra.

sábado, 18 de enero de 2014

Los Hechos de Mayo de 1937 en Barcelona

Implacable persecución contra el POUM
 
18 enero, 2014   
La unidad de la izquierda es algo que está en la mente de todo militante obrero. Pero la unidad no será factible si no saldamos cuenta con la Historia. En ella, en el análisis de nuestro pasado colectivo, hay muchos eventos que no conviene ignorar. Los sucesos de mayo de 1937 forman parte de ese capítulo de hechos que no pueden, alegremente, pasarse por alto. Aunque algunos crean que escarbar en el pasado es imposibilitar el avance hacia la unidad de las fuerzas de izquierda, yo pienso que es precisamente en ese pasado donde podemos encontrar las enseñanzas para no repetir viejos errores y edificar una unidad que verdaderamente sirva para la liberación de la clase trabajadora.
 
Las líneas de fuerza
Que quede bien sentado: desde el comienzo de la Guerra Civil las relaciones entre Catalunya, en plena fermentación renovadora, innovadora y transformadora, es decir, revolucionaria, y Madrid, nunca fueron muy cordiales. En el semanario que le sirve al malogrado Camilo Berneri de tribuna crítica, Guerra di Classe, publica un artículo el día 5 de noviembre de 1936 del que entresaco el párrafo siguiente: «… Hemos mandado una comisión a Madrid con el fin de pedir un crédito de 300 millones de pesetas para la compra de materias primas. Hemos ofrecido, como garantía, mil millones de pesetas en títulos de renta pertenecientes a nuestra Caja de Ahorros y depositada en el Banco de España. Todo nos ha sido rechazado». Berneri reproducía unas declaraciones de Joan Fábregas1 insertas en Solidaridad Obrera del 29 de septiembre de 1936. Dos meses y medio después de julio nos demuestra esta nota, entre otras cosas, que ya había dificultades políticas importantes.
 
Para el Kremlin, al corriente de dichas peripecias, un razonamiento se impuso: aprovechar hábilmente todas las oportunidades que posibilitaran una neutralización catalana, pues esta región, además de gozar de un estatuto de autonomía poco propicio al vasallaje, era forja de experiencias autogestionarias, colectivistas, indóciles al marchamo soviético.
 
A tenor de este razonamiento, los sucesos de mayo no pueden explicarse si no se inscriben en el triple contexto soviético, gubernamental madrileño y catalán autonómico, es decir, dentro de una estrategia triangular cuyos objetivos son:
  1. Liquidación del Gobierno Largo Caballero, donde colaboran –demasiado para las apetencias estalinistas–, elementos radicales y consecuentes del PSOE y militantes cenetistas.
  2. Destrucción de la CNT y el POUM de Catalunya, desmembrando así de la clase obrera nacional un buen número de esforzados militantes.
  3. Desvirtuar el Estatuto de Autonomía catalán, como lo confirmó el decreto del 5 de mayo (no importa que fuera promulgado por el propio Gobierno Largo Caballero, pues de «hecho aquel Gobierno vivía ya su agonía, que disolvía las Consejerías de Defensa y Orden Público del ente autónomo.

Sobre ese contexto soviético, el expediente primordial está constituido por los procesos de Moscú. El primero, contra Trotski y Zinoviev, en agosto de 1936. El segundo, contra el «centro paralelo antisoviético trotskista» en enero de 1937. El tercero, contra el «bloque antisoviético de trotskistas derechistas», en marzo de 1938.2
 
Berneri, compúlsese la fecha, en artículo titulado «Carta abierta a Federica Montseny» (Guerra di Classe del 14-4-37) copia este suelto de Pravda del 17-12-36: «… Por lo que respecta a Cataluña, ya ha empezado la depuración de los elementos anarquistas y trotskistas: esta obra será conducida con la misma energía que en la Unión Soviética». Se refiere, sin duda, a la presión creciente que ejercen contra el POUM y que culmina con la dimisión de Andrés Nin en la crisis de diciembre.3
 
Después de mayo, Krivitski (el célebre jefe de los Servicios Secretos soviéticos para Europa Occidental, asesinado en un hotel de Washington), después de leer un informe de sus Servicios relativo a supuestas veleidades conspirativas «anarco-poumistas», en La mano de Stalin (Editorial Claridad, 1946, pág. 28) dice: «… Los revolucionarios catalanes controlaban ya el Gobierno. ¿Por qué habían de «pretender conquistarlo»? El hecho es que la revuelta de Barcelona era una conspiración fraguada con éxito por la OGPU. «La lucha empezó con un ataque a la Telefónica dirigido por los agentes de la OGPU…». Mal parados quedan Rodríguez Salas, comisario al mando de las fuerzas asaltantes, y asimismo Artemio Ayguadé, Consejero de Seguridad de la Generalitat, el cual, sin consultar a sus colegas de Consejo, tomó tan importante decisión. Hoy se sabe que era un comunista dentro de la Esquerra Catalana, un «libelático», como Araquistain, en célebre panfleto, calificaba a sus colegas socialistas pasados al comunismo sin proclamarlo, rememorando a los cristianos de la Roma Antigua que, para obtener el libelo, fingían adorar a los ídolos. Cuestión táctica.
 
Poco a poco van perfilándose las líneas de fuerza que provocan desde Moscú la movilización de toda la comparsería, más o menos estipendiada. Jesús Hernández, ex comisario de Ejércitos, ex ministro, en Yo fui ministro de Stalin, pág. 8S, –declara: «… La sublevación anarco-poumista nos daba el pretexto para provocar la crisis del Gobierno Largo Caballero…». Pero donde caen las máscaras, de forma lapidaria, es en una frase que podemos leer del propio Hernández: «… El Partido Comunista se propuso y llevó a cabo terminar con el Gobierno Largo Caballero…» (Negro y Rojo, México, 1946, pág. 374). Más tarde, en junio de 1937, apenas terminadas las refriegas que costaron la vida a más de 500 personas, sin contar innumerables heridos, el Comité Nacional de la CNT publica un extenso manifiesto (¡censurado!) denunciando la connivencia de elementos nacionalistas catalanes de dentro y algunos emigrados del extranjero, como Dencás, que residía en Roma, con miembros del PSUC contrastados, para atizar el fuego del golpe de fuerza contra confederales y poumistas.
 
La explosión
Desde la muerte de Roldán Cortada, cuyo asesinato quiso imputarse a militantes anarcosindicalistas, como lo prueba el intento de incoar proceso al compañero Luis Cano, de Hospitalet, intento rechazado por el Juez de Instrucción, la atmósfera que reinaba en Barcelona y provincia era tensa, cargada de presagios inquietantes.
 
Mientras tanto, trabajaban la conjura, los Erno Gero (Pedro), comunista húngaro de gran predicamento político dentro del PC español, individuo cuyo homónimo de Budapest, importante personaje del gobierno y Partido Comunista húngaro durante la insurrección aplastada por los tanques soviéticos, era tan temido como execrado por el pueblo (me falta confirmar si se trata del mismo sujeto); Orlov, veterano miembro de la NKVD,5 cuyo verdadero nombre respondía por Kikolski, si hemos de creer a Toryho; Vittorio Codovila (Luis Medina), agente incrustado a José Díaz como un molusco y que le suplantaba, de hecho, en la dirección del PCE; Vittorio Vidali (Comandante Carlos), comisario del V Regimiento de Líster, más tarde «glorioso» V Cuerpo de Ejército que se cubrió de infamia desmantelando y suprimiendo colectividades agrarias en Aragón, so pretexto de imaginarias violencias y exacciones; Luis Fischer, periodista y escritor, amanuense patentado en hinchar héroes con que poblar la mitología estalinista internacional, comensal privilegiado de los ágapes que el doctor Negrín consideraba indispensables para guardar su forma dilecta de persuasión y poliglotismo –¿no han insinuado malas lenguas que Negrín podía ingurgitar airosamente tres cenas al día?– Al tal Fischer lo pinta excelentemente Amutio Martínez, socialista ex gobernador de Albacete, en Chantaje a un Pueblo, obra bien documentada y seria; le atribuye, no sabemos a cuenta de quién, aunque lo imaginamos, gran interés por la minería española, especialmente una mina de azufre sita en Hellín (la Mancha), que le resultó inalcanzable al estar colectivizada por la CNT y depender, además, del Ministerio de Industria, a la sazón dirigido por Juan Peiró. Y en la cúspide, en la cima de todo este hermoso «cuerpo de ballet», el más talentudo comunista de Europa Occidental, el deus ex machina del Kremlin: Ercole Ercoli, más conocido por Palmiro Togliatti. Este no fue depurado, según ciertos comentaristas, por poseer secretos de Estado, que guardaba a buen recaudo, donde se ponía de relieve el sucio doble juego de Stalin, ya entonces, respecto a las potencias del Eje.
 
Otra prueba de la conjura comunista: a primeros de abril de 1937, un mes antes de los sucesos, se celebró en Valencia un Pleno del PC al que asistieron todos los «asesores y consejeros». Probablemente se barajó el nombre del futuro sustituto de Largo Caballero. Se sabe que Negrín fue propuesto –Don Indalecio no les pareció a los rusos bastante invertebrado– por Stashevsky, un nebuloso agregado comercial de la Embajada que de hecho era determinante autoridad en lo político, como el general Berzin en lo militar.
 
La explosión comienza por la Telefónica. Se ha hablado tanto de ello, y de las luchas callejeras, que omitiré gran cantidad de detalles algunos vividos, por no dilatar demasiado este artículo. Quizás tenga interés que diga los nombres del Comité de Control y Gestión (me lo ha proporcionado un viejo empleado). Por la CNT: Blanco, Tudela, Cruz. Por la UGT: Caiser, Hernández y Guardó. Delegado General: Terrén, de la CNT. Delegado de la Generalitat: Pi, de la UGT. Para la historia, mis informadores me indican que el día 2 de mayo, vigilia de los sucesos, la UGT dio orden a sus afiliados de no acudir al trabajo el día siguiente. Cuatro guardias, al mando de un comandante llamado Menéndez, estaban ya dentro de la Telefónica desde las doce, esperando sin duda la llegada de los otros y de Rodríguez Salas. Todas las tentativas por subir hacia los pisos superiores fueron infructuosas. No dominaron más que la planta baja y sótano.
 
En términos globales, sobre la lucha armada, se ha querido insinuar que los hombres de la CNT-FAI se encontraron en situación precaria. Falso. Yo mismo, con nuestro grupo, me encontraba apostado en el tejado de la casa que hace esquina a calle Fernando, donde actualmente está la tienda del armero Beristain (el Sindicato Metalúrgico se situaba en la Rambla, esquina a la entrada de la Plaza Real) y, desde allí, rechazarnos al menos dos o tres incursiones de mossos d’escuadra6 que trataban de neutralizar dos barricadas: una, de entrada de Fernando a Plaza Real, y otra, de acceso a la Rambla. Los ocho mossos d’escuadra de que habla C. Rojas en su libro La guerra en Catalunya (pág. 144) como detenidos en un «centro de la CNT» no pueden ser otros que los hechos prisioneros por nuestros compañeros del Sindicato. Estos mossos d’escuadra suscitaron un incidente entre el Presidente de la Generalitat, Lluís Companys, y la delegación CNT-FAI, compuesta por Santillán, Herrera y Mariano R. Vázquez. Al exigir la libertad de dichos guardias, el Presidente quiso guardar como rehenes a los integrantes de la delegación libertaria, y Santillán, desde el mismo despacho presidencial, telefoneó a los artilleros confederales para que tuvieran la Generalitat en punto de mira.7
 
Dominábamos la coyuntura, y hasta se dio el caso de que el compañero Juan M. Molina, en su calidad de subsecretario de Defensa, tuvo que intervenir, utilizando a los responsables confederales de Binéfar como mediadores, para que Máximo Franco jefe de brigada de la CNT no bajara del frente de sus hombres hasta Barcelona. El mismo Toryho, inexplicablemente, en su libro No éramos tan malos, contribuye a crear esa impresión de derrota que yo niego en absoluto. De continuar la contienda no hubiera habido vencidos ni vencedores, eso está claro. La guerra se liquidaba en ocho días. Pero ha de decirse, con énfasis, que nunca hubieran penetrado los 5.500 guardias del frente del Jarama en Barcelona si los compañeros responsables no sintieran lealmente la necesidad de ganar la guerra. Ni diez García Oliver, ni cien Federicas eran bastantes, por más elocuencia derrochada, para parar el fuego, si este fuego no se paralizara ya antes dentro de nuestros corazones ante la magnitud del descalabro.
 
Ángel Galarza, informado como Ministro de la Gobernación, el propio Azaña, en sus memorias, Jaime Miravitlles, en Episodios de la Guerra Civil española, todos afirman que sujetábamos la conjura y que los centros políticos vitales se hallaban prácticamente asediados. De no haber suspendido aquello, la Historia acusaría hoy a los anarcosindicalistas de sectarismo ideológico o arrogancia doctrinal. ¿Fue un acierto? ¿Fue un grave error? El debate no ha concluido aún.
 
Notas:
1. Consejero de Economía de la Generalitat, en representación de la CNT.
2. Estos datos, que proporciona Voslenski en su libro La Nomenclatura, tal vez los contestará algún crítico por venir de Voslenski, no muy riguroso en ortodoxia marxista-leninista-estalinista. Es un detalle poco válido, pues lo que nos interesa aquí es el rigor, la exactitud histórica, y como el libro, en su edición francesa, está prefaciado por Jean Ellenstein, hombre conocidísimo e historiador oficial del PC francés antes de su disidencia, y autor de un grueso volumen biográfico sobre Marx considerado en gran estima, me dispensa con creces de una eventual censura.
3. Del amigo y periodista José Guiraud, tengo la escena siguiente: cuando el 20-1-37 vino a Barcelona el barco soviético Ziryaolo, llevándonos azúcar, harina y manteca, en «generoso» gesto simbólico –generosidad pagada al contado, sin cuyo cheque se negaban a descargar la mercancía–, en una comida que se dio a los marinos en el restaurante Miramar –actualmente estudios de TVE– Andrés Nin, después de traducir los discursos, fue abrazado por Antonov Ovseenko, Cónsul soviético. Al abrazarle, alguien exclamó, con voz fuerte : «¡El beso de Judas». La voz era de Carlos Pi y Sunyer, el alcalde, que presidía el acto.
4. Precedente de la KGB.
5. Siglas del Ministerio del Interior ruso.
6. Cuerpo policial autonómico.
7. Siento no poder dar In extenso las impresiones del amigo Casellas, detenido en la Generalitat, sobre el nerviosismo, azoramiento y temor reinantes dentro del Palau.
 
Publicado en Polémica nº 4-5 junio 1982

martes, 7 de enero de 2014

Las siete pruebas de Enrique Lister (1907-1994)


Estación Finlandia Fernando Hernández Sánchez
Enrique Lister Forján (1907-1994), como tantos otros personajes coetáneos, resume en su biografía todos los avatares, sucesos y contradicciones que jalonaron el convulso siglo que le tocó vivir. Pocas generaciones como la suya fueron llamadas a protagonizar los acontecimientos más decisivos de la Historia Contemporánea: la revolución rusa, el ascenso de los fascismos, el estalinismo, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la expansión exterior del “socialismo real” y su progresiva esclerosis interna hasta el derrumbe final del modelo en los años 80…. Pocas, también, tuvieron la oportunidad de ver pasar ante sus ojos el ciclo completo de una era, la que conforma lo era que el historiador británico E.J. Hobsbawm ha denominado “el corto siglo XX”Lister – cuyo nombre real era Jesús, y su apellido Liste, al que añadió una “r” final para dotarlo de eufonía internacionalista y revolucionaria- nació en 1907 en la aldea coruñesa de Ameneiro y, cumpliendo el destino de muchos gallegos de aquel comienzo de centuria, se vio abocado a emigrar a Cuba, donde además del oficio de cantero adquirió la fe comunista que profesaría hasta su muerte. De regreso a la Península, se afilió al PCE en 1928 y se inició en la azarosa vida del militante clandestino.

Con la llegada de la República y la necesidad de dotarse de un contingente de cuadros capacitados, el partido envió a Lister a la Unión Soviética, donde recibió formación política y militar, y tuvo ocasión de participar personalmente en esa metáfora de la edificación del socialismo que fueron las obras del Metro de Moscú. A su retorno a España, en 1935, fue encargado del aparato antimilitarista en el seno de las fuerzas armadas, paradójica misión para quien llegaría a ser general de cuatro ejércitos –el de la República Española, el Ejército Rojo de la URSS, el polaco y el yugoslavo-. Junto a Juan Modesto Guilloto, compañero de vicisitudes con el que mantendría una dicotómica relación de proximidad y recelo, organizó y adiestró la fuerza paramilitar comunista, las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas (MAOC). Estas, que operaron en principio como un instrumento de autodefensa, se convertirían en la base comunista de reclutamiento al producirse la sublevación militar contra el gobierno del Frente Popular en julio de 1936. A partir de ese momento, la figura de Enrique Lister iría cobrando una relevancia pública que correría paralela a la del prestigio de la unidad que contribuyó a forjar, el Quinto Regimiento de Milicias Populares, primero, y la XI División del Ejército Popular, posteriormente.

Cuando el gobierno de la República decidió dotarse de una fuerza militar centralizada sobre la base del encuadramiento de las milicias sindicales y de partido, Lister se contó entre los oficiales de nuevo cuño, no profesionales, que nutrieron la médula del nuevo Ejército Popular Regular, esmaltando su historial con los topónimos de batallas libradas, en la mayor parte de los casos, con más valor que medios y más moral que eficacia: el Jarama, Brunete, Guadalajara, Teruel, el Ebro… La figura de Lister adquirió entonces tintes épicos: la propaganda de guerra lo ensalzó, y poetas como Antonio Machado declamaron en versos vibrantes su deseo de trocar la pluma por su pistola.

Pero, al mismo tiempo que para unos se convertía en personalidad legendaria, emblema de una lucha de liberación nacional que llevaba en su seno el germen revolucionario de una democracia de nuevo tipo, para otros se erigía en el verdugo de la auténtica revolución proletaria. La XI División a su mando  fue la herramienta que Negrín, Prieto, el PCE y, en general, los partidarios de recuperar para la República el monopolio de la autoridad juzgaron adecuada para suprimir el poder concurrente del Consejo de Defensa de Aragón, hegemonizado por los libertarios. Durante el verano de 1937, las fuerzas de la XI División ocuparon Caspe y liquidaron el universo de experiencias colectivizadoras emprendidas por los anarcosindicalistas.  Y Lister no dudó en aplicar mano de hierro cuando lo consideró preciso: le precedía una fama en la que no escaseaban las alusiones al empleo de una severidad ejemplarizante e intransigente en la punición de las desviaciones o la tibieza en el combate. Él mismo no lo negaba, pues nada tenía que reprocharse quien había hecho de una acerada disciplina la guía fundamental de su acción política.

Las siete pruebas de Enrique Lister
Porque si hay una palabra que caracterice la relación que Enrique Lister mantuvo con la fuerza política a la que perteneció desde 1928 es “disciplina”. La disciplina era la garantía de la preservación de la unidad del partido, el valor supremo al que había que supeditar todo interés personal. Incluso en los momentos más difíciles, la disciplina se impuso sobre la tentación de emprender una batalla política interna: “Me retenía siempre lo mismo: el temor al daño que con ello pudiera causar al Partido [...] La unidad del Partido estaba por encima de todo otro interés o de todo otro sentimiento. Ese era el deber supremo y a ello debía estar supeditado todo lo demás” [1]

Esa disciplina fue puesta a prueba en distintas ocasiones, hasta que en agosto de 1970 el veterano dirigente se encontrara, por primera vez en cincuenta años, excluido de las filas del PCE. El pretexto, el rechazo a la condena de la intervención soviética de 1968 en Checoslovaquia, constituiría el último eslabón de una prolongada cadena de fricciones, cuyo origen se remontaba al periodo final de la guerra civil española, y cuyos eslabones se habían ido soldando unos a otros a lo largo de un cuarto de siglo de pertenencia a los órganos de dirección.

La primera prueba: el fin de la guerra civil
Los dramáticos acontecimientos que tuvieron lugar a partir del 5 de marzo de 1939 no solo lastraron durante décadas las relaciones entre las fuerzas del exilio antifranquista; las diferencias de criterio en el seno del PCE acerca de cuál debería haber sido la reacción correcta de sus dirigentes ante la rebelión de Casado, determinaron también la aparición de líneas de fractura que solo se suturaron a golpe de escisiones y purgas en los años subsiguientes. Algunos de los más significados cuadros políticos y militares del PCE fueron llamados a capítulo por la Internacional Comunista para explicar su comportamiento durante los días transcurridos entre la sedición del Consejo Nacional de Defensa (CND) y su salida de España. Lister informó personalmente a Dimitrov a su llegada a Moscú, el 14 de abril de 1939[2].

Lister manifestó su descontento por la forma en que se condujo la campaña de Cataluña y la evacuación de Barcelona. También se mostró sumamente crítico con el hecho de que la plana mayor del partido se hubiera trasladado casi íntegramente a Cataluña, siguiendo al gobierno Negrín, descuidando la zona central y evidenciando una total falta de previsión para la adopción de medidas preparatorias  del paso del partido a la clandestinidad. Sus críticas alcanzarían tonos más acerados cuando constató que no todos los que habían alcanzado refugio momentáneo en Francia tenían previsto retornar a España para continuar la resistencia: “En el avión en que salí de Toulouse para la zona centro-sur –recordaría más tarde- la noche del 13 al 14 de febrero de 1939 […] íbamos trece pasajeros a pesar de que el avión tenía 33 plazas. Es decir que veinte iban vacías”[3].

El ambiente en la zona central era cada vez más hostil contra Negrín y el PCE. Un creciente sector del arco político y militar republicano confiaba en que una negociación directa entre elementos castrenses de ambos bandos, prescindiendo tanto del gobierno que apostaba por la resistencia como de los comunistas que lo apoyaban, y con la ayuda de una mediación internacional de carácter diplomático y humanitario, podía conducir a un armisticio pactado. En estas circunstancias, la promoción por el gobierno Negrín de Lister, Modesto, Cordón y otros militares de adscripción comunista –con el correlato de una previsible intensificación de la resistencia y una prolongación de la guerra-  fue el pretexto que arguyeron los partidarios de la rendición para sublevarse.

La desorientación, la imprevisión y la desmoralización se apoderaron de los mandos comunistas concentrados en el aeródromo de Monóvar la madrugada del 5 al  6 de marzo de 1939. Se tomó la decisión de que Dolores Ibárruri, Pasionaria, emprendiera el camino del exilio junto a Negrín, El resto de la dirección presente (Vicente Uribe, Manuel Delicado, Modesto, Lister, Enrique Castro Delgado, Luis Delage, Pedro Checa y Alfredo –Togliatti) trató sobre la posibilidad de ofrecer resistencia al Consejo de Defensa. Togliatti interpeló a Lister y Modesto acerca de si el PCE tenía fuerza para hacerse con la situación, a lo que contestaron que no. Lister, en concreto, dijo que “no solo ahora, pero jamás la tuvo el partido solo, para ello”[4].

Con este dictamen, Togliatti convalidaba la decisión de cerrar la página de la guerra,  para pasar a organizar la lucha clandestina y sacar del país a la mayor parte de la cúpula del PCE, que partió hacia Orán entre los días 6 y 7 de marzo. Con la salida de España del grueso del Buró Político, la situación de la organización era crítica: por fuga o por captura de sus principales dirigentes, se encontraba prácticamente descabezada y falta de línea a seguir[5]. Fue en ese momento cuando el sector político-militar comunista rellenó el vacío dejado por la dirección desaparecida. Jesús Hernández se hizo cargo de la resistencia a Casado en Valencia, obteniendo del general Menéndez, representante del Consejo en Levante, ciertas garantías que libraron al partido de una persecución como la que se desencadenó en Madrid, donde los responsables provinciales comunistas combatieron al CND durante una semana. Cuando partieron de Monóvar, algunos cuadros político-militares se habían ido pensando que todo había acabado. Al tener noticia de los sucesos de Madrid, no pudieron por menos que manifestar su contrariedad por haberles privado de la posibilidad de seguir luchando. Lister y  Manuel Tagüeña figuraron entre ellos, y así lo expresaron cuando fueron interpelados en las reuniones de balance sobre el fin de la guerra. Pero, en agosto, el pacto germano-soviético arrojaría una capa de silencio sobre las conclusiones de lo que había sido el primer episodio de combate abierto contra el fascismo en Europa. La línea de Moscú viró 180º, y Lister acató la nueva situación disciplinadamente.

Segunda prueba: La pasividad forzada en la guerra mundial
A su llegada a la URSS, los evacuados españoles fueron conducidos a distintos destinos, dependiendo de su puesto en el organigrama del partido y de su nivel de especialización. Los dirigentes se instalaron en Moscú, en el famoso “Hotel Lux”, residencia habitual de los representantes extranjeros en la Komintern. Los mandos militares fueron divididos en dos grupos: los de carrera – como Francisco Galán y Antonio Cordón- se integraron en la Academia Superior Vorochilov; los procedentes de milicias -Lister, Modesto, “El Campesino”, Tagüeña…-  lo hicieron en la Academia Frunze. Los demás militantes fueron destinados al trabajo en fábricas de los alrededores de Moscú.

Al producirse la invasión nazi de la URSS, Lister y Modesto  fueron enviados al Cáucaso, tras finalizar su estancia en la Frunze, donde sus resultados académicos no habían sido especialmente brillantes. Cuando pensaban que el mando militar soviético iba a emplearles en el frente de Moscú, recibieron la orden de trasladarse a la retaguardia. Al llegar al lugar asignado en la orden, relataba Hernández en carta a Pasionaria, “sin apearlos del tren, recibieron una nueva orden que les empujaba, ni más ni menos, que hasta el Taskent. Omito describirte la cantidad y calidad de mala ‘molko’ que llevaban los hombres […] Ellos razonaban que una vez que habían sacado los estudios, o bien que les utilizasen en el Ejército o que los liberasen definitivamente y que el Partido los enviase a las fábricas. Lo aceptaban todo menos transformarse en eternos estudiantes sin perspectiva. Según dicen, a todos los camaradas soviéticos que habían acabado el curso con ellos, en cada estación iban llamándoles y dándoles destino. Y ellos ¡evacuados!”[6]

Desde Taskent remitieron varias cartas a Hernández urgiéndole a instar la incorporación de los españoles al Ejército Rojo[7].  Los militares que habían superado los cursos de Estado Mayor de la Academia Voroschilov, como Antonio Cordón, ya habían dirigido peticiones en igual sentido a los máximos dirigentes de la Komintern[8].  Pero el 27 de noviembre de 1942, Modesto se lamentaba: “Desde luego estamos cabreados Jesús, en serio, porque ya está bueno lo bueno. Ya hemos llegado a la convicción de que aquí no se nos utilizará nunca, y entonces nos preguntamos si nuestro destino es ver pasar el tiempo en este Tashkent, yo creo que podemos servir para otra cosa”. Y Lister insistía una semana después:  “Los militares seguimos como antes, nada ha mejorado ni nada ha cambiado, nadie cree en su empleo en el frente, ni en la posibilidad de ir a observar nada al frente […] Nos parece que año y medio enterándose de los tiros desde 4.000 kms. del frente ya está bueno, y no es que nosotros nos creamos que sabemos de la guerra más que nadie, pero no tampoco como se creen […] y si el uniforme y las graduaciones son un obstáculo para nuestro empleo, lo abandonaríamos sin pena con tal de poder hacer algo más útil de lo que estamos haciendo”.

Los dos tuvieron la ocasión de manifestarle sus demandas a Dimitrov en sendas reuniones, el 4 de mayo y el 14 de julio de 1943. Se lamentaban de no haber sido empleados por el Ejército Rojo a pesar de haber concluido los cursos de capacitación hacía más de dos años y solicitaban que, si no podían ser utilizados en la guerra contra los alemanes, se les enviara al exterior, “más cerca de España, para participar en la preparación de la insurrección contra Franco”[9].

La guerra terminó sin que los jefes del antiguo Ejército Popular pudieran poner a disposición de la URSS la experiencia adquirida en España. En compensación fueron enviados a Yugoslavia, en noviembre de 1944, con la misión de asistir con sus conocimientos a las fuerzas triunfantes comandadas por Josip Broz, Tito. Lister, de nuevo, aceptó las órdenes con disciplina.

Tercera prueba: la sucesión en el PCE
Cuando José Díaz puso fin a su vida, arrojándose por la ventana del hospital en que convalecía en Tiflis, se desencadenó la pugna por la sucesión entre el antiguo Ministro de Instrucción Pública, Jesús Hernández, y Dolores Ibárruri. Como atestiguan muchos de quienes les trataron en el exilio soviético, Lister y Modesto se habían encontrado entre los más fervientes propagandistas de Jesús Hernández y se contaban entre los asiduos a su apartamento del “Hotel Lux” mientras fue considerado el sucesor indiscutible de Díaz[10]. Los puntos de coincidencia entre Lister, Modesto y Hernández habían sido, fundamentalmente, la oposición al arribismo de Francisco Antón. Ambos mantuvieron públicamente una virulenta oposición a la relación entre Antón y Dolores Ibárruri, aunque Lister asegurara años más tarde que sus profundas discrepancias con “los métodos intolerables de dirección [empleados por Antón] y con su conducta inmoral” no significaba necesariamente estar conspirando junto a Hernández:  “Hernández era más antiguo que Antón en el BP. Había desempeñado cargos más importantes que Antón y para toda la emigración aparecía teniendo más responsabilidad que Antón, incluso en las cosas de la emigración en la Unión Soviética […]  Lo que no quería Jesús Hernández, como no lo queríamos ninguno de los que estábamos al corriente de la cuestión, era tener un secretario general consorte. No queríamos a Antón como secretario general del Partido y a Dolores como tapadera” [11].

Cuando Hernández fue enviado a México y expulsado del partido, Lister y Modesto rectificaron radicalmente sus posiciones. Ello les valió la crítica de ponerse a la sombra de quienes combatían a la dirección hasta que, derrotados, volvía a ponerse a la sombra de los dirigentes supremos[12]. Lister tuvo ocasión de lavar su imagen en dos ocasiones, ante la delegación del Comité Central del partido en Moscú, reunido para dar cuenta de la suspensión de militancia de Hernández en México, y en la asamblea de los militares españoles de las academias Frunze y Vorochilov. La autoexculpación  de Lister recorrió los clásicos derroteros de las imputaciones culposas (las relaciones de Hernández “con sujetos políticamente indeseables”, su “actitud desleal y antisoviética”,  la corrupción como resultado de la ambición y la degeneración…), y no estuvo exenta del ingrediente de  sospecha consustancial al estalinismo: Hernández quizás no actuaba por cuenta propia; su sistemática labor de descomposición de la unidad del partido estaba dirigida a, “en el momento que ellos [Hernández y sus acólitos] creyeran conveniente o cuando alguien se lo ordenara, dar el golpe al Partido, golpe que le permitiría alcanzar el puesto máximo en él”[13].

Habiendo sido pública su proximidad al ex-Ministro caído en desgracia, su nuevo posicionamiento trajo consigo que el crédito personal de Lister y Modesto se resintiera entre la emigración. Algunos comentarios sobre el cambio de actitud de ambos generales no podía ser más contundentes (“[Nuestro acercamiento a Dolores] nos ha valido que alguno nos haya dicho en la cara que hemos perdido los cojones de comunistas”), máxime si las autoras eran dos mujeres, Caridad Mercader –madre de Ramón, el asesino de Trotski- y Carmen Parga, la esposa de Tagüeña.

Si Modesto y Lister no solo acataron, si no que defendieron las medidas tomadas contra Hernández y alguno de sus seguidores (como Castro Delgado) –a pesar de sus profundas discrepancias con el círculo allegado a Pasionaria- fue debido a su concepción de que, por encima de todo, se encontraba  la sagrada unidad del partido: “Los hombres mueren, desaparecen, el Partido queda por encima de los hombres, de las personas y de los personajes”. La obediencia obtuvo su recompensa. Lister y Modesto fueron cooptados al máximo órgano de dirección del PCE en la URSS, y los generales envainaron, momentáneamente, el sable de sus críticas.

Cuarta  prueba: la disolución de las guerrillas
En febrero de 1948 Santiago Carrillo y Enrique Lister viajaron a Belgrado en representación del Buró Político del PCE para entrevistarse con Tito y solicitarle el lanzamiento en paracaídas de hombres y armas sobre el Levante español en apoyo de la lucha guerrillera. Inmersos ya en la escalada de fricciones que llevaría a la ruptura entre su país y la Kominform, los dirigentes yugoslavos pretextaron que sus aviones no tenían suficiente autonomía de vuelo para ejecutar la operación y retornar con seguridad a sus bases, y que tampoco era posible el abastecimiento de hombres y pertrechos por mar, con argumentos técnicos que convencieron a Carrillo pero no a Lister.  La ayuda yugoslava se limitó a la entrega de 30.000 dólares. Tras quince días de estancia en el país balcánico,  los dirigentes comunistas españoles regresaron a París sin conseguir su propósito.

Tampoco encontraron ecos más favorables en otros lugares. En septiembre del mismo año, Pasionaria, Carrillo y Antón se entrevistaron personalmente con Stalin en Moscú. De aquella reunión trascendió la indicación del mandatario soviético sobre la conveniencia de disolver las guerrillas que operaban en la Península, una vez comprobado que el despliegue de la Guerra Fría excluía cualquier posibilidad de intervención aliada en España para derribar la dictadura del más veterano socio del Eje. Un mes después, el Buró Político del PCE trasmitió la consigna de clausurar la etapa de la lucha armada.

Lister, el político disciplinado, no podía dejar de aceptar la nueva línea, máxime si en su origen se encontraba el mismísimo Stalin. Pero Lister, el militar, que había sido encargado por el partido de la coordinación de las fuerzas en armas del partido, no se plegó a conceder incondicionalmente su asenso a una medida cuya aplicación, demorada durante –al menos- dos años, juzgó efectuada en virtud de intereses espurios. Para él, el paso de la lucha guerrillera a otras modalidades de lucha clandestina se hizo en las peores condiciones posibles (de forma gradual, sin medios ni directrices de repliegue…) y, lo que es más grave, sembrando la sospecha y el enfrentamiento entre los integrantes de los propios destacamentos guerrilleros.  Lister veía en ello la mano oculta de quienes estaban imprimiendo bandazos estratégicos a la línea del partido, no con la intención de ajustar sus métodos de lucha al nuevo contexto de una dictadura consolidada en el interior y que recomponía sus alianzas en el exterior, sino con el más mezquino objetivo de escalar posiciones en la dirección partidaria con vistas a un relevo de la vieja guardia. Pero, una vez más, el Lister miembro del Buró Político calló, a pesar de que su confianza en la cúpula dirigente estuviera siendo, cada vez con más intensidad, sometida a duras pruebas.

Quinta Prueba: la  desestalinización
En febrero de 1956, Lister y el resto de la alta dirección comunista española se encontraba en Moscú para asistir al XX Congreso del PCUS, el primero tras la desaparición de Stalin, muerto tres años antes. Ninguno de ellos estaba preparado para lo que ocurrió: una de las últimas sesiones fue declarada secreta, y el acceso exclusivamente limitado a los delegados soviéticos. No tardó en conocerse su contenido: Durante horas, el secretario general, Nikita Kruschov, fue desgranando ante los asombrados delegados el relato de la degeneración del proyecto leninista, la conformación de un monstruoso altar de culto a la personalidad, y el terrible correlato de persecuciones y crímenes ejecutados bajo la égida de Josif Stalin.

Cuando los representantes extranjeros accedieron al contenido del denominado “informe secreto”, las reacciones fueron de sorpresa e incredulidad. Pasionaria, Uribe, Mije y Lister pasaron una noche en blanco, prácticamente en estado de shock, analizando las consecuencias del texto. No eran los únicos: cuadros dirigentes de todos los países, intelectuales y compañeros de viaje que habían glorificado al dirigente bolchevique –“cabeza de sabio, rostro de obrero y traje de soldado”, “guía genial”, “padre de los pueblos”- asistían atónitos a la voladura de un mito. El tiempo verificaba la intuición de Picasso, que había recibido feroces críticas por el retrato que realizara para la edición de L´Humanité que anunció la muerte del líder: “Se quejaban de que no lo había representado majestuosamente, pero quizás llegue el día en que lo que me reprochen sea haberlo pintado”.

Lister nunca metabolizó las conclusiones del informe de Kruschov. En aplicación del principio de “los hombres pasan, pero el partido permanece”, encontró el ámbito de reserva mental suficiente como para cohonestar las críticas a los excesos de Stalin con la caracterización como jefe revolucionario que nunca dudó en atribuir al georgiano. Stalin fue, a su juicio, el Robespierre soviético, y si el rigor –no exento de los abusos inevitables en un contexto de guerra contra el enemigo interior y exterior- del Incorruptible había sido integrado en la interpretación canónica de la revolución burguesa, ¿por qué no habría de ocurrir otro tanto con la lectura de la soviética cuando los historiadores del futuro situaran el foco de su análisis sobre el periodo estalinista? Para Lister, los resultados del régimen le exoneraban en gran parte de los abusos: la conversión de la URSS en superpotencia industrial y militar, la victoria sobre el nazismo, la extensión del “socialismo real” a la tercera parte del globo, absolvían a Stalin de la aniquilación de cualquier tipo de oposición. Como si en el estrangulamiento de la democracia socialista, en la instauración de un sistema de burocracia gerencial  y en la conformación de una economía que primaba la acumulación estatal sobre el bienestar de los ciudadanos no se encontrasen los gérmenes que iban a provocar la esclerosis, primero, y la implosión, por último, del modelo que se pretendió alternativo a la hegemonía mundial del capitalismo.

Quizás Lister estaba incapacitado para percibir el calado del daño infligido por el estalinismo al proyecto socialista, deslumbrado -como lo estaba su generación- por la percepción del recuerdo de la ayuda soviética a la República española. Él, como el resto de los líderes del PCE durante la guerra civil –Dolores Ibárruri, Uribe, Antón…- tenían muy difícil reelaborar un imaginario en el que Stalin ya no ocupase el lugar de preferencia. Lo cierto es que tampoco ellos iban a tener mucho tiempo para adaptarse al nuevo discurso: por desplazamiento, cese o depuración, la mayoría habrían de ceder su puesto ante el empuje de una nueva generación  que se creyó legitimada por la nueva coyuntura para tomar las riendas del partido.

Sexta prueba: el ascenso de Santiago Carrillo
Las relaciones entre Lister y Santiago Carrillo nunca fueron cordiales. Para el gallego, el asturiano representaba el ascenso de un grupo generacional dentro del partido que, debiendo –por edad- haber empuñado las armas contra el fascismo, se había emboscado en la retaguardia o en un distante exilio en tierras americanas, desde donde había aguardado el momento de asaltar la cúpula de la organización. La primera vez en que Lister compartió responsabilidades con Carrillo fue ya en Paris, tras el fin de la guerra mundial. Semprún recuerda los cumplidos envenenados que se dedicaban si, por casualidad, ambos accedían al mismo tiempo al local donde se reunía el Buró Político: “Monsieur le Géneral, s´il vous plait”… “Aprez vous, monsieur le Ministre…”

Los choques se sucedieron a medida que Carrillo y sus adláteres ocupaban posiciones de mayor responsabilidad. El disciplinado Lister siguió callando en público, pero en privado no dejó de prestar atención a cuantas quejas se le trasmitían sobre el comportamiento de Carrillo, cuya estrategia de acceso al poder percibía jalonada de deslealtades personales y colectivas, de persecuciones a competidores y adversarios, y hasta de tentativas de eliminación.

No es que Lister se escandalizara por la severidad practicada contra quienes pudieran considerarse enemigos de la línea del partido: ni durante la guerra ni en el exilio le tembló el pulso a la hora de sancionar las desviaciones de la ortodoxia. La cuestión, ahora, era que las purgas se dirigían no contra infiltrados o desviacionistas, sino contra militantes probados en las duras luchas de la guerra mundial y la resistencia, y en última instancia, contra aquellos que conformaban el friso de la dirección partidaria durante la epopeya de la guerra civil. Cayó Uribe en el congreso de Praga de 1954; Antón fue enviado de forma humillante a la cadena de montaje de una fábrica de motocicletas en Varsovia; Pasionaria recibió un impulso hacia la presidencia honorífica del partido que, en realidad, enmascaraba una pérdida total de poder ejecutivo…

Después de 1956, Santiago Carrillo y su cohorte de antiguos miembros de la dirección de la JSU (Claudín, Federico Melchor, Ignacio Gallego…) pasaron a dominar la dirección del PCE en detrimento de la vieja guardia, imprimiendo al partido nuevos giros estratégicos que, en un periodo de conmoción del movimiento comunista internacional –con el cisma chino y el impacto de la revuelta húngara de 1956-, no dejarían de tener consecuencias en el seno de la militancia.

Séptima prueba: la ruptura de la fidelidad a la URSS
Cuando la noche del 20 de agosto de 1968, los tanques del Pacto de Varsovia irrumpieron en Checoslovaquia para aplastar el experimento reformista conocido como la “primavera de Praga” no solo liquidaron la última posibilidad de evolución democratizadora de un régimen socialista desde dentro, sino que acabaron de volar en pedazos el mito de la comunidad de países socialistas que avanzaban juntos y fraternalmente hacia el comunismo, bajo el liderazgo patriarcal de la URSS. La intervención en Checoslovaquia se reveló como un ataque preventivo inscrito en la mera estrategia soviética de conservación de su glacis defensivo en la Europa central.

Las reacciones contra la invasión, desde dentro del propio mundo comunista, difirieron sustancialmente de las suscitadas por la intervención en Hungría doce años antes. No existía en aquellos momentos un clima de aguda confrontación bipolar, como el de la Guerra Fría, y en el universo progresista, la Unión Soviética, criticada por el maoísmo y cuestionada por la nueva izquierda que surgía en torno a los movimientos del 68, había perdido definitivamente el papel de referente. En este contexto, algunos partidos comunistas de la Europa occidental se desmarcaron de la operación del Pacto de Varsovia: unos, como el italiano, porque precisaban resaltar su autonomía si querían tener opciones de acceder al poder; otros, como el español, porque necesitaban desmarcarse del estigma de la dependencia de Moscú para acrecentar su papel en la oposición al régimen. En este último caso, además, pesaban las derivaciones de la línea de reconciliación nacional y de superación del recuerdo de la guerra que el equipo de Carrillo había imprimido al partido desde su ascenso a la dirección.

La marginación de los viejos mitos emblemáticos de la guerra, unido al alejamiento de las posiciones soviéticas en política internacional – lo que los ortodoxos valoraron como un abandono del “internacionalismo proletario”- fueron los factores que sometieron el proverbial acatamiento de la disciplina partidaria por parte de Lister a su prueba definitiva. Entre la condena del PCE de la intervención en Praga, en 1968, y el verano de 1970, Enrique Lister no cesó de reclamar un pronunciamiento colectivo del partido sobre lo que juzgaba una traición de sus dirigentes a los principios definitorios de la naturaleza del PCE. En ese proceso, desbordados por fin los diques que había autoimpuesto a su crítica durante los últimos veinticinco años, sacó a la luz todos los puntos de discrepancia, desde el final de la guerra hasta la fecha. Pero si contaba con que su carisma de peso pesado podía conservar aún algo de autoridad moral, valoró mal sus fuerzas. La mayor parte de los veteranos no quiso romper con el partido, ni someterlo a las tensiones de un debate interno cuyos resultados, en términos de escisión, se presentían. Al fin y al cabo, se comportaron tal como él lo había hecho durante décadas siempre que habían surgido disidencias: “los hombres pasan, el partido permanece”. Para la nueva hornada de dirigentes jóvenes, Lister era poco más que una figura ligada al pasado, incómoda, incluso, en los tiempos que corrían, en los que la línea del partido se inscribía en un discurso de superación del recuerdo de la guerra.

Lister apenas arrastró consigo a un puñado de cuadros y militantes aunque, cumpliendo una ley implícita de las escisiones comunistas, pretendió que con ellos se marchaba la esencia del partido, dejando para los “revisionistas” apenas la cáscara vacía bajo unas siglas históricas usurpadas. Lister recuperó la antigua denominación de PCOE para su grupo, que tuvo una existencia modesta y poco rutilante, tributaria de un discreto reconocimiento de gratitud por parte de la URSS, que le permitió sobrevivir orgánicamente hasta que la caída de Santiago Carrillo, durante la crisis del eurocomunismo en los años 80, permitiera al veterano comunista gallego retornar al partido de cuyo imaginario había sido un referente emblemático.

 Enrique Lister murió en 1994, al mismo tiempo en que se clausuraba una era, aquella que había sido testigo de los afanes de una generación en cuyas manos fue depositada la responsabilidad de liderar las grandes batallas contra la barbarie del siglo, pero que, al mismo tiempo,  no pudo evitar que periclitara la energía que había  erigido la Revolución de Octubre en hito fundacional de un mundo nuevo.


[1] LISTER, E: ¡Basta! Una aportación a la lucha por la recuperación del Partido. Ed. G. Del Toro, Madrid, 1978, pp. 221-222.
[2] DIMITROV, G: Diario. Gli anni di Mosca, Einaudi, Turín, 2002, entrada del día 7 de abril de 1939 y pp. 168-169.
[3] LISTER, E: Así destruyo Carrillo el PCE. Barcelona, Planeta, 1983, p. 16.
[4] DIMITROV,  op. cit., pp. 168-169.
[5] AHPCE,  Documentos, La lucha armada del pueblo español por la libertad e independencia de España, 1939, carpeta 20.
[6] AHPCE, Dirigentes, Jesús Hernández, Carta a Dolores Ibárruri, 18/11/41.
[7] AHPCE, Dirigentes, Jesús Hernández,  “Informes sobre situación en la URSS”, 31/12.1.
[8] El 23 de noviembre, Dimitrov había recibido a Cordón y le había prometido tomar iniciativas políticas para resolver la cuestión DIMITROV, Gli anni di Mosca…, p. 543.
[9] DIMITROV, Gli anni di Mosca…, p. 642.
[10] AHPCE, Documentos, caja 25, Acta de la reunión de las Academias Frunze y Vorochiloff …, “Informe de Ignacio Gallego”, 6 de mayo de 1944; y AHPCE,  Documentos, caja 25, Reunión del CC. 5/5/44, “Intervención de Enrique Lister”, 1944
[11] LISTER, E, op. cit. p.94-97
[12] VÁZQUEZ MONTALBÁN, M: Pasionaria y los siete enanitos. Barcelona, Planeta, 1995,  p. 244.
[13] AHPCE,  Documentos, 1944, caja 25, Acta de la reunión de las Academias Frunze y Vorochiloff…6 de mayo de 1944.